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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El Hospital Clínico San Carlos de Madrid

Jaime Ruiz de Infante

Redacción
miércoles, 21 de marzo de 2007, 16:52 h (CET)
A finales del pasado mes de febrero, por la noche, mi padre sufrió un infarto cerebral. El médico de urgencias que le atendió nos dijo a la familia que le quedaban escasas horas de vida y que nos daban una cama en la planta sexta, área norte, habitación 18 –zona geriátrica- para que nos despidiésemos de él.

Rotos y apesadumbrados fuimos a esa dirección y nos encontramos en una habitación de cuatro camas donde había unos familiares entorno a un moribundo, que exhalaba fuertes gemidos entre una espamódica respiración. Una segunda cama era ocupada por un anciano que gritaba sin control; en la tercera un hombre alzaba la voz pidiendo agua y la botella de micción sin que nadie le hiciera caso. En la cuarta cama depositaron a mi padre que en ningún momento perdió el conocimiento y obviamente se enteraba del triste espectáculo que le rodeaba.

Al día siguiente el moribundo pasó a mejor vida y su cama fue ocupada por otro anciano desorientado, con mirada de sufrimiento.

Físicamente mi padre se fue recuperando, le quitaron el suero, el oxígeno e incluso le hicieron ejercicios de rehabilitación. Constantemente nos decía que se quería ir a su casa. El día 8 de marzo murió en esa sala de espanto, llena de gritos y naseabundos olores, más propia de un país tercermundista que de la Capital de España. El doctor que le atendía, Francisco José Soria Perdano -todo hay que decirlo- un profesional del que estaría orgulloso Hipócrates, por el trato que daba a sus pacientes- certificó “insuficiencia respiratoria aguda”; pero yo creo que fue de la fuerte depresión que recibió cuando se dio cuenta del escenario donde se encontraba y del trágico fin que le esperaba.

Y si la palabra “tercermundista” pudiera ser interpretada como exagerada, yo le pediría a Dª Esperanza Aguirre, Presidenta de la Comunidad de Madrid, que realice una visita, no anunciada, y suba, por ejemplo en alguno de los deteriorados ascensores centrales del ala norte, que son utilizados tanto por el público como por los enfermos, posiblemente creerá que se encuentra en un hospital del Magreb. Para no desentonar, el vetusto y mugriento mobiliario de la citada sala, también está acorde con los ascensores...

Yo me pregunto si es de recibo un final tan vergonzoso y deshumanizado, tras una vida de trabajo. Máxime cuando hay ahora tantos medios. Es qué no hay posibilidad que una persona se pueda despedir de los suyos en un ambiente de sosiego y de paz en un establecimiento digno con una habitación de una sola cama.

No cabe duda que estas situaciones las sufren tanto el personal sanitario como los familiares, pero sobretodo los pobres ancianos a quienes les esperan un ambiente de horror mientras esperan la muerte.

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Jaime Ruiz de Infante es periodista.


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