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Tres encuentros con Coll
Luis del Palacio
Aunque no sean tantas las canas que uno peina, conservo el recuerdo en sepia de un Madrid que ha ido desapareciendo poco a poco; por más que se empeñe la autoridad, municipal y espesa en mantener la ofrenda a San Isidro y la Verbena de la Paloma. Hablo de ese Madrid no ideal, pero sí mucho más amable, donde la gente se volvía sin malicia al cruzarse con un improbable subsahariano (a los que antes llamábamos “negros” con la misma inocencia con que ellos en swahili nos llaman mzungu, es decir “blancos”) por la Gran Vía, y sólo conocía a los indios huaoranis de la Amazonía por los estupendos reportajes de Miguel de la Quadra-Salcedo. Un Madrid donde jamás nadie habría esperado que uno de ellos tirara cañas y pusiera tapas de ali-oli en un bar de La Latina o tomara nota del número de comensales para el cocido en Malacatín.
Los tiempos cambian, casi siempre para bien; así que todos contentos en la diversidad cultural. Ese toque exótico le sienta bien a la ciudad, a pesar de la ingestión masiva de vallenato (hábito claramente pernicioso para nuestra salud mental sobre el que la ministra de Sanidad no se ha pronunciado aún).
En aquellos años –los de la Transición y después los de “la movida”- era fácil encontrarse con caras conocidas en el Rastro, cualquier domingo por la mañana. Y fue allí, una de primavera, cuando me encontré con “el señor bajito del bombín”, José Luis Coll. Regateaba el precio de un bastón -¿o era un paraguas?- de caña de bambú con un impresionante remate de plata en la empuñadura. No sé cuánto tiempo llevaría discutiendo el precio con el vendedor, uno de esos personajes –gorra de cuadritos “ojo de perdíz”, bigotito recortado, pocas palabras y más flema que David Niven en 55 días en Pekín- que parecían sacados de un sainete de Arniches o de una zarzuela de Ruperto Chapí. El diálogo fue más o menos este:
Coll: No es plata
Vendedor (impertérrito): Plata de ley
Coll (con cara de estar contemplando una lechuga poco fresca): ¿Mil quinientas por... “esto”?
Vendedor: Mil doscientas, por ser vos quien sois y porque me pilla de buen humor.
Coll: No se hable más –mientras sacaba el dinero de su cartera y el manolo le entregaba el bastón- Y ni una palabra a mi mujer.
A continuación, volviéndose hacia mí, que estaba a su lado, me espetó: ¡Y luego dicen que el pescado es caro! Sonreí, con eso que llaman “risa de conejo”, sin saber qué decir; intruso en una escena en la que sólo había faltado su compañero, “el alto de la chistera”, Tip, representando al de la gorra a cuadritos
No pasaron muchos años, cuando me lo volví a encontrar, esta vez en la inolvidable discoteca Bocaccio. Un pequeño grupo de amigos festejábamos el éxito de La zapatera prodigiosa, la comedia de García Lorca que se representaba en el desaparecido teatro Espronceda. El pintor Darío Villalba, el crítico Fernando Yraola, la protagonista Laura García Lorca y alguna cara más hoy desdibujada, alargábamos la noche en aquel local que ha pasado a la pequeña leyenda de una bohemia madrileña que se fraguó y extinguió en poco más de una década. Coll –que nos miraba con una mezcla de curiosidad y cara de pícaro, vaso de whisky en mano, desde un altillo situado justo por encima de la mesa que habíamos encontrado libre- era uno de los habituales de Bocaccio. Estaba solo; no llevaba bastón ni paraguas, y tenía ganas de hablar. De vez en cuando se asomaba a aquel balconcillo y parecía seguir nuestra conversación con un interés que ya no podía pasarnos desapercibido. Acabamos invitándole a unirse al grupo, y enseguida se sentó a nuestra mesa. A él, claro, lo conocíamos todos, por lo que fuimos nosotros quienes nos presentamos y le aclaramos que no celebrábamos un cumpleaños, sino una representación teatral. Prometió venir a verla; y lo hizo a los pocos días con Tilde, su mujer.
- Yo aquí vengo a veces a trabajar; porque de vez en cuando como mejor se trabaja es solo, en un ambiente lleno de ruido. Si no me creeis –dijo al tiempo que sacaba una arrugada servilleta de papel de uno de sus bolsillos- permitidme que os lea esta tontería:
“Al señor marqués no hay quien le tosa”
“Eso ya lo veremos. Te apuesto 10.000 pesetas a que le hago que tosa”
“Señor marqués, ¿cómo es su escudo de armas?
