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Error iraquí: cuatro años después

Vladimir Simonov
Redacción
viernes, 30 de marzo de 2007, 18:51 h (CET)
El 20 de marzo de 2003 empezaron a caer sobre Bagdad bombas americanas con lo que se dio inicio a la “Operación Libertad para Irak” (Operation Iraqi Freedom), o, hablando en cristiano, la guerra en Irak.

Cuatro años después esta invasión iniciada por los Estados Unidos puede cambiar de nombre para llegar a llamarse “Operación Caos para Irak”. Según estimaciones distintas, dio muerte a un número de 60 mil a 300 mil iraquíes y sumió el país en la guerra civil más furiosa del Cercano Oriente.

Estados Unidos ya ha pagado este error histórico con las vidas de 3 217 de sus soldados, otros 24 mil heridos de gravedad y 500 mil millones de dólares gastados en la financiación de las hostilidades. Pero la hora del pago definitivo parece no haber llegado aún.

El mundo conmemoró este horrible cuatrienio con multitudinarias manifestaciones y mítines antimilitares desde Nueva York hasta San Francisco, desde Madrid hasta Melbourne. Las más veces se veían pancartas que decían “Dejemos caer a Bush y no bombas” (Drop Bush, not bombs) o “Cuatro años es demasiado”.

Quizás un solo hombre podría empinar solemnemente el codo para beber este día una copa de champaña, celebrando el feliz desenvolvimiento de las acciones si su fe lo permitiera. Es Osama bin Laden, líder de Al Qaeda.

Más que nadie lo tiene claro: la operación de EE.UU. en Irak tiene de guerra contra el terrorismo anunciada por Geoge Bush solamente por distraer fuerzas y medios de este objetivo global. Estos recursos podrían utilizarse con mucha mayor eficacia en algún lugar de Afganistán o en el Asia del Sureste. El Bagdad de hoy no es un frente de lucha contra Al Qaeda. Es el lugar predilecto de citas de terroristas y símbolo de su cohesión.

En cuatro años ha cambiado sorprendentemente la actitud hacia la fuerza que se ha empleado en Irak por parte de los círculos políticos en la propia América.
Si la ONU en su día se negó a dar la bendición a la invasión, el Congreso de EE.UU., como todos recordamos, sí lo hizo. La mayoría de los miembros de ambas cámaras, incluidos los actuales aspirantes a la Casa Blanca, Hillary Clinton y John Edwards, votaron a favor de la guerra, confiados en que ésta podría salvar a América de que se repitiera la tragedia del 11 de septiembre. Con esta actitud los congresistas, seamos justos, reflejaban la opinión de sus electores: en marzo de 2003 dos tercios de la población estadounidense apoyaron sin reservas las acciones militares contra Irak.

Hoy día América parece ser otra. La encuesta pública realizada conjuntamente por la agencia noticiosa AP y el centro de estudios Ipsos muestra que seis de cada diez ciudadanos norteamericanos consideran un error la campaña militar iraquí y quisieran acabar con ella lo más pronto posible.

Los encuestados se inclinan a pensar que la percepción de la guerra por la sociedad norteamericana ha cambiado porque la propia guerra resultó ser distinta.

Esta guerra obviamente no se debió a las causas declaradas desde un principio: Sadam Husein no poseía armas de exterminio en masa. Además, la guerra se hizo con métodos improcedentes y poco típicos de los Estaos Unidos, potencia que ambiciona el papel de mecías de la democracia. Recordemos las torturas y escarnios respecto a los presos de la cárcel Abu Ghraib. O el baño de sangre provocado por una patrulla del Ejército estadounidense el 19 de noviembre de 2006 en la aldea de Hadita, al Norte de Bagdad, donde se mató a 24 iraquíes civiles, incluidos un anciano de 76 años y un niño de 3 años.

Y por último, la guerra de liberación de Irak degeneró en una guerra que hasta el Pentágono reconoce hoy como civil. Hay motivos para sospechar que ya ninguna cantidad de tropas dislocadas a Irak puede detener la ola de la violencia interconfesional que allí se intensifica. En un año y medio que le queda la actual Administración estadounidense difícilmente tendrá tiempo para dar apariencia de progreso a la situación en Irak.

El Capitolio, que ha pasado bajo el control de los demócratas por causa de esta misma guerra, trata de refrendar estas realidades en un nuevo anteproyecto de ley. El documento vincula la financiación del contingente de tropas adicional en Irak con la retirada de todas las unidades de combate del Ejército estadounidense el 1 de septiembre de 2008 a más tardar o incluso antes. Se menciona como condición de la retirada de las tropas la incapacidad de las autoridades iraquíes para cumplir los compromisos asumidos.

Lo más probable es que el documento se pierda ya en el Senado donde la mayoría democrática es insignificante. Aun cuando el anteproyecto de ley pase ambas cámaras del Congreso, le espera el veto de George Bush. Stephen Hadley, asesor de seguridad nacional del presidente, intimida a los legisladores diciendo que su iniciativa puede hacer de Irak un paraíso para terroristas. Como si esto ya no se hubiera ocurrido.

La epopeya iraquí ha cambiado todo el escenario político de EE.UU., a excepción de una cosa. Igual que hace cuatro años la Administración estadounidense sigue creyendo que la guerra en una tierra lejana aún puede ser ganada.

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Vladimir Simonov, para RIA Novosti.


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