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Las 'endesas' de la tía María

Pascual Falces
Pascual Falces
miércoles, 11 de abril de 2007, 09:51 h (CET)
La opa de Endesa, o sea “la opa de las opas”, es la que, en su algarabía, ha llegado a mantener interesados a los más modestos accionistas -lo que se llama el proletariado capitalista, simbólicamente-. Porque ya quedan pocos proletarios –en el s. XIX era el modo de llamar a los pobres, que eran los que tenían numerosa “prole”-, ahora, son escasas las familias numerosas, y, desde luego, ya no son la “famélica legión” de la “Internacional”, en este país al menos. La paternidad responsable, y un sentido providencial de la existencia, son las únicas garantías que permiten rodearse de una familia de esa condición, la mejor inversión que los currantes se pueden permitir.

Más, existen inversiones que han sustituido el tradicional calcetín, o el ladrillo levantado bajo la cama, donde guardar los ahorros de una vida, para no se sabe cuando puedan hacer falta. Ese cambio de lugar sobrevino en las últimas décadas del recién finiquitado siglo. Las populares “matildes” –acciones de Telefónica-, desde las altas estancias del Estado se echaron “al callejón” para captar los ahorros de una clase media que se desarrolló durante el franquismo, para con ello, modificar, esperemos que para siempre, la estructura social de España. No por eso dejó de sufrir la nueva “clase” emergente, y con su callado esfuerzo soportaron en silencio la aventura de la llamada “transición”, que no fue mérito del Rey, ni de Suárez o Carrillo, ni de otros charlatanes politiqueros, sino de una clase social mayoritaria que tenía unas pesetillas en acciones. Parece simple, pero si Zapatero y sus compinches no lo estropean, es un ejemplo para el mundo entero de cómo pasar del totalitarismo a la democracia sin alborotos, y sin caer en la oligarquía de las mafias, como sucedió en la ex Unión Soviética, que todavía cojea, por aquello de que, “en todas partes cuecen habas”

Así fue como, cuando falleció la tía María, una bendita hermana de la abuela de Epifanio del Cristo Martínez, dejó dispuesto que los ahorros “de toda su vida”, invertidos en Endesa, fueran repartidos a partes iguales entre sus herederos predilectos. No eran importantes, pero si muy valiosos por haber prescindido, ella, de muchos caprichos a lo largo de su viudedad. Y una “partecilla” de los mismos, fueron a parar a las manos de Epifanio, a quien sorprendieron una mañana mientras oteaba el horizonte de la Aldea con su potente catalejo. Lo primero que hizo fue saber a cuánto cotizaban, y no le pareció mal su pellizco de la herencia, a 17 euros cada una.

Pero entonces, sucedió lo que sucedió, y la empresa catalana Gas Natural, respaldada por la necesidad que tenía el zapateril Gobierno de contar con los votos nacionalistas catalanes, ofreció quedarse con Endesa a buen precio, pero mayor de los 17 iniciales. Ahí arrancó la algazara, y las acciones de Endesa comenzaron a subir, primero porque Pizarro, el presidente, opinó que era una tomadura de pelo la oferta de compra, y porque, oh providencia para los miles de modestos accionistas, el coloso alemán EON, entró en la lid, y ofreció una cantidad muy superior. El paquetillo heredado dobló su valor, y siguió subiendo porque también parecía que los alemanes mejorarían su oferta. Los autores de “la opa a la catalana” hicieron toda clase de aspavientos, pero al fin se retiraron con el rabo entre las piernas, para gran disgusto del Gobierno que veía temblando su apoyo parlamentario de supervivencia.

Durante un par de años, que es lo que se ha disfrutado del mareante ascenso bursátil de Endesa, la empresa repartió beneficios contantes y sonantes, con lo que la herencia dentro de su parvedad, producía. Finalmente, política por medio y con la intromisión del Gobierno italiano y de nacionales listillos, la cotización alcanzó su techo, y llegó ese momento que hasta los menos negociantes del mundo conocen: “que el último duro se lo gane otro”. Resultó aconsejable liquidar las “endesas” a la jugosa cotización de 40 euros. Desde el otro mundo, la tía María, seguro que ha sonreído ante lo afortunados que han sido sus sobrinos, como si, además, les hubiera dejado un billete de la lotería que, en poco tiempo, duplicó crecidamente su valor. Claro que, también, les vendrá bien si el recibo de la luz ha de cargar con las consecuencias de tal efervescencia.

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