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Etiquetas:   El arte de la guerra   -   Sección:   Opinión

Qué ganamos, y qué hemos perdido

Santi Benítez
Santi Benítez
lunes, 19 de marzo de 2007, 08:59 h (CET)
Por muy extraño que parezca lo cierto es que nuestro cerebro, de forma indefectible, en caso de un trauma muy grande que nos afecte de forma directa sobrepasando nuestra capacidad de angustia, borra lo ocurrido de nuestro consciente y lo esconde de forma que podamos seguir adelante. Nos coloca en estado de shock. Sin embargo, cuando somos espectadores pasivos de dicho trauma, de algo impresionante que vemos como sí afecta de forma directa a otras personas, ese recuerdo de todo lo que nos rodeaba se nos fija en la memoria sin que podamos evitarlo. Esta nueva era de la información inmediata, al momento, al segundo, ha creado un nuevo fenómeno psicológico. Mientras que aquellos que se ven inmerso y, por lo tanto, golpeados de forma directa por una catástrofe llegan a perder incluso la memoria, la sociedad a la que pertenecen exacerba su capacidad de empatía y la vive como propia, fijándola en la memoria pocos segundos después de que ocurra. Sé que puede parecer algo manido, puede sonar hasta estúpido, pero se me hace difícil creer que la inmensa mayoría de los ciudadanos no recuerde donde y que estaban haciendo en el momento en que se enteraron de lo que ocurría al otro lado del Atlántico el 11 de septiembre de 2001 y, con más razón porque nos pillaba más de cerca, el 11 de marzo de 2004.

El 11 de septiembre de 2001, justo después del primer impacto contra la torre norte del World Trade Center, yo acababa de entregar unos papeles en el registro del Gobierno Civil en relación a la petición de asilo en nuestro país para 27 personas. La entrega de los papeles cerraba un ciclo de nueve meses de lucha con la Administración para que, por lo menos, aceptaran la petición. Recuerdo que me acompañaba el amigo Blas que, en general, estaba mucho más implicado emocionalmente con aquellas personas, así que el sellado de los documentos fue para él algo de verdad grande. Nada más salir del edificio - íbamos bromeando con celebrarlo cogiendo una cogorza desde aquella hora y hasta que el cuerpo aguantara-, nos sonaron los móviles. A él lo llamaba su mujer, a mi mí hermano...

- ¿Te has enterado de lo de Nueva York?- no me dijo ni "Hola, ¿Qué tal andas?"
- Pues no.-
- Busca una tele y pon Antena Tres.- y colgó.

La llamada de Blas fue más dramática, por dos razones: La primera porque su mujer estaba de viaje para ver a su familia en Argentina. Y la segunda porque parte de esa familia vivía en Nueva York y regentaban un pequeño negocio de bocadillos en los aledaños a las Torres Gemelas. Así que no tardamos mucho en encontrar un bar con televisión, abarrotado de gente que miraba en silencio la pantalla mientras Matías Prats narraba aquel horror. Todavía en ese momento, y ante la falta de información a los medios, se seguía barajando la posibilidad de que hubiera sido un accidente aéreo. Pero después vino el segundo impacto, el vuelo 77 se estrella contra el Pentágono y otro avión cae en Pensilvania. Ya no había duda. Vimos como la gente se lanzaba desde las ventanas huyendo del fuego, y el derrumbe de las dos torres. La frase que más escuché en el bar, incluso dentro del estupor que todos sentíamos en el bar, fue "Se lo venían buscando desde hacía mucho...". Podría parecer una frase cruel, sin embargo, no puedo dejar de pensar que reviste cierta objetividad socarrona muy hispana, porque, en nuestro fuero interno, todos sabemos que lo asombroso no es que ocurriera, lo asombroso es que no ocurriese antes. Y no lo digo con acritud. Ese día todos perdimos mucho, no sólo los neoyorquinos o los estadounidenses en general, todos. Perdimos un norte que tardaremos décadas en volver a encontrar. Lo que perdimos con los impactos de aquellos aviones que vimos en la tele de un bar en silencio nos trajo Guantánamo, Iraq, la justificación legal de la tortura, la puesta en duda de los derechos civiles en aras de una supuesta seguridad que cuesta vidas de inocentes.

