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La otra cara del pucela
Antonio Álvarez
La noticia sonó como una bomba en la ciudad. Al mediodía ya era comentada por todos los vallisoletanos en la comida a la vez que tenían puesta una oreja en la radio para saber más datos sobre el asunto. El caso es que el Real Valladolid C.F. S.A.D. podría no jugar la temporada que viene en Primera División puesto que un grupo de empresarios riojanos estaría dispuesto a comprar el club y llevarlo a La Rioja.
Pocos conocían la posibilidad de realizar este negocio al más puro estilo NBA. Pero desde que el pasado mes de julio la Real Federación Española de Fútbol y la Liga de Fútbol Profesional firmaran un convenio de colaboración, cualquier ciudad puede ver como su equipo saca las alas y echa a volar. En España no estamos acostumbrados a estas situaciones -que en Estados Unidos ocurren casi anualmente- hasta que se realice la primera transacción.
Da igual quien sea el interesado y si ese interés es cierto o no, pero en Valladolid el miedo a no ver a su equipo en Primera División se pude ya palpar. Es lo que tiene ser una Sociedad Anónima Deportiva, que el club no es de los socios ni de la ciudad, sino de un grupo de personas que en ocasiones no son ni de la localidad –como es el caso del Valladolid, cuyos propietarios residen en Madrid-.
Por otra parte, también se puede pensar que la publicación de la noticia haya sido una estrategia del Real Valladolid para presionar a la Diputación de Valladolid en su lucha por conseguir el Valladolid Arena, una majestuosa obra de arte deportiva que sanaría al club económicamente –a día de hoy se reconoce una deuda de 28 millones de euros-.
Sea lo que sea, de lo que estoy seguro es de que los pucelanos deberían manifestarse en contra de la huía del club, pues, después de tres años de amargura, sería una pena que el mejor equipo de España –en números no hay quien le tosa- no se vea recompensado con el ascenso al más alto nivel de nuestro fútbol.
El equipo ya ha demostrado que es de Primera. Ahora la afición debe decidir de dónde es.
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