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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

La tiranía de la técnica

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
lunes, 16 de abril de 2007, 10:14 h (CET)
Los que nacimos a mediados del pasado siglo hemos conocido toda la evolución de las nuevas técnicas, esas maravillas que nos hacen más fácil la vida cotidiana pero que en cualquier momento son capaces de dejarnos colgados rompiendo nuestro cordón umbilical con el resto del mundo. Aún recuerdo haber ido a por agua potable a la fuente pública ya que la que teníamos en casa no era apta para el consumo y la llegada del primer televisor, naturalmente en blanco y negro, a casa de mis padres y la primera máquina de escribir que tuve: una olivetti portátil, pequeña y de color verde que ahora debe andar olvidada en algún viejo trastero amontonada junto a otros de esos muchos recuerdos de los que siempre nos cuenta desprendernos.

Los edificios no eran tan altos como ahora y en los que había algún ascensor estos eran una verdadera pieza de artesanía realizada con maderas nobles y hierro forjado, con un pequeño banco en su interior y un espejo en el que mirar si nuestro porte era el correcto. Mientras lentamente aquel viejo armatoste te acercaba al piso del dentista o del abogado podías ver perfectamente la escalera y no se padecía esa sensación de agobio que hoy dan esos grandes armatostes metálicos en los que un rebaño humano va desgranándose por las diversas plantas de un enorme edificio de oficinas.

Las viejas olivettis y las todavía más ancianas negras remington fueron, poco a poco, siendo substituidas por los ordenadores. Primero eran unos armatostes enormes que funcionaban con tarjetas perforadas, después llegaron otros más modernos en los que la información se almacenaba en unos enormes discos. Pero la revolución llegó con la invención de los llamados ordenadores personales, mucho más pequeños y con la posibilidad de tenerlos en casa. Y ya, para nosotros los que veníamos de las viejas olivettis, la llegada de Internet supuso una revolución total. Desde nuestra casa estamos unidos al mundo, podemos comunicarnos con cualquier lugar por lejano que esté.

Estos artículos que ustedes pueden leer, si les place, cada jueves y domingo van desde mi casa a la redacción gracias a Internet y ustedes los leen desde su casa también porque Internet existe. Pero un buen día este virtual cordón umbilical que nos une decide tomarse un descanso y nos quedamos aislados. Nuestros mails no llegan a la redacción, ese correo diario que enviamos a alguien a quien estimamos y que está lejos deja de aparecer en la pantalla de la otra persona y las noticias que puntualmente nos llegaban a nuestro terminal se quedan en el camino.

Somos esclavos de las nuevas técnicas. En los llamados “edificios inteligentes” si algún día falla alguno de los elementos que los hacen funcionar podemos quedarnos encerrados en el ascensor durante horas o bien en el mismo edificio ya que las puertas mecánicas se negaran a abrirnos paso. Y de todo esto tan sólo somos conscientes cuando alguno de estos elementos de la modernidad y la técnica falla a nuestro alrededor. Es el peaje que nos toca pagar. Llevo una semana, más que santa de pasión, sin conexión a Internet por culpa de un pequeño aparato, el llamado “MODEM” y los técnicos, de momento, no encuentran solución. Y estoy, como los drogadictos, con el “mono” de conexión. Creo que soy un nuevo Robinsón Crusoe aislado en la isla de mi domicilio, alejado del mundo y los amigos, y sin un “viernes” que alegre mis horas. Menos mal que existen los “ciber cafés”, así que ahora voy a buscar uno para que esta crónica de urgencia sobre nuestra nueva esclavitud técnica pueda llegarles a tiempo.

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