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Campos de plástico

Nieves Fernández
Nieves Fernández
sábado, 31 de marzo de 2007, 22:21 h (CET)
Por poco que hayan viajado o hayan salido al campo en las últimas semanas, se habrán dado cuenta de que en algunos parajes, en lugar de sembrar productos del campo, las tierras están asquerosamente sembradas de plásticos: Bolsas de la compra variopintas y distintos envases conviven moviéndose al compás del viento, atrapados junto a las verdes viñas, campos de cereales y sufridos olivos.

Es la consecuencia de los fuertes vientos de hace ya semanas, ¿meses?, vientos que han sacado a la luz los plásticos de los estercoleros y puntos limpios de vertidos de residuos sólidos, de forma que en varios kilómetros a la redonda de esos mares de basura orgánica, digo mares porque atraen a miles de gaviotas, todo está plagado de sólidos con capacidad de salir volando. Así las gaviotas, que parecen cigüeñas, y que podrían ser una nueva especie de ave seleccionada migratoriamente por los nuevos usos y costumbres, acampan y sobrevuelan a sus anchas en los estercoleros y remueven más y más plásticos con sus afilados picos.

Viejo y maloliente problema el de los residuos orgánicos, que por mucho que reciclemos y reciclemos no podrá dejar de afectar a nuestros campos. Pobres fincas las que sufran por ser linderos de uno de estos vertederos controlados e incontrolados por el viento, porque sufrirán en sus surcos atropellos de estética y de mal olor.

Los antiguos lo solucionaban también mal pero lo solucionaban, y es más lo aprovechaban, utilizando la basura para abonar las tierras. Era frecuente en las casas de labor y casas de campo ver adosado, como hoy puedan tener al lado una barbacoa, un pequeño basurero individual. Es posible que ahí nuestros abuelos sí que se hicieran un buen reciclado, los papeles y plásticos a la chimenea o estufa, y el resto de vuelta a la madre naturaleza que también sabe como nadie reciclar.

Pero, ¿qué hacer con las bolsas de plástico que nos sobran?, esas bolsas de plástico que nos las dan gratis en la mayoría de los comercios. En un país de grandes inventores alguien debería inventar qué hacer con las maravillosas bolsas de plástico que tanto nos facilitan la vida. Recuerdo en uno de mis viajes a un país del que no quiero acordarme, cómo las bolsas de plástico apenas existían, y los productos los envolvían en lo que para nosotros eran ya nostálgicos papeles de estraza de las viejas tiendas de ultramarinos, papeles que lo mismo servían para envolver el bacalao en salazón que una tableta de chocolate, que un pedazo de jabón del que ahora llaman de Marsella y que no era otra cosa a veces que el realizado por la misma tendera. Esa imagen decadente del país enseguida la emparejé a la de su propia miseria, a juzgar por los numerosos ciegos que pedían limosna en las esquinas y comprendí que cuando llegase el plástico a ese país, llegaría también el bienestar para sus habitantes.

Quizá sea ese el precio del progreso y de la urbana y rural higiene, pero alguien debería limpiar esas cunetas y esos campos de la plaga de plásticos volanderos que amenaza con extenderse y llegar a las primeras casas de los pueblos y ciudades en cuanto se predicen vientos huracanados. Campos y cunetas limpias. Todo sea por la estética de los campos y por el progreso, mientras nos llega el invento final que solucione el mágico reciclado.

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