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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Ley versus Justicia

Marino Iglesias Pidal
Redacción
martes, 3 de abril de 2007, 22:17 h (CET)
No hay que buscar – en todo caso, refugio -. Es suficiente tener los ojos abiertos o los oídos despiertos. La injusticia nos acosa como un torbellino de hiriente virulencia. Incluso se ha instaurado en un mayor grado del superlativo en que a simple vista la observamos, pues, a veces, nos dan a conocer sentencias que parecieran justas, pero no, no nos llamenos a engaño, un seguimiento de su cumplimiento, interrumpido mucho antes de no haría sino reafirmar nuestro criterio: en España no hay justicia. Claro que, como la culpa es una solterona a la que nadie quiere, al leer u oír esta afirmación, todos, con la lógica excepción de gobierno y adeptos, gritaran a una: ¡La culpa es del gobierno! Él es el que legisla y hace – o no – cumplir las leyes. No es así exactamente. Más culpa que el ciego la tiene quien pone el palo en su mano. Y lo más grave es que hay muchos que siguen ciegamente al ciego.

Llegados a este punto deberíamos preguntarnos ¿por qué se promulgan leyes contrarias a un mínimo razonamiento? ¿por qué se dictan sentencias evidentemente ridículas? ¿por qué hacer más retorcido y complejo lo que ya en sí mismo por fuerza ha de serlo, puesto que ha de dar adecuada respuesta a la infinita capacidad del ser humano para delinquir?

¿Por qué condenar a miles de años a quien no puede vivir más allá de ciento y muy pocos? ¿Por qué seguir enjuiciando por otros delitos a quien, con anterioridad, ya ha sido condenado a más de cien años? ¿Por qué reducir penas a quienes no pueden o no quieren reparar sus delitos? ¿Por qué la condición de menores otorga a estos el privilegio de cometer todas las fechorías que les vengan en gana, de la índole que quieran y tantas veces como les apetezca, pudiendo incluso violar y asesinar tan alevosamente como lo haría el más despiadado de los criminales? ¿Por qué si nadie ignora los efectos de enajenación que pueden provocar alcohol y drogas se consumen sin miramientos y el estar bajo sus efectos es considerado como eximente o atenuante de delito cuando, lógicamente, deberían considerarse agravantes, puesto que su consumo es a conciencia? ¿Por qué... ¡Dios!

Una aproximación de las leyes, y de quienes las aplican, a la justicia significaría un alivio para los justos, oprimidos por la impotencia ante tanto desatino, un freno para quienes se ríen de la justicia, un bálsamo para la convivencia, una grata compañía para quienes están indefensos ante desalmados que convierten sus vidas – las de las víctimas, naturalmente – en un verdadero vía crucis... la reducción de los espacios arquitectónicos dedicados al poder judicial, la de miles y miles de horas de trabajo improductivo, el malgasto de metros y metros cúbicos de papel...

Buf, quizá, si tengo ocasión de hacerlo y me la dan para publicarlo, vuelva sobre el tema en otra oportunidad.

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