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Semana Santa en Madrid, Joaquín Sorolla, Mecano y la batalla de Lepanto

Herme Cerezo
Herme Cerezo
domingo, 15 de abril de 2007, 10:07 h (CET)
Atractiva. Madrid siempre es una ciudad atractiva, un lugar para visitar a menudo. Madrid ofrece muchas cosas. Sí, ya sé que tráfico y polución también, faltaría más, mirusté, y ruido, y un tráfago incesante de personas de todo género y condición. Pero aún así merece la pena visitarla. Sólo quince minutos en cualquiera de las cuatro esquinas de su Plaza Mayor ya justifican el desplazamiento. Además, hay que escoger momentos adecuados del calendario. Por ejemplo, la Semana Santa. Madrid en Semana Santa, como muchas otras ciudades españolas, transmite una imagen insólita, amable, solitaria. Nada opresiva si lo prefieren. Durante esos días, la oferta cultural madrileña es prácticamente la misma que la del resto del año: interesante y plural. Goza también esta época de otro acicate: las aglomeraciones son menores, inexistentes diría yo, ya que los madrileños se desplazan mayoritariamente en busca de eso que tanto les gusta, carecen y añoran: la costa, las playas, el mar... Pero sus calles, sus edificios, sus palacetes, sus museos, sus avenidas y unos cuantos miles de sus habitantes se quedan. Con ello la capital se torna muy accesible para el viajero, para el transeúnte, para el curioso que busca el Madrid de siempre pero distinto.

Y una de esas cosas que ofrece Madrid es la Casa Museo de Sorolla. Situada en la calle General Martínez Campos número 37, el edificio de tres plantas, alberga un montón de cuadros del pintor valenciano y restos de sus colecciones particulares de cerámica, escultura, libros, estudios pictóricos, retratos, documentos, etcétera. Sin olvidar los pequeños, pero coquetones y eclécticos, jardines que rodean la casa, por los que resulta delicioso moverse un sábado por la mañana, con la reverberación de los chorros de agua que manan mansamente desde sus caños. Los madrileños conservan bien la casa de este pintor valenciano. Muy bien diría yo. Deambular por las estancias donde anduvo mi paisano es interesante, agradable, evocador...

Y frustrante.

Mais, pourquoi?, que diría Poirot. Supongo que no será un fenómeno único de mi tierra, sino que será frecuente en otros lugares. Pero me fastidia. ¿Por qué razón artistas, pensadores o escritores valencianos de prestigio salen de "nuestras fronteras" para alcanzar el reconocimiento universal a su valía? Blasco Ibáñez, el propio Sorolla y los más recientes Santiago Calatrava, Javier Mariscal, Manolo Valdés o Raimon son ejemplos más que representativos de lo que digo ¿Por qué todos ellos, intertextualizando y metaforizando la canción de Joaquín Sabina, cambiaron París por su aldea? ¿Por qué? ¿Qué pasa en esta tierra que todos se van? Y lo más cutre, oigan, es que muchos de ellos, luego, vuelven a orillas del Mediterráneo para ser enterrados aquí. Se van vivos, regresan muertos. No disfrutamos de su compañía mientras se manejan por el planeta, pero velamos su reposo eterno. ¡Manda huevos!

Pero Madrid tiene más cosas que ver todavía. Por ejemplo: ’Hoy no me puedo levantar’, el musical que triunfa desde hace dos años en el teatro Movistar, antes Rialto, de la Gran Vía capitalina, un espectáculo centrado en la movida madrileña de los ochenta – un fenómeno que hay que conocer al menos un poco para comprender mejor el "invento" de Nacho Cano – y que, desde mi punto de visa, resulta irregular. Una primera parte desigual y sosa y una segunda, por el contrario, francamente buena desde el principio hasta el final, en continua progresión, ‘in crescendo’. La diferencia radica en que, al comienzo el autor del libreto se propone hacernos reír, utilizando vocabulario y gestos abiertamente soeces y desafortunados, mientras que en la continuación, por el contrario, intenta hacernos llorar. Y lo consigue porque sus argumentos son más convincentes que los del arranque: mejores montajes, mejores canciones, mejor iluminación, mejor coreografía, mejor todo. No obstante, el que suscribe, se queda con los originales de Mecano, con los recuerdos de Ana Torroja y de los hermanos Cano.

Y como todo se acaba, la visita a Madrid también: se impone regresar. Y uno lo hace lo mejor que puede: en el Alaris, ese cómodo medio de transporte que minimiza las claustrofobias de los aviones y te permite solazarte, si lo deseas, con el paisaje castellano-manchego-valenciano o con actividades diversas, tales como escuchar música, leer o dormitar. Y, bien retrepado en mi asiento, me entretengo leyendo. Y como me gusta hojear y ojear la prensa nacional escrita (periódicos de muy distinto pelaje, desde ‘El País’ hasta el ‘ABC’), me topo con una noticia que llama mi atención. Aparece en la página 26 del diario ‘La razón’ del domingo 8 de abril de 2007. Su titular reza así: "Italia borra la batalla de Lepanto para no herir a los musulmanes". Con este titular un tanto efectista y espectacular, pelín confuso, pero no tanto como pueda parecer a simple vista, se informa que un cuadro titulado ‘Batalla entre cristianos y barbarescos’, que colgaba de la sala de audiencias internacionales del Congreso italiano, desapareció un buen día al inicio de la legislatura de Romano Prodi, para no "turbar a eventuales delegaciones musulmanas que visitan el Congreso". La tela fue trasladada y colgada posteriormente en la antecámara del despacho de un viceministro, siendo sustituida, pásmense ustedes, mis improbables lectores, por un cuadro que representa una escena de caza en la que la pieza, la víctima, el objetivo de la caza, es un cabritillo. No acaba aquí la cosa, no. Para no agraviar a los colectivos ecologistas, este nuevo lienzo ha sido también descolgado y reemplazado por otro, un paisaje con un título de indiscutible raigambre bucólica: ‘Pueblo con río, puente y cascada’, así, aséptico, tranquilo sin herir ningún tipo de sensibilidades ya que no existe crueldad alguna en él. De momento parece que todo va bien y nadie se ha quejado – ni se ha sentido herido en lo más íntimo de su ser – porque la pintura en cuestión exhiba un río desnudo, un puente desnudo, unos árboles desnudos, etcétera. ¿Será la sala de audiencias internacionales del Congreso italiano el destino final de este paisaje?

En fin, mejor no seguir. ¿Para qué? ¿No les parece?

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