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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Una reflexión sobre la Semana Santa

Miguel Massanet
Miguel Massanet
viernes, 6 de abril de 2007, 08:20 h (CET)
Cuando llegan estas fechas a uno le entra la nostalgia. Es cierto que el mundo, en los últimos cincuenta años, ha sufrido una transformación asombrosa; también lo es que los avances de la medicina nos permiten vivir más años que nuestros antecesores y que disponemos de unas comodidades y unos adelantos técnicos de los que, hace años, ni podíamos soñar que se llegaran a alcanzar. Pero no es menos cierto que, la humanidad, ha sufrido una extraordinaria metamorfosis. Lo espiritual ha ido dejando su lugar a un materialismo desbocado y, cada vez, son más las personas que se vuelven insensibles a los problemas del prójimo. Ya sé que se me podrá argumentar que existen muchas organizaciones benéficas; que cuando se producen catástrofes mucha gente se solidariza con los damnificados y que mucha gente se dirige a paises del tercer mundo para adoptar niños o niñas que viven en la más completa miseria. Es cierto, pero si antes no se producían, con tanta frecuencia e intensidad, estas demostraciones de filantropía no era tanto por falta de caridad de la población, sino por la ignorancia en la que se encontraban los ciudadanos, sujetos a las servidumbres de unos medios de comunicación, poco desarrollados, que hacían que las noticias, si es que llegaban, lo hicieran con tal retraso y tan desfiguradas que perdían toda posibilidad de influir de forma instantánea en el público,o sea,lo que hoy en día hacen las televisiones y las modernas técnicas audio-visuales que permiten acercar a las gentes a los escenarios más impactantes en cosa de segundos.

Sea como fuere, cuando llega la semana Santa, no puedo menos de compararla con las que se celebraban en tiempos de mi lejana juventud. Recuerdo que se producía un verdadero cambio en el comportamiento de las gentes; daba la sensación de que un sentimiento especial de recogimiento se desparramaba por toda la ciudadanía.Las radios emitían espacios religiosos, los cines no proyectaban más que películas de temas bíblicos o del Nuevo Testamento; las mujeres vestían de negro y se adornaban la cabeza con peinetas y velos de gasa y tul, y los caballeros lucían corbatas negras en señal de duelo. No se armaban algaradas callejeras ni se hacían celebraciones públicas. Todo, tanto lo público como lo privado, estaba supeditado a mantener el respeto por aquellas efemérides destinadas al recuerdo del santo Calvario del Hijo de Dios. Se acudía a visitar los “monumentos” – ornamentos especiales de los altares y de su entorno– de las distintas iglesias, en multitudinaria concurrencia. Nota curiosa, nunca he llegado a saber el porqué, pero el número de monumentos que se debían visitar siempre tenía que ser número impar, 1, 3, 5, 7 etc. Luego llegaban las procesiones del Jueves y el Viernes Santo, cuando los cofrades de las distintas hermandades, vestidos de nazarenos, con sus enormes capirotes, desfilaban en silencio, solemnemente, por las estrechas calles rozando con sus vestiduras a los fieles, que acudían, devotos, a presenciar el desfile de los “pasos” abarrotando literalmente las aceras de todo el recorrido; mientras los pequeños se afanaban en recoger, a puñados, los confites que los anónimos penitentes se sacaban del fondo de los profundos bolsillos de sus vestimentas. La música que acompañaba el paseo penitencial sólo estaba compuesta por el rítmico sonido de tambores y timbales perturbado, de tanto en tanto, por los desgarradores sonidos de las trompetas romanas.

Todo ello contrastaba con la explosión de júbilo que se producía en todas las casas cuando, después de una larga semana de recogimiento penitencial, llegaba el Sábado Santo. A las diez en punto de la mañana, se producía el gran estrépito provocado por el sonido de las campanas de todas las iglesias de la ciudad, que inundaban con sus alegres sonidos todos los rincones de la villa. Entonces se producía el rito de lavarse la cara con agua clara, como si, con ello, los fieles quisieran desprenderse de sus pecados para iniciar una nueva etapa con el alma limpia. Gestos, ritos, costumbres o creencias, da igual como se lo quiera llamar, en definitiva, una fiesta familiar que propiciaba el contacto de todos los deudos, que establecía lazos amigables entre las gentes que formaban parte del entorno más cercano y que, como no, acababan con las celebraciones propias de la Pascua del Señor, cuando las amas de casa se esmeraban en la preparación de las viandas y golosinas propias de tales fiestas, según la costumbre de cada ciudad. Era algo íntimo, entrañable y profundamente religioso. Era pensar en el hombre como algo trascendente, en la creencia de un más allá donde se premiaría a los justos y se castigaría a los malvados.

Nada que ver con lo actual. Hoy en día la Semana Santa se ha despojado de su sentido religioso y metafísico para trasformarse en una más de las fiestas mundanas, donde lo que prima es evadirse del trabajo; buscar el máximo placer posible; juntarse con los amigos más que gozar de la familia, y olvidarse de lo trascendente para adorar lo futil, mundano, egoista y transitorio. Un despilfarro de energías, dinero y tiempo. Pero así es el mundo de hoy y, contra ello, no nos cabe a los viejos más que refugiarnos en nuestros recuerdos de antaño y pedir que, este dislate sodomítico, no llegue a acabar por completo con los valores morales de esta supercivilización que nos rodea. En bien de ellos y nuestro.

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