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Dulse y amarga como un regaliz

Pelayo López
Pelayo López
martes, 3 de abril de 2007, 09:48 h (CET)
Con el 50 aniversario de la UE recién horneado, conviene recordar que tan inmenso mecanismo, precisamente, encuentra entre los resquicios que pueden echar al traste su engrasado engranaje y poner en peligro su funcionamiento a los propios ciudadanos a los que dice representar. 50 años de cambios de nombre, de mercados únicos con libre circulación de personas, de eliminación de barreras interiores… 50 años que, sin embargo, no han servido para que todos los europeos nos identifiquemos con este nuevo supraestado que se ve incapaz de afrontar una Constitución única o de abordar los problemas diarios de la gente por el ensimismamiento en la política y la macroeconomía que la alimentan. 50 años son mucho y, al mismo tiempo, muy poco. Mucho lo que supone en oportunidades perdidas, y poco en lo que se refiere a avances reales. Mucho para los europeos de a pie, por ejemplo, los 240 millones de euros anuales por mudanza temporal de Bruselas a Estrasburgo para 3 o 4 días debatiendo, nada para los eurodiputados con cargo a cuenta común. Con lo que cuesta levantar civilizaciones desde abajo, algunos las empiezan desde arriba.

De arriba, parece que desde muy arriba, suenan tambores de guerra, en este caso, muy cercanos. Las salidas de tono son habituales entre nuestra clase política. A veces toca dar, y otras recibir. Ese es el juego. Sucede que algunos parece que no están acostumbrados a perder, y, cuando se les toca la fibra sensible, la espina dorsal, deciden comenzar a competir haciendo caso omiso de las normas y dejando atrás el escenario de la corrección formal supuesta. Y sucede que otros, montados en la fanfarria del cuarto poder, parecen desconocer los límites de lo propio y osan superar los de lo ajeno. Tanto unos como otros, equivocados en sus planteamientos, a menudo mean fuera del tiesto y luego les cae encima.

Unos por mala leche y otros por todo lo contrario. La bien intencionada Ley de Dependencia, recién engalanada y entregada a la sociedad por el Gobierno, ha visto, tristemente, como la tragedia la devuelve a la realidad a golpes. Lo que se promete como la panacea, seguramente ya será menos, y es que no hace falta más que recordar, recordar he dicho, la muerte de una mujer octogenaria y su hijo de más de 50 minusválido para darse cuenta de que la vida, por mucho que lo cantase Celia Cruz, no es Carnaval todos los días. Como el regaliz de toda la vida, la vida, precisamente, es dulce y amarga como un regaliz.

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