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El ocaso de los ídolos
Dani Sanabria
Para no empezar mintiendo, diré que ni he leído ni sé de qué va el libro de Nietzsche que se llama igual que esta columna, pero para lo que quiero contar, me vale el título. Cuando hablo de ídolos, hablo de esos deportistas que todos hemos adorado. Sus póster adornaron en su día las paredes de nuestras habitaciones, sus autógrafos eran los más cotizados, y sus entrevistas las más caras.
Son futbolistas, tenistas, atletas o corredores, y ganaron medallas, torneos, ligas, copas y campeonatos. Partieron de la nada y terminaron en el Olimpo, el salón reservado para los dioses, el que diferencia los inmortales de los terrenales. Todos ellos nos hicieron sonreír. A veces también llorar. Ahora están en la tierra, como el 98% de los deportistas.
Escribió Virgilio en La Eneida que el éxito es efímero, y ellos se han encargado de corroborarlo. No están retirados, algunos ni siquiera han rebasado la temida barrera de los treinta. Sólo están olvidados, nada más. O como ocurre en la mayoría de los casos, han sido eclipsados.
Como eclipsados quedaron Marc Gené y Pedro de la Rosa cuando un asturiano vestido de azul y amarillo empezó a disputarle las carreras de Fórmula 1 al mismísimo Schumacher. Hasta entonces, en nuestro país eran los reyes de la carretera: uno probando Ferraris, el otro probando Mercedes. Un trabajo de ensueño.
Eclipses paralelos a Gené y De la Rosa sufrieron Ferrero y Moyá. Hace unos años, cuando en España se hablaba de raquetas, las dos cabezas que asomaban eran las del valenciano y el mallorquín. Ahora cada vez que se escucha “tenis”, todos sabemos quién es el protagonista, y con qué mano se quita la cinta del pelo.
Por y para ellos van dedicadas estas pequeñas e insignificantes líneas. Porque en algún momento de nuestras vidas ocuparon un pequeño altar en nuestro corazoncito deportivo. Para Gené, De la Rosa, Ferrero, Moyá, Toni Elías, Mendieta, Yago Lamela..., y tantos ex ídolos que siguen luchando a la sombra de los nuevos héroes.
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