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Pecados de Aznar y Zapatero

Wifredo Espina
Wifredo Espina
@wifredoespina
domingo, 8 de abril de 2007, 19:28 h (CET)
En tiempo de recogimiento y penitencia, parece adecuado hablar de los grandes pecados políticos de Aznar y de Zapatero. Por una parte, siempre resulta más cómodo referirse a los de los demás que a los propios (que también los hay) y, por otra, aquellos son públicos, notorios y a todos nos afectan.

Los dos grandes pecados del presidente Aznar fueron, a mi juicio, el no cumplir su palabra dada al iniciar su segundo mandato, y el pedirnos con motivo de la intervención en Irak, que creyéramos precisamente en su palabra.

Desde el balcón de su triunfo electoral por mayoría absoluta, ante sus masas enardecidas, prometió solemnemente a todos los españoles gobernar con humildad y desde una actitud de pactos. Poco tardó en subírsele la victoria a la cabeza, engreírse en una seguridad que en política siempre es efímera, y gobernar desde la prepotencia. Pronto surgieron las reacciones de temor y desconfianza de los adversarios políticos e incluso de los ciudadanos, como suele ocurrir en estos casos. Los nacionalismos con los que había pactado durante su primer mandato, se sintieron luego marginados, cuando no despreciados, y se pusieron en contra. Aznar había sucumbido a la tentación de una cierta soberbia.

Después, el día en que, tras la desafortunada foto de las Azores con Busch y Blair, por TV pidió a todos los españoles que le creyéramos cuando afirmaba que en Irak había “armas de destrucción masiva” –“!créanme!”,dijo- comprometía tontamente su palabra de honor en algo que él no sabía directamente, sino por lo que le habían contado sus colegas de las Azores. El posible error de apoyar aquella guerra, que luego se ha demostrado desgraciada, seguramente le habría sido perdonado más fácilmente por la ciudadanía que el haber empeñado públicamente su palabra en algo que luego se ha demostrado falso. ¿Cómo se le podía creer luego cuando se empeñó en mantener la autoría de ETA en los terribles atentados de Atocha, habiendo pistas que apuntaban a los musulmanes?

Los pecados de Zapatero son algo distintos. Subido al poder, inesperadamente y sin experiencia alguna de gobierno, se empeñó en mantenerse sobre la débil alianza con fuerzas políticas pequeñas y aún antitéticas. Sólo el oportunismo permite explicar, por ejemplo, el pacto de la independentista ERC, de Carod, con el siempre centralista PSOE, ahora capitaneado por un Zapatero inexperto. El resultado no podía ser otro que el mutuo engaño o la claudicación de uno de los dos. Esto abrió un periodo de concesiones inexplicables, más aparentes que reales, por tanto, de mutuo engaño. La ambición de poder, asentada en la falsa estabilidad de la suma de contradicciones intrínsecas, no podía dar buenos frutos, ni siquiera mantener la inicial esperanza de la súbita e inesperada victoria socialista, debida sobretodo al autohundimiento de Aznar. La inestabilidad se había instalado en el país.

Además, pronto cayó Zapatero en la trampa-necesidad de satisfacer las demandas de las minorías que le apoyaban, y en el populismo barato de concesiones a sectores casi residuales, marginando la fuerza de la oposición mayoritaria, y despreciando los grandes consensos políticos e hiriendo muchas sensibilidades sociales mayoritarias. Empeñado en un falso progresismo, ha gastado energías y prestigio en un irresponsable derroche por doquier de promesas incumplidas que, por más que las adornara con sonrisa y talante, le estan pasando factura. Como, por ejemplo, el Estatut que le reclamaba y que prometió al nacionalismo catalán, y el creer que podría él acabar con ETA , sin la complicidad y ayuda del Partido Popular, representante de diez millones de españoles. Sólo se explica desde la ingenuidad, la arrogancia, el afán de protagonismo, el error de cálculo o el desconocimiento del pasado o el desprecio de la verdadera memoria histórica española, no de la inventada.

En este tiempo de recogimiento y penitencia, no estaría de más que Aznar y Zapatero hicieran un profundo examen de conciencia. Y que lo acompañaran de un sincero y firme propósito de enmienda. Porque sin esto no hay perdón.

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Wifredo Espina. Periodista y exdirector del Centre d’Investigació de la Comunicació.

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