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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Renovarse o morir

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
martes, 3 de abril de 2007, 09:48 h (CET)
Fue el filósofo y escritor español Unamuno quien selló la frase de que “el progreso consiste en renovarse”. Luego el pueblo hizo suyo el refrán de “renovarse o morir”, lo que implica la saludable necesidad de avivar cambios, quizás para no caer en la monotonía. En cualquier caso, pienso que las superaciones no consisten en presumir de haber llegado a la meta, sino en tender continuamente a esos avances. Algo parecido puede pasarnos a los españoles si nos quedamos sólo en el encandilamiento de alabanzas propiciadas, nada más y nada menos que por el Fondo Monetario Internacional, afirmando que España creció más y mejor en el 2006, y nos abandonamos a la lucha de acortar desigualdades o de engordar las deudas. Me parece bien que se fomenten reformas y contrarreformas, porque esto siempre fortalece, da vida, genera diálogo, que también es sano, no vayamos a caer en los regazos de la bonanza como ideal absoluto y nos aplaste la esclavitud que este endiosado florecimiento nos genera.

Realmente, el verdadero instrumento de progreso, radica más en el factor moral que en otros factores materialistas. Pienso sobre la necesidad de avanzar en esta línea, cruzarse de brazos sería contraproducente, sobre todo en lo que pueda favorecer el clima de convivencia. Conversar, siempre que los diálogos se cimienten en sólidas leyes morales, suele abrir caminos a la comprensión. Siendo la palabra patrimonio nativo y natural, hacer silencio no tiene sentido, como sensatamente nos los advirtió Unamuno al recordar que “el silencio es la peor mentira”, precisamente es el choque de opiniones el que nos renueva y enriquece, además de ser un buen cultivo para que madure y mejore el entendimiento. Creo, además, que hoy en día hace falta revitalizar una opinión pública enraizada en la verdad, capaz de ahuyentar el aluvión de verdades mal entendidas. Bajo el criterio de la valoración, singularidad y feudo de la sociedad humana, discernir oyéndonos todos, es la mejor manera de sentar luz en nuestros modos y modales cotidianos, en nuestros usos y costumbres comunes. De ahí, lo fundamental de una ética responsable en todo avance.

No existe una mejor experiencia de vanguardia, en doquier civilización, que la del impulso de la cooperación. Sin duda, como ha proclamado el Papa Pablo VI, el progreso es el nuevo nombre de la paz. Por ello, a mi manera de ver, hace progreso aquel gobierno o institución que adopte medidas para mejorar los derechos y las condiciones de vida de todas las personas. Por ejemplo, haciéndome eco de la inmediatez de la noticia, que el gobierno español impulse iniciativas para el desarrollo rural (son catorce millones de españoles los que viven en pueblos), me parece una actitud de progreso. Es cierto, nos merecemos un Estado que nos garantice la igualdad de oportunidades, de servicios y de calidad de vida a todos los ciudadanos con independencia del territorio en que residan, pero esto hay que renovarlo de nueva savia y sabiduría. Yo considero un signo de progreso, el social, superior a cualquier otro, porque lo verdaderamente importante no consiste en avanzar aumentando necesidades, sino en caminar reduciendo miserias que tanto nos acosan y ahogan a diario. Seguramente para eso hace falta ser coagentes de la humildad y más cooperadores unos y otros.

También considero que, en esa renovación innata del progreso, porque la estimo como una necesidad que todos llevamos dentro por nuestra propia naturaleza, habría que analizar si ese progreso es un avance para unos, para unos pocos o para todos, o si es un retroceso para algunos o para bastantes muchos. Preguntémonos, en consecuencia: ¿la economía familiar camina tan boyante como apunta el Fondo Monetario Internacional o tal vez camina de prestado, endeudada a más no poder? Supongamos que sí, que todos tenemos liquidez y que nuestra cartera crece en euros, ¿de veras mejoramos como personas, en el contexto de este cacareado progreso? ¿Somos más maduros espiritualmente, más conscientes de la dignidad humana, más responsables, más abiertos a la diversidad, particularmente a los más necesitados y a los más débiles, estamos más disponibles a dar y a prestar ayuda? Puede que nos tengamos que seguir renovando, seguro que sí. Lo malo es que nos quedemos muertos en la indiferencia como tantas veces sucede.

El ansia del desarrollo está en boca de todos, de todas las lenguas y culturas, pero no olvidemos, sin embargo, que el progreso puede llegar a ser una solución, pero también un problema. Ahora, cuando todos los gobiernos quieren ser un gobierno de progreso, que además tienen que serlo por espíritu y vocación de servicio al bien común, creo que no podemos dejarnos llevar solamente por la euforia del entusiasmo, sino que todos debemos plantearnos, de manera objetiva y responsable, aquellos logros pero también los retrocesos, y en qué medida nos va a afectar en el futuro, tanto los éxitos como los fracasos. En verdad, todas las conquistas hasta ahora logradas y las proyectadas por la ciencia o técnica para los tiempos venideros, ¿van de acuerdo con el consustancial progreso moral y espiritual del ser humano? No sería tampoco justo condenar el progreso en todo, puesto que nos olvidaríamos de los avances científicos que han salvado muchas vidas humanas, pero también idealizarlo (sin reflexionar) es olvidarse de Hiroshima.

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