El 11 de marzo de 2004 me pilló en casa de mis padres. Había llegado de viaje un día antes, el miércoles, y claro, pasé a ver a mis padres. Mi madre me obligó a quedarme a dormir porque, a ojo de buen cubero, palabras textuales, "estás flaco como un guirre y seguro que llevas sin dormir más de tres horas seguidas desde hace dos meses, así que te vas a quedar aquí hasta que decida que tienes el peso suficiente como para que el viento no se te lleve cuando salgas a la calle". Eso significa, mínimo, una semana atiborrándome a base de comida casera, cosa que, por otra parte, después de casi tres meses danzando por esos mundos de dios, como que no me disgustaba en lo más mínimo. Esa noche estuvimos hablando hasta las tantas y, al final, incluso mi hermano se quedó a dormir con su mujer - lo que en romano palatino viene a decir que a mi me tocaba dormir en el sillón del salón. No me molesta. Que se le va a hacer, es una constante que tengo asumida cuando vuelvo a casa-. Esa noche no dormí mucho, bueno, en general nunca duermo mucho. A las seis de la mañana, hora canaria, me levanté a preparar café y al olor se levantó mi padre (que es un tramposo y sabía que no podía beber café, pero le encantaba el olerlo). Estuvimos en la cocina hasta las siete de la mañana hablando. Yo bebiendo café y fumando y él contándome miles de cosas. A esa hora oímos como mi hermano subía el sonido de la televisión, que siempre dejo puesta en CNN+ - no es propaganda, es una realidad. Hay gente que deja durante toda la noche Radio Nacional. Para gustos colores...-. Cuando le vi la cara al abrir la puerta he de reconocer que me asusté. "¿Habéis visto lo de Madrid?". A partir de ese momento el día giró en torno a la información que daban por televisión y lo que yo sacaba de internet con el portátil.

Creo que fue alrededor de las 9 de la mañana cuando empezaron a poner imágenes ciertas de lo que había estado ocurriendo, y no sólo información. Mi padre y mi hermano se hincharon a llorar. A mi siempre me ha sido más difícil soltar lágrimas. Mi madre me dice que en vez de corazón tengo un higo seco y he de reconocer que soy más frío, tal vez porque he visto algunas cosas que le secan a uno los lacrimales para los restos, tal vez porque nunca he creído que llorar tenga alguna utilidad en momentos de dificultad. Mientras ellos lloraban, yo en lo único que podía pensar es en toda aquella gente que, sin ser de los servicios de rescate o a la policía, se acercaba a echar una mano entre los hierros retorcidos, que tiraban de los heridos, sin importarles que hubieran más bombas entre los escombros, gente que arriesgaba su vida por personas a las que no conocían de nada. Eso también es muy hispano, muy nuestro. He de decir que jamás me he sentido más orgulloso de ser español que ese día. No voy a entrar en las mentiras que vinieron después, tampoco voy a decir nada sobre que, en internet, a las pocas horas del atentado, ya había gente que hablaba del atentando islamista. Sigo pensando que ese atentando nos enseñó algo que habíamos olvidado, y que recuperamos en muy pocas horas, en las peores horas, que es cuando de verdad los pueblos demuestran lo que son, de que pasta están hechos. Cuando alguien me dice que el 11M ha sido una pérdida inútil de vidas, yo siempre contesto lo mismo, que no es cierto, y no es cierto porque es un insulto a las 191 personas que dejaron su vida entre los hierros de aquellos trenes. Aquellas personas nos enseñaron que somos mucho más de lo que llegamos a creernos, como pueblo y como personas. Lo demostramos el 11M y lo demostramos en los días posteriores, lo demostramos en las urnas y lo seguimos demostrando en el día a día.

Háganme caso.

Suena de fondo "Strong Heart Song", de Lance Henson.

Buenas noches, y buena suerte...

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