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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'300': Subversión hemoglobínica

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
miércoles, 11 de julio de 2007, 23:19 h (CET)
Seguro que han oído más de una vez que el cine, casi desde su nacimiento, vive dividido entre los partidarios de un arte en movimiento entendido como un utensilio para captar la realidad (Lumière fue el primero) y los adalides de un celuloide sólo interpretable en clave de espectáculo (Méliès y sus acólitos). Tradicionalmente, los primeros acostumbran a arrasar entre la crítica, mientras que los segundos, menos preocupados por filmar trozos de vida que trozos de pastel, suelen arrasar en taquilla gracias a tres armas de seducción masiva incontestables: épica, violencia y emoción. Zack Snyder, el director de 300 y de la interesantísma El Amanecer de los Muertos, cuyo arranque daba buena cuenta de su talento como hacedor de experiencias fílmicas demoledoras, tiene muy claro en que bando milita. Y para asegurarse que los espectadores muerdan su anzuelo ha añadido al clásico cocktail tricéfalo un buen puñado de mancebos hipermusculados, una estética visionaria sustentada sobre los lustrosos pilares de la tecnología digital más avanzada, y una historia, la de la batalla de las Termópilas que, más allá de la obra gráfica de Frank Miller, pedía a gritos una adaptación cinematográfica a la altura de los peliculerísimos acontecimientos que se narran en ella.

Para rodar algo de estas características Snyder podía haber seguido la senda de realizadores como Ridley Scott (Gladiator), Oliver Stone (Alejandro Magno) o Wolfgang Petersen (Troya) y tratar de narrar unos acontecimientos históricos de carácter legendario esforzándose por sonar tan creíble como realista, pero al igual que Frank Miller en el cómic fundacional, la película opta por abordar el relato de los valientes soldados espartanos no desde el respeto a la historia, sino desde el respeto a la leyenda. Así, el joven director se permite un espectáculo hiperbólico de testosterona y casquería en el que no escasean las criaturas imaginarias, los excesos visuales, y las pruebas de fuego a la suspensión de la incredulidad del espectador (y a su paciencia, porque el abuso de tomas en cámara lenta satura de lo lindo). Si uno asume el carácter abiertamente antinaturalista de la película disfrutará como un enano, si por el contrario, lo que uno busca es rigor histórico y una puesta en escena repantigada en el clasicismo, mejor que cambie de sala y asista a la proyección de Cartas Desde Iwo Jima.

En cualquier caso, más que reseñar la extrema fidelidad estética de Zack Snyder al original milleriano, algo que de tan obvio debería estar prohibido por decreto ley, me gustaría llamar la atención sobre su fidelidad ideológica con respecto al mismo. Tal vez entre tanta hemoglobina muchos no se den ni cuenta, pero con solo escarbar un par de palmos entre la alfombra de cadáveres, emerge rabioso un discurso de gran potencial reaccionario que se pasa por el forro muchos de los amojamados valores democráticos regidores de nuestras cobardes, incoherentes, y en absoluto honrosas sociedades modernas. Y es, aunque parezca mentira, en este mazazo encarnizado a lo políticamente correcto donde reside el principal interés de 300, ya que por primera vez desde hace ya unos cuantos años, una gran producción basada en episodios históricos se atreve a no sacrificar la ideología de sus protagonistas en el altar de la autocensura bienpensante.

A diferencia del Balian de El Reino de los Cielos, los espartanos de 300 pasan del talante, de la alianza de civilizaciones, y del diálogo. Por si fuera poco, creen que la acción directa es la mejor forma de lidiar con las amenazas, dicen lo que piensan y defienden lo que creen que es correcto hasta las últimas consecuencias. La lectura política es tan diáfana que ciertas voces se han apresurado ya a tachar la película de filofascista. Por mi parte, sigo pensando que no se puede reinterpretar la historia de acuerdo con los parámetros éticos contemporáneos. Y entre un realismo diplomático pero mediatizado como el que recrea El Reino de los Cielos, y una fantasía supuestamente extralimitada pero en el fondo mucho más realista, como la de la 300, me quedó con los bárbaros fascistas de las Termópilas así me asaeten un millón de progres aficionados al pensamiento único.

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