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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Las cámaras de Londres

Nieves Fernández
Nieves Fernández
domingo, 15 de abril de 2007, 09:01 h (CET)
Al llegar a Londres en primavera aún esperas encontrar su famosa niebla pegajosa y opaca del resto del invierno; sin embargo, lo que nos va a dar la bienvenida es un sol espléndido cuando nadie apostaría por él, a juzgar por las lluvias que caerían en nuestro país en las pasadas vacaciones de Semana Santa.

Pero algo más nos dará la bienvenida, algo que no esperamos y que surge en cada fachada, en el centro de cada vehículo de transporte público, de cada edificio del centro o de las afueras, aparece un pequeño dispositivo de vidrio oscuro, como una pequeña lámpara de cristal que no se enciende nunca, casi diría que de bombillas fundidas por su extrema oscuridad, aparenta ser una lámpara pero en su interior si te fijas descubres una cámara que gira de forma aleatoria o tal vez movida por manos ocultas a distancia. Son los nuevos ojos londinenses camuflados que nos persiguen a cada movimiento. Luego están las otras captadoras de imágenes, esos aparatos más convencionales colgados de los techos, dispositivos menos disimulados, pero que en cada rincón renegrean con sus tornillos y objetivos.

Son las cámaras de Londres que persiguen al turista y al viandante de cualquier nacionalidad desde el momento en que bajas del avión, hasta que subes al que te trae de vuelta con disfrute y cansancio, pero también con la satisfacción de descubrir una ciudad distinta a la imaginada, una ciudad llena de luz y grandiosidad, un lugar parado en el tiempo con los mejores paisajes y con una organización urbana tal que no se permite una pintada, un mueble urbano descolocado o una zona donde haya dejado huella el gamberrismo. Pero también es una ciudad limpia, abierta y por supuesto cara, muy cara, es como si las cámaras a las que dejamos que nos graben hubiéramos de pagarlas, también para nuestra propia seguridad.

Se nos ocurre pensar que si esas cámaras fueran colocadas también de forma disimulada en nuestras calles habría menos gamberros y menos vandalismo. Pero también es posible que nos quejáramos, y nos saliera la vena constitucional, y viéramos en esos inmiscuidos ojos averiguadores y civilizados de vidrio un atisbo de control de los ciudadanos. Estoy segura que enseguida lo denunciaríamos como anticonstitucional y no pagaríamos de ninguna forma ese alto precio de ser investigados aunque ello supusiera ganar en seguridad ciudadana.

Las cámaras de Londres deben ser un buen motivo para que apenas aparezcan policías por las calles, allí los policías sean famosos por sus cascos y los turistas se los llevan de recuerdo, como si los franceses o ecuatorianos, por poner sólo dos ejemplos, se llevaran de aquí unos coquetos y brillantes tricornitos. Allí los agentes de seguridad y los soldados se veneran y los turistas graban y son grabados, eso sí con sus propias cámaras, los cambios y relevos que los súbditos del Reino Unido han convertido en ceremonia. En Londres todo es orden organizado, o al menos eso es lo que nos dejaron que viéramos de la ciudad mientras nos grababan con sus potentes cámaras.

Claro que si un país ha sido brutalmente agredido por el terrorismo algo debe cambiar en el paisaje de sus calles, de ahí que no haya apenas papeleras, lo que no significa que haya suciedad por el suelo. En Londres se rueda, sin cámaras de cine, pero se rueda, por eso todo es control, todo es limpieza, todo es corrección y las cámaras graban incansablemente todos los pasos dados. Puede que sea respeto constitucional o inconstitucional pero en aras de la seguridad es un respeto urbano.

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