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Crónica del superclásico

Luciano Sabatini
Luciano Sabatini
lunes, 16 de abril de 2007, 21:41 h (CET)
Los ingredientes no eran pocos para el clásico entre Boca y River, que de tanta expectación que ha despertado históricamente pasó a ser el “superclásico”. El liderato en juego para Boca, la eliminación de River de la Libertadores, y las vueltas con Maradona durante la semana saltándose las recomendaciones médicas para ver el choque. La trayectoria de ambos equipos preveían una victoria xeneize, pero estos partidos son especiales.

Las tácticas de Russo, aquel que hizo intercambio de cromos con Lavolpe y Velez, pasaban por algo más que el plano futbolístico. Pronto comenzaría a ganarle la batalla Boca a los de Passarella, haciéndolos esperar en el infierno de la Bombonera durante 5 minutos hasta que saltaron al campo. Y así se empiezan a ganar esta clase de partidos, que no dejan indiferente al público.

Qué grande es fútbol cuando dos grandes equipos se quitan los corsés tácticos y juegan abiertos y llueven las ocasiones. Esta pesadilla para los entrenadores es lo que ocurrió entre Boca y River. En la primera parte los Nasuti, Ferrari, Tuzzio y compañía formaban una defensa desquiciada, descolocada, y que ante el frente de ataque xeneize parecía formada por juveniles. Así marcaría Ledesma, con las facilidades que otorgaba la zaga millonaria. Pero si eran juveniles, solo lo fueron una parte, pues en la segunda mitad cambiaban las tornas.

Tocaba el turno para los “Cata” Díaz, Morel Rodríguez y Clemente Rodríguez, que regalaron tatas ocasiones a Marco Rubén y a Rosales como pudieron. Que el panorama cambie tanto en 45 minutos solo se puede ver en un deporte como el fútbol, bendito deporte rey.

El encuentro fue el bautismo para el sustituto de Gago, Ever Banega, que fue de los más entonados de los suyos, y para que Riquelme volviera a la cita con los clásicos tras seis años de abstinencia en España. Evidentemente se juega a otro ritmo en el torneo argentino, al que le gusta tocar y mandar a Román, algo que favorece el disfrutar de los retazos de magia del diez, para muestra la asistencia a Ledesma en el gol.

También nos deja el bautismo de Carrizo, el joven portero de River, que ha relegado al banquillo a Germán Lux. No bautismo en un clásico, sino bautismo como salvador de los suyos, pues la providencia de sus manos mantuvo a flote al equipo de Passarella cuando más apretaba Boca.

En definitiva un espectáculo digno de admirar el vivido en la Bombonera, bueno para el público pero muy deficiente en el plano táctico, hecho que debió desesperar a Russo y a Passarella. Tablas, reparto de puntos, y gracias, gracias por el fútbol.

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