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Blacksburg y Bagdad hermanadas por un día

Ben Tanosborn
Redacción
domingo, 22 de abril de 2007, 03:51 h (CET)
El 16 de abril de 1861 estalló en EEUU una guerra civil que desgarraría al país, y que durante los cuatro años de contienda reclamaría la vida de medio millón de militares. Por una causa noble y justa: la libertad del esclavo. Ese mismo día en abril, 146 años después, shock e incredulidad envuelven a toda la nación cuando un estudiante con aparentes problemas mentales, sin piedad o apariencia externa de cólera, toma la vida de 32 individuos en un campus universitario, casi todos de su edad, a sangre fría.

Apenas 24 horas después, nos encontramos en el campus de Virginia Tech (Instituto Politécnico de Virginia y Universidad Estatal) en una ceremonia trasmitida a toda la nación; una invocación formal que nos lleva del shock al duelo y sufrimiento en grupo. Para mi la ceremonia se estropeó un poco con la presencia de demasiados políticos de alto perfil… de ambos partidos.

De pronto, como si por magia, las matanzas se convierten en algo real aunque hayamos tenido cuatro años de “eventos” de esta magnitud, y mucho peores, día tras día a tan solo 7 u 8 horas de sol al este de esta meseta bordeando las montañas Blue Ridge en un entorno bucólico. Darfur e Irak permanecen lejanos; de todas formas su realidad aparenta ahora más cercana, y definitivamente más auténtica.

¡Shock motivado por la muerte… y shock motivado por el temor! Bagdad ha estado viviendo sin parar ese horror por casi un millar y medio de días. Pero ese tema ha sido en EEUU tan solo una discusión política de corto metraje y sin consecuencias. Pero entonces nos viene encima el enclave académico de Blacksburg y su carnicería. Para los barrios de Bagdad ese horror lo define el hombre bomba; para los muertos en Virginia Tech la muerte viene bala tras bala. Pero no importa método o circunstancia, el destino hermanó las ciudades de Bagdad y Blacksburg en sufrimiento y dolor, aunque tan solo fuese por un día. Y la angustia se puede oír, y la impotencia se siente cuando las gentes de esas dos comunidades se preguntan el porqué deben ser ellos.

Parece existir un orden de prioridad en como valoramos la vida humana, algo que preferimos callarnos. Al día siguiente de la masacre en Virginia Tech, se puede decir que el país estaba en duelo por las victimas así como sus parientes y amigos. Sin embargo para los siete soldados estadounidenses muertos en Irak ese mismo día apenas se añadió su número de forma rápida y casual a la cuenta de militares muertos en Irak que ya se acerca a los 3.500; en cuanto al centenar-diario de Iraquíes que mueren, entre los que se encuentran muchos niños, su fallecimiento es solo una preocupación pasajera, por la que este país niega responsabilidad. Quizás llevemos esta indiferencia e insensibilidad arraigadas, y esto tenga algo que ver con nuestra supervivencia, pero prefiero pensar que no es así, responsabilizando la mezcla de apatía en nosotros y un liderazgo amoral en la nación lo que nos deshumaniza.

En ocasiones como estas nos damos cuenta que EEUU debe liberarse de los muchos demonios que lleva dentro y de los que rehúsa exorcizarse. El demonio de ese sentido inquebrantable de dominio sobre el mundo, ejemplificado por su política exterior, algo que por lo menos nos hace cómplices de las masacres que están ocurriendo a diario en Bagdad y otros puntos de Irak. El demonio de nuestra consabida adicción a las armas de fuego, y la trastornada política nacional sobre este asunto facilitada por un lobby del NRA (Asociación Nacional del Rifle) que nos da como fundamento la idiotez de que “es la gente quien mata y no las pistolas”. Pero como pudimos observar por lo que pasó en Virginia Tech el tema es mucho más complejo que esa simplicidad.

Quizás el demonio más importante en salir a la superficie durante esta tragedia es la carencia en esta rica nación de una fuerte y profunda red social de seguridad. Dada nuestra enorme diversidad en el país, y todas las demandas que esto trae, nuestra protección social debiera ser proporcionalmente mucho mayor que en cualquier otra parte. Sin embargo nuestra red es posible sea una de las más débiles entre el grupo de naciones de ese denominado primer mundo.

Hemos pasado a ser una sociedad desconectada donde resentimos a los que son pobres y faltos de habilidad para salir de esa pobreza por sus propios medios. También nos ofende lidiar con enfermos mentales, no brindándoles el cuidado necesario, tan solo los minutos adecuados para que un siquiatra pueda recetar la pildorita mágica que nos los quite de encima. Millones de personas con problemas de salud mental vagan por nuestra sociedad como bombas-reloj listas para explotar, con daño a si mismas y otros, como en el caso de Cho en Virginia Tech.

Entre las fotos que suelen acompañar cualquier tragedia, como la de Blacksburg, siempre hay por lo menos una que merece ser archivada. Para mí esta vez apareció en la pantalla de televisión como un individuo coreano-americano de edad madura, quien si bien me acuerdo se apellidaba Lim. Invadido por la emoción, este buen hombre, desconsolado y en lágrimas, trataba de pedir perdón en nombre de todo un grupo étnico… un grupo por la que esta nación debe estar agradecida y orgullosa, como tantos otros grupos.

No, Señor Lim, no debe disculparse por lo que un joven con aflicción mental haya hecho, un joven que vino a este país de Corea cuando contaba ocho años, y se educó en una sociedad que por los motivos que fuera no supo darle la ayuda que necesitaba. Fuimos nosotros, nuestro sistema, los que fallamos… como fallamos con millones de personas más que también requieren ayuda.

Necesitamos exorcizar nuestros demonios y así poder prevenir tragedia, bien sea en otro Blacksburg, o en Irak o en los lugares mas recónditos de nuestras mentes y corazones.

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