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Etiquetas:   Cartas a un ex guerrillero   -   Sección:   Opinión

Como alfombras de carne y hueso

Sor Clara Tricio
Sor Clara Tricio
lunes, 2 de abril de 2007, 10:56 h (CET)
Querido Efraín: Subamos juntos al monte de los Olivos y salgamos al encuentro de Cristo que volvió en día como hoy desde Betania, y que se encaminó por su propia voluntad hacia aquella bienaventurada pasión con la que llevaría a término el misterio de nuestra salvación.

Viene, en efecto, voluntariamente hacia Jerusalén, el mismo que por amor a nosotros bajó del cielo para exaltarnos con él; como se dice en el Libro Santo, por encima de todo principado, potestad, virtud y dominación, y de todo ser que exista, a nosotros que yacíamos postrados.

Él viene, pero no como quien toma posesión de su gloria, con fasto y ostentación. No gritará —según la Escritura—, no clamará, no voceará por las calles, sino que será manso y humilde, con apariencia insignificante, aunque le haya sido preparada una entrada suntuosa entre el gentío de las calles de Jerusalén.

Corramos, pues, con el que se dirige con presteza a la Pasión, e imitemos a los que salían a su encuentro. No para alfombrarle el camino con ramos de olivo, tapices, mantos y ramas de palmera, sino para poner bajo sus pies nuestras propias personas, con espíritu humillado, con una mente y un propósito sinceros, para que podamos así recibir a la Palabra que viene a nosotros y dar cabida a Dios, a quien nadie puede contener.

Alegrémonos, por tanto, de que se nos haya mostrado con tanta mansedumbre aquel que es manso y que sube sobre el ocaso de nuestra pequeñez, a tal extremo, que vino y convivió con nosotros para elevarnos hasta sí mismo, haciéndose de nuestra familia.

Dice el Salmo: “Subió a lo más alto de los cielos, hacia oriente” -hacia su propia gloria y divinidad, interpreto-, con las primicias de nuestra naturaleza, hasta la cual se había abajado impregnándose de ella; sin embargo, no por ello abandona su inclinación hacia el género humano, sino que seguirá cuidando de él para irlo elevando de gloria en gloria, desde lo ínfimo de la tierra, hasta hacerlo partícipe de su propia sublimidad.

Así pues, en vez de las túnicas o unos ramos inanimados, en vez de unas palmeras, que pronto pierden su verdor y que por poco tiempo recrean la mirada, pongámonos nosotros mismos bajo los pies de Cristo, revestidos de su gracia, mejor aún, de toda su persona, para que todos los que hemos sido bautizados en Cristo nos veamos revestidos de Él. Extendámonos tendidos a sus pies, a manera de túnicas, pero de carne y hueso.

Nosotros, que antes éramos como escarlata por la inmundicia de nuestros pecados, pero que después nos volvió blancos como la nieve el baño saludable del Bautismo, ofrezcamos al vencedor de la muerte no ya ramas de palmera, sino el botín de su victoria, que somos nosotros mismos.

Aclamémoslo también nosotros, como hacían los niños, agitando los ramos espirituales del alma y diciéndole un día y otro: “Bendito el que viene en nombre del Señor, el rey de Israel”.

Os envío los mejores deseos, y con la esperanza de que sigáis todos bien, recibir un cariñoso saludo, CTA.

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