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Televisión y Medios

Etiquetas:   Crítica de televisión   -   Sección:   Televisión y Medios

'A dos metros bajo tierra' de Alan Ball, una serie singular

Herme Cerezo
Herme Cerezo
jueves, 13 de septiembre de 2007, 17:04 h (CET)
Fue a mitad de los ochenta del siglo pasado cuando comenzaron a proliferar los videos domésticos (¿se acuerdan de la "guerra" entre los sistemas beta y vhs?). Con ellos nacieron, en perfecta simbiosis, los videoclubs. En estos locales, que todavía existen, aunque son otra especie en vías de extinción, previo pago del alquiler correspondiente, cualquier hijo de vecino podía llevarse una película para ver en su propia televisión a través del magnetoscopio. Era un remedo del cine, era cine televisado ... pero cine al fin. Fue el inicio de todo, la semilla que las multinacionales del celuloide implantaron para que cada homo ludens, cada consumidor cultural, pudiera configurar su programación cinematográfica particular, a la carta, sin moverse de su sillón predilecto, de su rincón favorito. Fue toda una inversión de futuro.

Ahora, extinguido prácticamente el formato vídeo, el domestic system del ocio se ha canalizado, de forma casi absoluta, a través de su sucesor natural en el campo audiovisual: el deuvedé. Salvo extrañas excepciones, - haberlas, como las meigas, haylas -, en el mercado nacional se puede encontrar cualquier título que interese. Hombre, si me apuran mucho, alguno puede faltar (como es el caso de la película ‘Faraón’ (1965) del polaco Jerzy Kawalerowicz, que todavía no está al alcance del aficionado al cine histórico, a pesar de su indudable interés), pero ya les digo que son contadas excepciones. En este sentido hago un inciso para comentar que algo pasa con el cine polaco, puesto que para localizar ‘La tierra de la gran promesa’ de Andrej Wajda en deuvedé, he tenido que esperar varios años y la versión que salió a la venta poco antes de las últimas Navidades estaba en polaco con – gratia dei – subtítulos en castellano. Y por mucho que me argumenten a favor, sigo pensando que una película subtitulada se convierte en un cómic en movimiento.

Pero de lo que me interesa hablarles hoy es de un género que, gracias al formato deuvedé, ha adquirido un auge incuestionable. Me estoy refiriendo a las series de televisión. Es indudable que, dejando a un lado auténticas series basura, existen otras que los televidentes, ya sean españoles o extranjeros, guardan en su memoria con agrado. Entre otras muchas, podríamos citar ‘Poldark’, ‘Yo, Claudio’, ‘Arriba y abajo’, ‘Urgencias’, ‘Anatomía de Grey’, ‘Canción triste de Hill Street’, ‘CSI’, ‘Roma’, ‘Las seis esposas de Enrique VIII’, etcétera. Y en una parte de este largo etcétera me detendré hoy, en una serie titulada ‘A dos metros bajo tierra’.

‘A dos metros bajo tierra’ no es una serie nueva, aunque no hace mucho que está a la venta. Su creador, el guionista Alan Ball, oscarizado por su guión para ‘American Beauty’ (1999), la perfiló en el año 2001. Consta de cinco temporadas completas, de las que en nuestro país se han emitido las cuatro primeras por las cadenas Fox y 2ª de Televisión Española. Queda, por tanto, pendiente la emisión de la última entrega.

Bien, y ¿de qué trata ‘A dos metros bajo tierra’? Porque el titulito huele a fiambres. Pues, efectivamente, así es, ya que el asunto va de una familia que regenta una funeraria, ‘Fisher & Sun’. El fundador de la firma, Nathaniel Fisher, muere en un accidente de coche - fúnebre of course - en Nochebuena, justo el mismo día que regresa su hijo Nate, el díscolo de la familia, el único que no ha querido trabajar en el luctuoso negocio familiar. Tras el fallecimiento de su progenitor, Nate se encuentra una situación poco cómoda: una madre controladora, insatisfecha, infeliz y atormentada por sus remordimientos; un hermano homosexual, Dave, de costumbres exactas, que todavía no ha asumido pública ni privadamente su condición gay, y por último, su hermana Claire, a la que la muerte del señor Fisher, su padre, sorprende "fumada". Al mismo tiempo, Nate, hombre de fácil ligar, se enrolla con la que parece ser la mujer de su vida: Brenda, un personaje sui generis, del que, poco a poco, conoceremos su peculiar situación familiar: padres adinerados, alejados de ella y de su hermano, Billy, al que consideran un apestado por padecer la llamada enfermedad bipolar. La propia Brenda tampoco parece estar "acabada del todo", mostrándose inestable y misteriosa por momentos. Por encima de todo esto, por encima de ‘Fisher & Sun’ sobrevuela una multinacional del ataúd, que quiere comprar la funeraria, sin importarle los medios para conseguirlo. O sea, algo totalmente real, como la vida misma: el pez grande que intenta comerse al chico.

