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Etiquetas:   Crítica literaria   -   Sección:   Libros

Un faro que no alumbra bien

Herme Cerezo
Herme Cerezo
martes, 17 de julio de 2007, 23:47 h (CET)
Cuentan que Borges predicaba que si un libro no enganchaba, no valía la pena perder mucho tiempo con él. En su extinto programa ‘Negro sobre blanco’ ― algún (ir)responsable sabrá por qué es extinto ―, a Fernando Sánchez Dragó le oí decir que él asignaba a cada título treinta páginas de cortesía o algo parecido. Si el libro no las aprovechaba, peor para él y mejor no continuar leyendo. Por su parte, el que esto escribe, o sea, yo, a mis lecturas les otorgo un margen de confianza o de credibilidad un poco más amplio: cien páginas. Algo así como lo que nuestro país les concede a sus presidentes de gobierno: cien días. Es un número significativo, comedido, amable e, indudablemente, cortés.

Bueno, pues a ‘El faro’ la última obra de P.D. James, una escritora de novelas policiacas que suele gustarme, engancharme y seducirme, ya no le concedo más. Exactamente han sido 168 las páginas que he leído. Y lo he hecho a tirones, con solución de continuidad, a regañadientes. Notaba que volver al libro me suponía un esfuerzo considerable, que cualquier otra lectura (un relato corto, un artículo periodístico, alguna revista, incluso) reclamaba más mi atención que la última entrega de P.D. James.

Como verán mi cortesía ha superado con creces la barrera que yo mismo me marqué, las susodichas cien páginas. P.D. James, "la primera dama del crimen" como la ha bautizado alguien, se merecía este crédito extra, un esfuerzo mayor. Ha escrito y, ojalá todavía escriba, obras excelentes, que me impulsaron a invertir en su lectura horas y horas de mis ratos de ocio: ‘Muerte de un forense’, ‘Muerte en el seminario’, ‘Impulso criminal’, ‘La sala del crimen’ y, especialmente, ‘Una cierta justicia’, a mi juicio la mejor de todas sus novelas.

Pero en ‘El faro’ he llegado a la triste conclusión de que no me importa saber quién es el asesino, que prefiero ignorar si vuelve a matar o no, igual que si lo detienen o no (aunque supongo que sí porque es lo acostumbrado en estos casos).

Y, si en un libro policiaco que se enmarca en esa etiqueta que llamamos novela-problema, aquí además con espacio cerrado, no te interesa quién es el autor del crimen, apaga y vámonos. Es decir, lo mejor es olvidarse de él.

Y hurgando, hurgando, lo cierto es que no soy yo quien le ha pegado una patada a este ‘El faro’. Creo que ha sido algo mutuo, respectivo. No nos hemos gustado. No. No ha surgido el ‘feeling’. Yo le he dejado a él y él me ha ayudado a dejarle. Lástima, porque la escritora de Oxford era una de mis fijas hasta ahora en esto de descubrir malhechores y delincuentes.

Y, claro, hacer una reseña de un libro, cuya lectura no has completado parece un poco arriesgado. Si me apuran, injusto. Y arriesgado lo es, sin duda, pero menos por varias razones. La más importante es que P. D. James siempre cuida al máximo los preliminares de cada una de sus historias. "El escenario de una novela es siempre lo primero", dice una de las máximas que sigue rigurosamente la escritora británica. En ‘El faro’, el lugar escogido es una isla donde viven un reducido número de personas. Un lugar muy especial, al que acuden gentes que buscan paz, sosiego o, simplemente, descanso. Y creo que aquí es donde radica el problema más importante: P.D. James se ha pasado prácticamente ciento cincuenta páginas en describir la isla ‘Combe Island’ y los personajes que allí se dan cita. Pero lo ha hecho, a mi juicio, incumpliendo una norma básica de la novela en general y de la policiaca en particular: la acción no avanza o avanza demasiado lentamente. Y eso hace que su lectura devenga tediosa. Adam Dalgliesh, inspector y poeta a la vez, su aportación más destacada al mundo de los investigadores, tarda mucho en asumir en la trama el papel protagonista que de él se espera. Junto con otros miembros de su equipo de trabajo, es trasladado en helicóptero a Combe Island y al leer esas páginas, parece que ese helicóptero no va a llegar nunca, que no hace sino dar vueltas y vueltas y vueltas. Y eso es lo que ocurre con ‘El faro’. El lector da vueltas y vueltas y vueltas sobre un mismo tema, sin atisbar nada interesante.

En resumen, que ‘El faro’ es una novela con menos interés que otras muchas de P.D. James, siempre teniendo en cuenta que sólo he trasegado 167 páginas, cosa rara en mí. Que tal vez el tiempo no pasa en balde para nadie, y tampoco para P.D. James como escritora (recién cumplió los 87 años). Que ese mismo tiempo tampoco ha pasado en balde para mí, como lector, y por ello tal vez esperase bastante más de su última novela.

Pero, y con esto concluyo, a P.D. James se le puede exigir todo, porque sabe darlo. Lo ha demostrado muchas veces. ¿Entonces por qué no hacerlo?, ¿por qué no exigirle un calado más hondo a su última novela? Y eso he hecho yo, mientras Valencia arde en castillos de fuegos artificiales por sus cuatro costados, mientras por sus calles transitan miles de personas sin descanso, mientras mi ciudad se vuelve inhóspita para todos los que la habitamos no sólo durante los días falleros, sino durante todo el año. Al menos, de esto último, de su carácter inhóspito, P.D. James no tiene la culpa.

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‘El faro’. P.D. JAMES. Colección Policiaca Zeta de bolsillo. Enero, 2007. 10 euros. ‘El faro’. P.D. JAMES. Ediciones B. Marzo, 2006. 17 euros.

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