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Cine
Etiquetas:   Crítica de cine  

'Takeshis': Kitano en la luna

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
miércoles, 11 de julio de 2007, 23:19 h (CET)
Todos conocemos a algún espectador de edad avanzada que asegura haber dejado de ir al cine porque, en su opinión, el mundo del celuloide ya ha dicho todo lo que tenía que decir y ya ha esquilmado la poca capacidad de innovación que le quedaba. Antes, cuando me encontraba con alguno de estos especímenes, me preguntaba horrorizado si con los años yo también me volvería como ellos, si existía una ley no escrita en la naturaleza por la cual los cinéfilos terminan de manera inexorable renegando de cualquier tipo de imagen en movimiento. Para no sucumbir presa de la desazón, solía responderme a mí mismo que no, que sólo se trataba de un fenómeno limitado a los ancianos cascarrabias, tan dados a despotricar de todo. Y en eso, hace un par de años, me di cuenta de que yo mismo, todavía un veinteañero, empezaba a estar harto de que las pantallas de cine me ofrecieran siempre lo mismo (aunque con pequeñas variaciones para que siguiera acudiendo a ellas con la esperanza de dar con algo inusual). En otras palabras: comencé a perder la fe en las películas de una manera flagrante. Me aburrían las cosas que antes me apasionaban, me atenazaba constantemente una molesta sensación de dèjá vu y mi atención se dispersaba durante las proyecciones hacia las luces de emergencia de la sala porque me parecían más interesantes que la mayoría de los films. El proceso amenazaba con llegar a cotas de desencanto insostenibles por mi propio amor al cine cuando se cruzó en mi camino la última película de Takeshi Kitano. Ahora, todo es diferente.

Takeshis parece haber sido diseñada para que todos los que predican a los cuatro vientos que el cine ha muerto se lleven un palmo de narices. No sólo es la película más personal, divertida y lúcida de su autor, sino un auténtico soplo de aire fresco dentro del cine asiático, cada vez más ensimismado en su muchas veces inmerecido éxito festivalero, y dentro de ese mosaico de tedio a veinticuatro fotogramas por segundo en que se han convertido el resto de las cinematografías mundiales. Hablar de la trama de la película, en la que Takeshi Kitano interpretando al Takeshi Kitano director que todos creemos conocer interactúa con un doble suyo pusilánime y desgarbado que, a lo largo de un periplo delirante, termina convirtiéndose en una parodia hiperviolenta del Beat Takeshi de la ficción, sería tan estéril como inapropiado, ensalzar su sentido del humor, basculante entre lo absurdo y la genialidad, carecería de la más mínima gracia, y para describir sus hallazgos visuales y de puesta en escena, este cronista necesitaría más de mil adjetivos esdrújulos ordenados en fila india. Sólo les diré, para que se hagan una idea de la inconmensurabilidad de la película, que Takeshi Kitano ha conseguido recoger en un mismo rollo de celuloide ecos de Federico Fellini, David Lynch, Aki Kaurismäki y John Woo, todo moldeado de manera magistral con la argamasa de un talento único, intransferible y sin fisuras. Su película es al lenguaje audiovisual lo que la llegada a la luna para la exploración espacial: un pequeño paso para un cineasta harto de sí mismo pero un gran paso para el cine. Aunque sólo sea para no perderse un episodio clave en la historia del séptimo arte, deberían ir corriendo a verla.

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