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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Fracaso del Carnet por Puntos

Miguel Massanet
Miguel Massanet
sábado, 14 de abril de 2007, 09:42 h (CET)
Verán, debo reconocer que me repatean el hígado las prohibiciones. Entiéndanme bien, comprendo que, como en todas las cosas de la vida, deben existir unos límites, unas salvaguardas y, si me apuran, unas ciertas barreras morales para que la libertad de unos no choque con las libertades de los demás. Pero, partiendo de estas premisas, no creo demasiado en que las prohibiciones, y sobre todo el abuso de las mismas, surjan efectos beneficiosos para la vida ciudadana. Debo añadir algo más: estoy convencido de que a los españoles, en general, nos causa una sensación de corsé administrativo que nos produce una cierta alergia; diría más, nos incita a la rebelión interna que, incluso, puede llegar a manifestarse en forma de una explosión de incivismo, transitoria o perenne, como es probable que sucediera cuando el pueblo de Móstoles se levantó, enfurecido, contra los opresores franceses.

Toda esta larga perorata viene a cuento del indudable fracaso de la puesta en práctica del famoso Carnet por Puntos. Que fue una medida poco meditada y oportunista, no cabe ninguna duda vistos los efectos prácticos de su implantación en los nueve meses aproximados de su vigencia. Podríamos decir que España ha sufrido un parto distócico con alteraciones del neonato, o sea que, por defecto en la gestación, el bebé ha salido dislocado.

Ya empezó a tambalearse el invento cuando, de los miles de multas impuestas por los agentes de la autoridad, en muchos casos con evidentes ansias recaudatorias, al final del periodo resultó ser que las infraestructuras informáticas de que disponía la Administración, para procesarlas, se quedaron cortas, escasas o incapaces de absorber tanta impericia, temeridad o distracción por parte de los conductores. Resultado, el primer fiasco. Posteriormente se han puesto en funcionamiento campañas tipo cine negro para asustar, aterrorizar o desanimar a los conductores temerarios, pero que “Si quieres caldo, taza y media”, los conductores, acostumbrados a las pelis de terror se lo han tomado como si fuera un “trailer” y han hecho caso omiso. Resultado: un fracaso espectacular de la Dirección General de Tráfico, con el señor Pere Navarro, el Director General, al frente.

A todo esto empiezan a salir al paso las justificaciones de siempre. Rubalcaba, con su sempiterna cara de compungido, diciendo que todavía no había pasado suficiente tiempo para que el engendro surtiera efecto; el señor Navarro lamentándose del centenar y pico de víctimas (todavía no sabe aquello de que por la boca muere el pez) y reconociendo que cuando dijo que no se llegaría a tantas víctimas no andaba por buen camino. En definitiva, que para espantarse la pulgas de encima, han decidido culpar a las Administraciones territoriales por no haberse esmerado en arreglar las carreteras, especialmente las vías secundarias. Señores míos, ¿para qué les tenemos a ustedes al frente de las instituciones? Recuerdo que mi padre siempre decía que, cuando ocurría algún percance en una empresa, siempre acababa siendo culpa del botones. ¿Es que no estaban enterados del mal estado de las carreteras? Y, si lo estaban, ¿por qué no pusieron los medios para repararlas, evitar los puntos negros, aumentar el número de agentes de la Guardia Civil, que tan eficaces han demostrado ser? Todos los millones que han despilfarrado en publicidad, en implantar un carnet para perjudicar a las personas que, en alguna ocasión, sufren un despiste conduciendo, o se equivocan o se olvidan de ponerse el cinturón de seguridad, mejor hubiera sido que los emplearan en reparar la red viaria que buena falta le hace. Porque, seamos realistas, los profesionales de las carreras en las carreteras; los que se emborrachan y van conduciendo como locos; los que aprietan el acelerador hasta hundirlo en el suelo del coche y los que se divierten adelantando a los demás o yendo en contra dirección; estos maníacos de la mala conducción, no se amedrentan porque les quiten uno, dos o mil puntos o, incluso, que les desposean del carnet, porque con carnet o sin él, con una multa o con mil, seguirán haciendo lo que les de la gana, conduciendo igual, porque les importan una higa las normas de la circulación, las víctimas por accidentes o mentar a San Papucio si les da por ello.

Educación, instrucción a temprana edad, civismo en la ciudadanía y menos prohibiciones es lo que se precisa. Más eficacia en los órganos de la Administración, más presencia policíaca, no para sancionar, sino para que se los vea (está demostrado que la presencia de la Guardia Civil en las carreteras resulta un freno eficaz para los locos del volante) El ejemplo de los mayores y la educación en las escuelas deberían ser los métodos más eficaces. Claro que, así como están hoy en día las escuelas, las carreteras y la educación de la juventud me temo que vamos aviados. En todo caso, ¡un cero patatero para la Dirección General de Tráfico!… ¿qué?, ¿qué ya no se ponen ceros en las escuelas?, ¿qué lo menos es un uno ¡Vale!, ¡pues que sea un uno patatero!

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