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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Para los 50 años de la UE

Domingo Martínez Madrid
Redacción
jueves, 12 de abril de 2007, 23:35 h (CET)
El Papa en su discurso para los 50 años de la UE, viendo, por ejemplo, nuestra actitud frente a la vida, tiene razón al señalar que los europeos nos hemos acostumbrado a frivolizar con conceptos extremadamente importantes. Mientras las sociedades envejecen por falta de nacimientos y el aborto se ha convertido en un simple método anticonceptivo, asistimos además a una campaña para que la eutanasia sea vista como un recurso natural y aceptable para librarnos de las incomodidades del sufrimiento ajeno. En este caso, como en muchos otros, la Europa de los valores está siendo minada por un relativismo estéril del que sólo se benefician los pensamientos mediocres o claramente contraproducentes. De la confrontación de ideas no puede obtenerse una conclusión equidistante que sea la media de todas ellas, como una macedonia hecha de ingredientes políticamente correctos, sin que se perjudique la verdad superior, el concepto del bien que necesariamente está por encima de todas ellas.

Y, sin embargo, en estos momentos más que nunca deberíamos reconocer las raíces de nuestra identidad cultural y prepararnos para que sigan siendo, como ha dicho el Papa, la "levadura" de la civilización. Cuando en Europa anteponemos las tesis asépticas del laicismo pensando que así acabaremos atrayendo a este mismo esquema a otras culturas religiosas como la de los musulmanes, lo único que conseguimos es reafirmarles en sus convicciones, puesto que la simple observación les hace interpretar que si Europa abandona sus creencias trascendentes es porque carecen de valor frente a las suyas. Y sin embargo, Europa tiene razones para sentirse orgullosa de sus raíces cristianas, las que han iluminado al mundo y están en la base de cuanto se puede considerar valores universales de la civilización, empezando por la defensa de la dignidad humana y la certeza de que esa misma dignidad le corresponde a todos los hombres, sin distinción de religiones, razas o nacionalidades.

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