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El almuerzo de mañana es el vomito de hoy

Pelayo López
Pelayo López
martes, 13 de marzo de 2007, 10:11 h (CET)
¡Ya era hora!. Parecía que algo así, tan extrañamente comprensible y dentro de lo común, nunca iba a producirse. Nos hemos acostumbrado a situaciones foráneas, tomadas como bárbaras, en las que niños y niñas de apenas una decena de años nadan en fango o basura, se adentran en las profundidades de la tierra, o disponen sus cuerpos impúberes al mejor postor. Tal es la costumbre que, una vez considerado normal con el beneplácito y consentimiento de los países civilizados, paliamos nuestras conciencias originarias, en parte, de semejante improperio para el ser humano realizando donativos a través de cualquier ONG que se precie. Sin embargo, puede que porque el dramatismo a flor de piel no sea igual, o porque la ceguera de la cercanía nos pone miras mucho más lejanas, ahora parece que la puerta de la esperanza en este mismo sentido se ha entreabierto en nuestro país. Esperemos que la excepción presente se convierta en norma venidera, y la norma actual desaparezca.

Siempre me he preguntado, aunque quizás con la respuesta fluyendo a borbotones en mi boca, qué se escondía detrás de algunas realidades ya tristemente cotidianas y, al mismo tiempo, tan anodinas para algunos como preocupantes para otros, por ejemplo, el éxito deportivo de apenas unos adolescentes o las poses y desfiles de jóvenes aún por formar. Ahora, un juez ha retirado la custodia de un niño y una niña a su madre por explotación infantil, y todo ha surgido a través de un caso de separación entre los progenitores de la parte más débil en toda circunstancia como ésta. Resulta que la madre, suponiendo que esa condición le otorgaba derechos y potestades sin límite, decidió que sus hijos debían comenzar su carrera profesional en los medios aún cuando este comportamiento les suponía la ausencia de las aulas propia y necesaria en esa edad. Los deseos desmedidos de los padres de una criatura pueden conminar a la víctima en cuestión a una vida plagada de trastornos psicológicos de difícil tratamiento futuro. Justamente en el extremo contrario de la ilógica reside una brillante idea municipal de premiar a los motoristas que usen el casco con dinero para gasolina. ¿Y aquellos que circulan a menos de 120 por la autopista?. ¿O los que conducen con el cinturón puesto?. ¿Cuáles serán sus premios?. Digo yo que la seguridad de uno mismo bien vale un casco, un cinturón o una velocidad apropiada en función de la vía.

Siendo claros, no me extraña todo esto teniendo en cuenta el caso De Juana, que ha abierto el apetito a muchos otros presos comunes que ahora piden, con la misma carta, similar festín. Aunque no sea buen ejemplo, y resulte incluso duro el describirlo, no conviene olvidarlo, pues hace poco que acaba de recordárnoslo otra información, para muchos niños, en sentido metafórico, y lo que es peor aún en lenguaje directo, el almuerzo de mañana es el vómito de hoy.

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