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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Los derechos del enfermo

Francisco Arias Solís
Redacción
martes, 10 de abril de 2007, 18:42 h (CET)
“Yo a ti te escuchaba
pero no te oía.
Tú a mí me mirabas
y no me veías.”


José Bergamín

En el contexto sociocultural del médico tradicional, no tenía sentido hablar de los derechos del enfermo. Era el médico, y no el enfermo, el responsable de su propia salud. A la actitud protectora y paternalista del médico correspondía, por parte del enfermo, una actitud confiada pero pasiva, de total sumisión. Aparte del derecho a ser atendido si pagaba la iguala a los honorarios debidos, su único derecho como enfermo era el de obedecer y seguir fielmente las instrucciones del médico.

Hoy, el enfermo se ha convertido en un usuario del médico, cada vez menos sumiso y pasivo, de sus servicios. La universalización, bajo una u otra forma, de la atención médica tiene detrás un largo proceso de luchas y cambios sociales, que ha cristalizado en el reconocimiento constitucional del derecho a la protección a la salud como uno de los derechos fundamentales, y ha ido haciendo a los usuarios de los servicios sanitarios cada vez más conscientes de sus derechos como usuarios.

El enfermo, como usuario, tiene derecho no sólo a que le asistan sino a que le atiendan como persona, a que le expliquen y le hagan comprender su situación y a que, si es posible se la resuelvan mediante una actuación científica y técnicamente correcta y siempre sobre la base del respeto a su autonomía personal. El médico ha de actuar de acuerdo con esos derechos no por paternalismo o por motivos vagamente “éticos” sino por que así lo exige el contrato entre personas libres que, de modo explícito o implícito, toda relación usuario-profesional implica.

Explicar y persuadir, no imponer. Respetar y fomentar la autonomía del enfermo, tratarle como a una persona y no como a una cosa. Facilitar y promover su colaboración y su participación activa en el proceso terapéutico. No es fácil encontrar una expresión tan plástica y elocuente de lo que significa el respeto de la autonomía del enfermo como la distinción que hacía Platón entre el médico de esclavos y el médico de ciudadanos libres. El primero “nunca explica nada al paciente sobre su dolencia... le dicta disposiciones extraídas de la experiencia con aire de saber infalible y a la manera brusca de un dictador... El médico libre, que es el que usualmente se cuida de los hombres libres, trata las enfermedades comentando antes ampliamente los achaques del paciente con éste y sus amigos. De este modo, averigua algo que desde las explicaciones del propio paciente y simultáneamente le instruye. Luego, el médico no dispone su medicación hasta que no ha persuadido al enfermo; el médico busca la total restauración de la salud sobre la base de persuadir al enfermo a aceptar sus disposiciones terapéuticas”.

Explicar y persuadir significa hacer no banal pero si asequible su lenguaje y adaptar sus explicaciones al mundo cultural del enfermo, pero significa también, y sobre todo, renunciar a la cómoda posición de “maestro” y de “taumaturgo” que el halo carismático del médico de otros tiempos hacía posible; significa poner sobre la mesa los límites de la medicina y quizá también, en algunos casos, los límites de su propio saber profesional en relación con el problema de su paciente. Nada, en realidad, que no sea razonable y lógico. Pero el médico puede tener la sensación de que los límites de la medicina, el paciente va percibirlos como límites de una competencia profesional y de que, si no muestra un aire de saber infalible, se pone en juego su prestigio y corre el riesgo de perder clientes. Por otra parte, no es fácil actuar contra corriente cuando la misma profesión médica colabora a crear la imagen de que la medicina puede arreglarlo todo.

En otro orden de cosas, explicar y persuadir puede ser a veces problemático para el médico, porque ha de encontrar un equilibrio no siempre fácil entre exigencias que a veces se plantean como contradictorias: decirle la verdad al enfermo y, por otra parte, mostrar una actitud de consideración y simpatía con el enfermo y, al mismo tiempo, mantener un distanciamiento profesional que le permita no perder nunca el dominio de la situación y evitar un exceso de implicación afectiva que puede llevarle a una difícil situación de angustia personal. Y como dijo el poeta: “Cualquiera mejor que yo / sabe que me estoy muriendo. / Lo sabe tu corazón, / porque no quiere saberlo. / Y cuando se rompa el mío / lo sabrán hasta los muertos”.

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