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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Reciente período en las relaciones Rusia-Unión Europea

Sergei Karagánov
Redacción
sábado, 17 de marzo de 2007, 20:44 h (CET)
Para Rusia, Europa es el multisecular polo de atracción que ha determinado y sigue determinando su identidad civilizadora.

Para Europa, Rusia se asocia con dos conceptos opuestos: escudo y amenaza. Escudo contra la invasión tártaro-mongola, turca y nazi, siendo el más seguro de los grandes suministradores, poco fiables en su mayoría, de agentes energéticos escasos en Europa. Pero en ciertas ocasiones, defendiendo a otros y defendiéndose a sí, Rusia se mostró ofensiva respecto a Europa o a parte de ella y hasta llegó a dominarla. Es mas, siguiendo la vía magistral europea, Rusia jamás fue un país netamente europeo ni podía serlo.

Los últimos años embrollaron aún más las relaciones ruso-europeas. Tras haber logrado un formidable progreso, construido la civilización posteuropea basada en el rechazo a la violencia, al individualismo y parcialmente a la soberanía, creado una sociedad sumamente confortable para sus habitantes, y, lo que es principal, tras haber superado el historial de guerras y hostilidades despiadadas, Europa perdió el vector estratégico. Tras haber agrupado a 27 países, Europa se muestra indecisa con respecto al futuro ni tiene estrategia alguna relativa a Rusia.

Habiendo acabado con el comunismo, Rusia se apresuró a estrechar sus lazos con Europa, pero no tardó en comprender que ese deseo no era recíproco y que Europa se había convertido en un espacio posteuropeo distinto de aquel que nos atraía. Por consiguiente, Rusia ha perdido también el vector de avance elegido con anterioridad.

La pérdida recíproca se hizo especialmente evidente estos últimos años. A principios del decenio, tras haber salido rápidamente al encuentro una de la otra y estableciendo un activo diálogo, las partes llegaron a la conclusión de que el temario para el dialogo era demasiado escaso. Entonces, la aproximación concluyó adoptando fútiles documentos sobre cuatro espacios. La situación se vio agravada porque debido a la extensión de la UE, en Europa no sólo se consolidaron las fuerzas tradicionalmente antirrusas, sino que comenzó a imponerse la convicción de que en su política interior y en parte la exterior, Moscú sigue una vía no europea e incluso antieuropea. Rusia decidió que Europa, incapaz de definirse respecto a su futuro, es débil. Y conforme a la peor tradición política rusa, multiplicada por la reacción a su propio desprecio del pasado decenio, conversando con Europa recurrimos al tono altanero, incluso despectivo. Los últimos meses, tras el fantástico escándalo en torno al “caso polonio” y especialmente después de que Europa comenzó a criticar la subida de precios por Rusia de los agentes energéticos que se suministran a Bielorrusia, surgió la impresión que Rusia, independientemente de lo que haga, siempre será denostada. La influencia político-moral de Europa se vio quebrantada a fondo.

El diálogo se redujo al rígido regateo en torno a los agentes energéticos. La presión viene endureciendo e incluso se hace más desconsiderada. Se exige que Rusia renuncie al monopolio sobre los oleo-y gasoductos. Aunque Noruega, miembro de facto de la UE, lo conserva. Se exige acceso de las compañías extranjeras a la extracción de recursos, pese a que a escala mundial esas compañías ya lo están perdiendo. ¿Quién podrá calificarlo rotundamente de positivo o negativo? Pero, al parecer, a Rusia le fue asignado el papel de “eslabón débil”. Los iraníes y sauditas ese tipo de presión jamás lo admitirían. Se podrá ejercer presiones sobre los uzbekos, turkmenios o kazajos, pero el grueso de sus recursos se transporta vía Rusia.

Rusia ya se siente fuerte y, según todos los indicios, no se propone ceder. Las promesas de construir oleo-y gasoductos al margen de las fronteras de Rusia no la asustan, sino que fortalecen su deseo de tenderlos en dirección al Este reforzando más aún sus posiciones en el mercado. Un nuevo acuerdo entre Rusia y la UE llamado a sustituir el “Acuerdo de partenariado y cooperación” de 1994, no existe o amenaza con convertirse en una insustancial nimiedad burocrática más.

¿Qué hacer en semejante situación aparentemente sin salida? No hay que ser grosero, pero tampoco ceder: las concesiones van a engendrar nuevas exigencias. Por ejemplo, la incomprensible promesa dada por nuestros funcionarios en la Cumbre FR-UE, en Lahti, de conceder a partir de 2007 pasillos aéreos gratuitos sobre Siberia a las compañías europeas, condujo a la escalada de exigencias de nuevas concesiones.

Pero las relaciones entre Rusia y la UE sólo guardan apariencias de haberse atollado. La salida es obvia, pero requerirá cierto tiempo. Esto sucederá cuando (y si) Rusia renuncie al actual modelo de desarrollo político y económico, obviamente ineficaz desde hace un par de años. Pero Europa tendrá que superar el atolladero, resultado de sus éxitos pretéritos y la actual incapacidad de enfocar el futuro con categorías estratégicas.

Asimilará a la nueva filiación que inevitablemente será una carga para Europa y la hará retroceder al pasado y que quieran o no harán juego a sus competidores.

Se formará una nueva generación de líderes desligados del viejo modelo socialista de desarrollo de Europa (aunque envuelto en el ámbito de ilustración). A ello podrán contribuir los novatos contrarios al socialismo.
Esperamos que la dirección de Europa será joven y de tendencias derechistas. Quisiera creer que similares cambios se produzcan también en nuestro país. Entonces comenzará una nueva vuelta de aproximación no basada en las relaciones entre el maestro y el aprendiz, ni tampoco en una competencia rígida. A Rusia no se le puede imponer el papel de aprendiz.

Será determinado el modelo de la futura Europa. El 25 de marzo se realizará la histórica Cumbre con motivo del 50º aniversario del Tratado de Roma que creó la Comunidad Económica Europea. En ocasión de la Cumbre los mejores cerebros de Europa preparan una declaración llamada a ofrecer una visión estratégica del futuro y sacar a la UE del atolladero.

Pese a mi profundo respeto y consideración que profeso a esos señores, dudo que sean capaces de crear algo importante. Es necesario ora proclamar el rumbo hacia la creación de una efectiva alianza política y un Estado quasifederativo -lo que será rechazado por los europeos-, ora llamar a volver hacia atrás y reconocer que fue erróneo el rumbo hacia la unificación política y una política exterior y defensiva común. Será difícil hacerlo. Existe una tercera vía: la de crear una superalianza, es decir, la unión estratégica con territorios, las fuerzas armadas y el potencial de recursos de Rusia. Pero los europeos no están dispuestos aún a aceptarlo.

En resumidas cuentas, hay que armarse de paciencia, evitar el regateo mezquino, no hacer concesiones y aproximarse a nivel humano y cultural, a nivel de asuntos y proyectos concretos menos globales.

Nosotros podremos llegar a ver realizada nuestra esperanza. Si no fracasamos en nuestro proceso civilizador, si evitamos atascarnos en la ciénaga de aislacionismo y reforzamos nuestro potencial, al cabo de varios años para los europeos que inevitablemente serán más débiles en comparación con otros centros, será más aceptable la “tercera vía” que yo propongo.

Entonces, comenzará una nueva vuelta de aproximación histórica entre Rusia y Europa provechosa y salvadora para todos los europeos desde el Atlántico hasta Vladivostok.

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Sergei Karagánov, Escuela Superior de Economía, para RIA Novosti.

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