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Etiquetas:   Crítica literaria   -   Sección:   Libros

'Todas mis muertes', de Ezio Neyra Magagna

Gabriel Ruiz-Ortega
Gabriel Ruiz-Ortega
martes, 17 de julio de 2007, 23:47 h (CET)
Debo confesar que cuando leí la primera novela de Ezio Neyra Magagna sentí un viaje muy asentado en el terreno del extrañamiento. Esa novela, Habrá que hacer algo mientras tanto, iba a contracorriente de los moldes neorrealistas que han imperado no solo en la narrativa peruana, sino también en la latinoamericana. Era, a todas luces, una novela signada por la rareza, en la que se hacía evidente la herencia del absurdo existencial. Su publicación trajo una atención crítica que encomio la novela y el interés de los lectores que siempre serán fieles a las buenas historias.

Habrá que hacer algo mientras tanto motivó a la editorial Alfaguara publicar la novela que es motivo de esta reseña, Todas mis muertes. Una novela muy distinta a la anterior, en donde tenemos esta vez dos historias ancladas en la más pura tradición de la novela del siglo XX, con las prerrogativas que un género como este depara, y que Neyra Magagna ha sabido usar en pos de lo que es –pese a su juventud- su mejor libro.

Francisco Neyra es un joven periodista cultural del diario La Opinión, a quien dan de baja por manipular datos en sus artículos, pero cuyo regreso a la parcela del periodismo –en el mismo diario- lo lleva a la sección de policiales. El encargo que recibe el ahora reportero policial es el de dar con el paradero de un atracador de bancos que obedece al nombre de Rafael Cardemil. Por otro lado, tenemos la historia de infancia del periodista Neyra, el cual da cuenta de su último verano que pasó en la casa de sus abuelos paternos, en donde el entonces infante conocería la ruptura existencial y emocional que lo marca como persona, estos quiebres vienen por medio de la mentira, la traición, el orgullo y la muerte.

Pese a que ambas historias son aparentemente distintas, estas no pierden su interés. En ambas caminan personajes protagónicos marcados por revanchas personales, como el abuelo Jesús Neyra; los rubricados por la posible vergüenza pública, como la tía Norma; aquellos asfixiados por la rutina, como el mismo Neyra. Sin embargo, son los personajes secundarios quienes terminan siendo los mejores logrados, tales como Gómez, el chileno entrenador de gallos; Feliciana, Mamajuana y Quiñónez.

Como dije, el género novelesco permite prerrogativas, y estas fueron usadas por su autor en lo que a estructura se refiere, y esta va en relación al espíritu de las dos historias: el conocimiento de una verdad que deriva en la incertidumbre por conocer otra verdad, la cual se asienta en la irresolución.

Cuando se escribe una novela con historias paralelas se corre el peligro de que una de ellas sea la más floja, hay buenos ejemplos de ello, como en Las palmeras salvajes, de Faulkner; o El paraíso en la otra esquina, de Vargas Llosa. Por ende, no es de extrañar que Todas mis muertes sea la excepción. De lejos, los recuerdos del verano de Neyra con sus abuelos es la que goza de mayor atención, la queda en la memoria bajo todo punto de vista, sumado al detalle que esta alimenta el avatar del periodista Neyra.

Hay dos clases de “defecto” en todo texto literario: el defecto por falta de pericia y el “defecto” que yace en la ambición. Todas mis muertes se suscribe a este segundo “defecto”, puesto que esta novela es un claro ejemplo del espíritu creativo de su autor, el cual es acicateado por la variedad, la experimentación, en otras palabras, huye de las apestosas aguas de la repetición temática y formal, y es esta huida –aún así ella traiga cimas y bajones- el sendero por el que hay que seguir a Ezio Neyra Magagna en sus futuros trabajos.

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