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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La vitalidad de una sociedad

Francisco Arias Solís
Redacción
viernes, 16 de marzo de 2007, 16:52 h (CET)
“Si el amor nos hiciera poner hombro con hombro,
fatiga con fatiga
y lágrima con lágrima.
Si nos hiciéramos unos.
Unos con otros.
Unos junto a otros.”


Angela Figuera Aymerich

La vitalidad de una sociedad como tal se manifiesta en sus fuerzas sociales. Las energías de los individuos en sentido estricto son otra cosa; puede haber hombres sumamente enérgicos, dotados de capacidades creadoras extraordinarias, y ser precarias las fuerzas sociales; puede suceder, a la inversa, que una sociedad vivaz y elástica no cuente con individuos excepcionales en ningún orden. La facilidad, rapidez e intensidad con que en una sociedad determinada se constituyen y desvanezcan esos movimientos que me refiero es el criterio que mejor permite medir su vitalidad y vigor, es decir, la normalidad y salud del cuerpo social.

Las fuerzas sociales son el oleaje de la sociedad; en ciertos casos, el oleaje está determinado por vientos dominantes, que lo definen en una dirección precisa y le dan cierta duración, una relativa estabilidad -por ejemplo, cuando se trata de vientos periódicos-; este oleaje, en la sociedad como en el mar, es el factor que evita la putrefacción de las aguas estancadas. Pero, por otra parte, para que las aguas sean navegables se requiere que el oleaje esté regulado.

Un Estado inseguro de sí mismo y afectado por una interna debilidad se afirma enérgicamente y siente recelo de toda fuerza que no sea la suya, y, por tanto, de las fuerzas sociales; no puede soportar su juego libre y, como medida de seguridad, las sofoca, ahoga y paraliza -por ejemplo, mediante un sistema de trabas burocráticas muy densas, prohibiciones, trámites, dilaciones, etc., que disipan el entusiasmo y suspenden el desarrollo de toda iniciativa-. Algunas veces, por último, el Poder público se adscribe a una fuerza social particular -o, lo que viene a ser igual, una fuerza social, institucionalizada, se erige en Poder público o se identifica con él-; esta fuerza, entonces, en virtud de su carácter, “privilegiado”, no juega libremente con las demás, sino que actúa desde luego con una ventaja previa, alterando, por tanto, las “reglas de juego”; podríamos decir que las funciones sociales están perturbadas por un handicap no reconocido, que prejuzga el resultado y conserva la ficción del juego.

Las fuerzas sociales no tienen por qué adquirir carácter institucional y permanente; más bien al contrario en su estado de pureza son esencialmente transitorias: se hacen y se deshacen, se constituyen y se disuelven, sin dejar residuos inertes; una parte -aunque no todos- de los “grupos sociales” son el precipitado, la ceniza podríamos decir, de fuerzas sociales operantes, una vez que su actividad se ha suspendido o se ha canalizado en un funcionamiento mecánico. Compárase un partido político con lo que se llama movimiento de opinión: cuando en una sociedad hay fuerzas sociales operantes en el campo de la política, se forman núcleos de opinión espontánea, fugaces, que se originan en vista de una situación concreta, se condensan sin implicaciones ajenas, se desvanecen tan pronto como la ocasión ha pasado, sin que los individuos que formaron ese movimiento queden ligados después; los que en un momento coincidieron y ejercieron su presión juntos, al día siguiente vuelven a una mutua indiferencia o una rivalidad; el apoyo circunstancial a un hombre público no queda permanentemente adscrito a él, sino que puede convertirse en repulsa cuando su próxima gestión suscite repugnancia. Lo mismo ocurre con cualquier otra actividad o aspecto de la vida social. Imagínese la actividad desplegada con ocasión del Carnaval, en las sociedades que el Carnaval está vivo: energías de toda índole -económicas, fisiológicas, imaginativas- se acumulan en la breve empresa; miles de individuos concurren en la organización de ese festival colectivo: carrozas, disfraces, bailes, música, ingenio, tensión personal, esfuerzos de toda índole; no se interviene en eso a título personal, sino colectivo: el anónimo de la máscara subraya esto expresamente; pero nada de esto se perpetúa: no se constituye una “comisión permanente” del Carnaval -cuando esto ocurre es que el Carnaval está muerto, que no hay fuerzas sociales que lo sostengan, que no hay Carnaval, sino otra cosa (por ejemplo, decisión oficial de que haya Carnaval)-; el miércoles de ceniza disuelve automáticamente toda la energía -a veces enorme- acumulada en los días de regocijo. Y es que, como dijo el poeta: “Las cosas suceden así, / sencillamente”.

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