Bien, pues estos son los ingredientes argumentales, unos ingredientes que Alan Ball maneja espléndidamente, sin dejar cabos sueltos. Los capítulos tienen algo menos de una hora de duración y obedecen a un esquema fijo: siempre muere alguien al principio y de ahí arranca la historia. Los familiares del "interfecto inicial" contratan a los funerarios Fisher para la organización del velatorio y posterior entierro. En medio de estos trabajos, los personajes se mueven y desarrollan sus propias vidas a una velocidad de vértigo. Natan decide plantar cara a su pasado e incorporarse plenamente al negocio familiar; Dave, envuelto en sus trabajos embalsamadores-organizadores-comerciales, asume su condición homosexual como Dios le da a entender; la madre debate sus impulsos sexuales entre dos admiradores, Hiram, su estilista, y un florista ruso, su jefe, mientras Clair intenta reorganizar su desorganizada vida de adolescente tardía, enrollándose con Gabe, un compañero del instituto.

Los episodios raramente son dirigidos por el mismo director, aunque alguno repite de modo aleatorio. A pesar de ello, Alan Ball ha conseguido, es el gran mérito de la serie a mi juicio, una gran homogeneidad y, a lo largo de cada capitulo, se da una vuelta de tuerca a unos cuantos temas con los que nos enfrentamos cada día al levantarnos de la cama o al echarnos en ella.

Primero, el tabú de la muerte que, vista desde el prisma de los funerarios, cuyo objetivo es "dejar guapos" a los cadáveres para las honras fúnebres, pierde solemnidad y seriedad, aunque no trascendencia ni importancia. La muerte aquí es un elemento esencial de la serie, es el objeto del trabajo de los protagonistas, con la que conviven y se relacionan profesionalmente.

Segundo, la homosexualidad de Dave ofrece al espectador la oportunidad de analizar un aspecto de la personalidad humana no excesivamente tratado por la televisión. Dave, al principio, tiene dificultades en asumir su condición homosexual, eso que ahora se dice, "salir del armario", lo que le llevará a ser abandonado por su pareja, a la que, infructuosamente, tratará de suplir con amantes eventuales. Más adelante manifestará públicamente su condición gay, sintiéndose además orgulloso de ello.

Tercero, la búsqueda del pasado. Nate trata de descubrir la verdadera personalidad de su padre muerto. Nate se marchó de casa, en una huida sin fin, empujado por el horror a todo lo que rodea la muerte. Una serie de flashbacks ilustran al espectador sobre las causas que provocaron su marcha. Las apariciones fugaces de su padre, sus parrafadas, le permitirán intuir el tipo de hombre que era y que él no llegó a conocer.

Cuarto, la realidad de los jóvenes, del entorno estudiantil, de los institutos. A través del sexo, el alcohol, las drogas y sus relaciones personales, Alan Ball nos pasea por el ambiente que respiran los tardoadolescentes, por sus problemas, por la sociedad en que se desenvuelven estos muchachos y muchachas.

Quinto y último, Brenda y su mundo, una relación sexual con Nate ajena a las ataduras y convencionalismos al uso. "No quiero hijos" exclamará ella en uno de los primeros capítulos. Pero Brenda es una estrella con varios satélites alrededor: sus padres, bien posicionados económicamente, que pasan de ella, y su hermano, fuente de muchos de sus problemas, enfermo bipolar, y del que se ocupa desde hace muchos años.

‘A dos metros bajo tierra’, a la que en Méjico bautizaron como ‘Seis pies abajo’ aporta un retrato fresco de la sociedad occidental en general, y de la americana en particular, bañado con un cierto toque de humor negro y cruda realidad. Un espejo en el que contemplar lo que somos, lo que vivimos y lo que veremos. Su cuidada fotografía y buen manejo de la cámara, unidos a la estructura pergeñada por Alan Ball e interpretada magníficamente por sus directores, hacen de esta serie un espléndido producto. Si pueden no se la pierdan. Creo que es un buen consejo. Creo.

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‘A dos metros bajo tierra’. HBO ORIGINAL PROGRAMMING. 5 temporadas. Precio de cada temporada 39’95 €

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