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Con la pólvora no se juega

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
lunes, 19 de marzo de 2007, 08:59 h (CET)
La pólvora no es un juguete aunque la alcaldesa de Valencia así lo creyera cuando desde la tribuna de las Torres de Serrano la pidió para los niños al inicio de las fiestas falleras. Este viernes la tragedia rondó el cielo de Valencia justo el primer día en que los monumentos falleros llenaban las calles de la ciudad. Aquí es habitual ver a los niños desde que casi comienzan a caminar lanzando al suelo pequeños artefactos pirotécnicos que explotan mansamente al contacto con el asfalto bajo la complaciente mirada de los padres. Con el paso de los años los niños, como es natural, van creciendo y con ellos, también, la potencia de los petardos utilizados. Los que comenzaron de niños con las inocuas bombitas de colores en la adolescencia ya lanzan peligrosos “masclets”, petardos de fuerte potencia capaces de dejar secuelas para toda la vida. Y aunque la legislación prohíba su lanzamiento excepto en los lugares adaptados para ello la verdad es que cualquier calle de la ciudad se convierte en un cohetedromo improvisado mientras la policía local no está, ni se la espera o mira hacia otro lado.

El pasado viernes más de cincuenta niños jugaban en la calle de Azcarraga mientras esperaban la hora de comer una paella gigante que se iba a guisar especialmente para ellos. La casualidad hizo que quien esto firma pasara por allí. Era una mañana soleada, la fiesta estaba en todo su apogeo y las risas de los niños hacían el día más alegre. Una furgoneta estacionada en la calle guardaba en su interior entre 100 y 200 Kilogramos de pólvora convertida en material pirotécnico. De repente el suelo tembló mientras se escuchaba una gran explosión y un enorme fogonazo llenaba la calle. Cualquier conocedor de la potencia de las tracas que se lanzan con cualquier motivo en esta ciudad supo al instante que aquello no era un cohete más potente que los demás. El gris olor de la tragedia se extendió por toda la barriada. La gente corría espantada, madres llorando buscando a sus hijos, gritos, cristales rotos hasta en las calles contiguas sumían a la zona en un intenso caos. Pronto las sirenas de los coches de policía, bomberos y ambulancias llenaron el espacio y comenzó a asomar la esperanza. Lo que podía haber sido una siembra de cadáveres tan sólo quedó en el susto de diecisiete heridos leves. El ángel de la guarda de los niños, vestido de pirotécnico, había extendido su capa para salvaguardar las vidas que justo comienzan a asomarse a este valle de lágrimas.

El pirotécnico vio un humo sospechoso en su furgón y dio la luz de alarma. En menos de un minuto la mayoría de los niños fueron resguardados en una planta baja, otros fueron protegidos detrás de un coche mientras alguien ponía en lugar seguro las botellas de gas butano preparadas para guisar la festiva paella. La policía científica tendrá que, después de las averiguaciones pertinentes, determinar las causas de la explosión pero todo apunta a que un petardo que alguno de esos espontáneos descerebrados lanza en cualquier lugar fue la mecha que hizo explosionar todo el material almacenado en la furgoneta. La primera autoridad municipal, esa que pedía pólvora para los niños, estaba en el Ayuntamiento en su diario baño de multitudes de la hora de la “mascleta”, tan sólo cuando aquella acabó hora y media después del accidente se presentó en el lugar de los hechos.

Lo bueno es que, afortunadamente, no ha habido que lamentar muertos ni heridos graves, lo malo es que este accidente nos ha hecho recordar que cada día festivo transitan por las calles de Valencia más de sesenta furgonetas como la que explotó convertidas en verdaderas bombas rodantes circulando por calles llenas de gente. Existe una normativa para el transporte del material pirotécnico que estoy seguro se cumple en casi todas las ocasiones, pero la fatalidad también existe y el accidente es posible como se ha visto. En unas calles llenas de chiringuitos ambulantes donde se fríen churros y buñuelos y en los que se almacenan varias botellas de butano y alrededor de dichas instalaciones la explosión de petardos es lo más normal no sería extraño que, el día menos pensado, tengamos que lamentar una desgracia.

La pólvora es peligrosa pero aquí parece que todo el mundo lo ignora. No basta con prohibiciones que para nada sirven si los encargados no hacen cumplir la ley. Estamos ante un caso de una enorme falta de educación cívica en la que además de las autoridades los padres también son culpables. Si el niño ve que sus mayores van lanzando petardos sin mirar si molestan o pueden producir daños a terceros lo más normal es que sigan el camino de sus predecesores. Qué le vamos a hacer, la fiesta es así y entre una alcaldesa populachera pidiendo pólvora para los niños y unos padres dando mal ejemplo el día menos pensado lloraremos algún que otro muerto. Y no soy fatalista, veo la realidad cada día cuando salgo a recorrer la ciudad que bullen en fiestas por todos sus rincones.

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