“Mi escudo es sobre gules una facies leonina”, respondió el marqués con voz aguardentosa.
“Pues el mío es de tosa.
“¿Tosa?
“Sí hombre: Tossa, Tossa” (Y para sí, entre dientes, murmuró: “ de Mar”)
Y, claro, ganó la apuesta.
Bajándose las gafas, Coll añadió:
- Esta es una variante del famoso Entre el clavel y la rosa, Su Majestad es-coja, de Quevedo. Invito yo a la última.
Se trataba de un pequeño guión, candidato a figurar en su intervención semanal en el programa de radio “Protagonistas”. Tenía unas ocho o diez servilletas como aquella; de las que, a la manana siguiente, se salvaría una.
Unos tres años antes de terminar el siglo, volví a encontrarme con José Luis Coll, esta vez en su casa y no por casualidad. Denis Fenton, buen amigo suyo además de su profesor de inglés, había quedado a tomar café y yo me apunté. Nos recibió en el salón. Era el Coll de pelo casi blanco y voz gruesa de sus últimos tiempos. Hablamos mucho. De Cuba, en donde Fenton había decidido establecerse, atraído por el sol caribeño, los mojitos y las dos clases de habaneras (las que se escuchan y las que se ven) También de Cuenca y de amigos y conocidos comunes. Gerardo Rueda, Torner, Saura, José Luis Perales... No recordaba la historia del señor de Tossa de Mar.
- ¿Eso dije yo?
- Claro; y hay testigos.
- Pues olvídalo, que ya no bebo.
Mencioné entonces mi reciente viaje de tres meses por Nepal y el norte de la India, y sin saberlo toqué un punto muy delicado para el humorista: Coll no comprendía por qué uno de sus hijos había dejado el confort de Occidente para establecerse en una zona rural del Hindustán (esa fue la palabra que empleó)
- A ver, cuéntame qué has visto tú allí; porque no entiendo qué se puede hacer en un país lleno de vacas paranoicas.
- No sé –respondí- quizá misterio, contrastes violentos, paisajes, gente extraordinaria... y, por supuesto, vacas.
- Como aquí entonces, que tenemos hasta burros, ¿ para qué irse tan lejos?
Nunca supe si por fin acompanó a su mujer en aquel viaje que ella habia planeado para ver al “hijo perdido”. No sé por qué, pero tengo la sensación de que al final sí fue.
Esas dos horas en su casa, aquella tarde de un sábado ya bastante lejano, no fueron empleadas en hacerle una entrevista. Poco imaginé que algún día me sentaría a rememorar este y los otros dos momentos que compartimos, aunque en el primero yo fuera un mero espectador, para escribir un artículo que no es necrológico. Incluyo un último recuerdo de aquel café: todos sabíamos que Coll era un maestro del billar y que echaba partidas con Felipe González; pero muy poca gente conocerá su afición por el piano, que tocaba con notable maestría y que uno de sus personajes más admirados, con quien mantuvo además una gran amistad, fue Daniel Baremboim.
El humor de Tip y Coll, juntos o por separado, era capaz de desencadenar al instante una serie de asociaciones de ideas, que desembocaban siempre en la sonrisa y muchas veces en la carcajada. Mencionar a Freud va siendo cada vez menos “políticamente correcto” (todo en la línea de “no digas negro, sino subsahariano”; o “ciudadanos y ciudadanas” Y quizá pronto: testigos y testigas; habitantes y habitantas” ) ; pero por licencia poética me permito decir que cada una de sus escenas (ahora gags ) era una sesión de psicoanálisis de “aquí te pillo y aquí te mato”. Su histrionismo era un recurso más; nunca una meta (eso cuando muchos humoristas actuales confunden el humor con hacer cosquillas y, simplemente, desconocen la ironía)
Es una suerte que la televisión haya conservado aquellos programas míticos, grabados en los años 70 y 80; y que ahora sea posible adquirir DVD con selecciones de los más ingeniosos y divertidos. Aun cuando algunas de las alusiones a la sociedad del momento –un político piadosamente olvidado, una folclórica, un chisme, un cohecho famoso- hayan perdido parte de su brillo, algo tan simple como su ¡Y mañana hablaremos sin falta del gobierno!, hará que esbocemos una sonrisa. Y eso a pesar de que, como todo cambia en la superficie, ahora casi no hagamos otra cosa que hablar de él.
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