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Etiquetas:   Carta al director  

La vida como libertad

Francisco Arias Solís
Redacción
sábado, 24 de marzo de 2007, 21:19 h (CET)
“No hay alternativa sino la libertad”
No hay más camino que la libertad
No hay otra patria que la libertad”.


Fayad Jamis

La libertad no es fácilmente perceptible; más bien se ve la falta de libertad. Este hecho elemental tiene una consecuencia que va mucho más lejos: la propensión a una interpretación negativa de la libertad, como ausencia de trabas, coacciones o presiones.

El hombre europeo desde la crisis del antiguo régimen ha tenido como idea de la libertad su realización en unas cuantas libertades que se ha esforzado por conquistar y -más o menos- ha alcanzado en el siglo XIX. Sin ellas, se sentía oprimido y en servidumbre; y así consideraba a todo el que estaba en otros tiempos o en otras sociedades privado de ellas. Pero el problema es si la expresión que acabo de escribir es justa. ¿Es cierto que el hombre medieval estaba privado de libertad de expresión? Si empleamos la fórmula, tan usada, “libertad de imprenta”, salta a la vista el anacronismo; pero, por debajo de él, ¿cabe decir que en la Edad Media existía esa privación? Para ello hubiera sido menester que previamente a ella los hombres de aquel tiempo hubiesen tenido la pretensión de expresarse.

No poder votar es una falta de libertad... si se pretende votar. Durante milenios no se ha pretendido; desde cierta fecha, esto empezó a ser frecuente -aunque menos de lo que se piensa-; pero solo los hombres; en una fecha mucho más tardía, a un pequeño grupo de mujeres se les ocurrió que era ilógico que votase solo la mitad de la humanidad -en efecto, era ilógico-; y como estas damas tenían una especial sensibilidad para la lógica, esto les pareció una monstruosa privación de libertad.

La libertad real depende de lo que se intenta. Pero como el horizonte de las presiones, presentes con más o menos precisión en la mente de los individuos, hace que esos intentos lleguen a existir o se asfixien hasta como intentos, hay que tener en cuenta lo que podríamos llamar el nivel de pretensión.

La “vida como libertad”, no se identifica sin más con la existencia de una libertad efectiva; sólo proporciona su posibilidad, establece su ámbito o alvéolo; para que la libertad de hecho exista, no basta con que sea posible: hace falta realizarla, porque la libertad no es algo que “se tiene”, sino que “se hace”.

La libertad concreta no consiste, claro es, en la ausencia de constricción, sino en la posibilidad real de proyectar y realizar la vida así proyectada; su primera condición es, pues, la imaginación; cuanto menor es esta, menor es el ámbito de la libertad. El caso límite es, naturalmente, el animal; aunque no pese sobre él la menor presión exterior, su mínima fantasía anula sus posibilidades de libertad.

En segundo lugar, la libertad requiere para su desarrollo un cierto grado de complejidad de la convivencia. Robinson Crusoe tenía una libertad absoluta, en el sentido de ausencia de presión o coacción social; pero el ámbito de su libertad real era extremadamente reducido.

El tercer aspecto condicionante de la libertad es la existencia de recursos suficientes. Por lo pronto, en la sociedad; más concreto, a disposición de cada individuo. Por eso, la libertad, sean cualesquiera sus demás posibilidades, está amenazada y restringida por todas las formas de primitivismo. La simplicidad de la articulación social, por ejemplo, hace que sean muy pocos los modelos accesibles a cada individuo entre los que pudiera elegir, la escasez de medios técnicos restringe la libertad: de viajar, de alimentarse, de realizar experiencias de todo orden; la estrechez económica reduce el radio de acción de cada individuo y elimina de su horizonte un sinnúmero de posibilidades, que están “ahí”, a saber, en la sociedad general, pero que no son efectivamente al hombre concreto, es decir, no son posibilidades suyas.

Por último, la abundancia de recursos, que inicialmente amplía el horizonte, puede llegar a reclamar ella misma una atención que antes se dirigía a los proyectos, y provoca así una retracción de estos. El hombre muy pobre no puede hacer casi nada; pero el hombre muy rico apenas puede hacer más que una cosa: cuidar de su riqueza; este ejemplo basta para comprender lo que quiero decir. Y como dijo el poeta: “Cuando se llama a una puerta / y ninguna voz responde / es señal de que en la casa / son muy ricos o son muy pobres”.

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