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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Valencia ya huele a pólvora y azahar

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
lunes, 12 de marzo de 2007, 10:14 h (CET)
Esta mañana cuando he salido a dar mi paseo diario por los jardines del viejo cauce del Turia los naranjos habían florecido y un fuerte y dulzón olor a azahar se extendía por la ciudad anunciando una nueva primavera. El olor de las blancas flores, que antiguamente las novias lucían en la boda como signo de pureza, se ha visto desplazado al mediodía por el acre olor de los ciento veinte kilos de pólvora que, en la plaza del Ayuntamiento, se han disparado durante la “mascleta”. Cada año la explosión de toda clase de artefactos pirotécnicos desde el día 1 de Marzo anuncia a los valencianos que las fiestas grandes de la ciudad están llamando a la puerta.

Y así entre los aromas del azahar, los olores de la pólvora y la pestilencia a fritanga de los puestos ambulantes de buñuelos y churros una inyección de adrenalina se instala en el cuerpo de muchos valencianos que se disponen a pasar la próxima semana visitando los monumentos falleros, las calles adornadas iluminadas cual Feria de Abril sevillana, los diversos desfiles que se celebran y los festivales de pólvora de las “mascletas” y los castillos de fuegos artificiales. Cualquier excusa es buena para lanzarse a la calle y disfrutar de una fiesta que convierte Valencia en una ciudad caótica con centenares de calles cortadas y en la que es imposible circular con el vehículo privado y en donde el transporte público se ve obligado a hacer gala de impuntualidad.

La primera noticia que se tiene sobre el precedente de las fallas se publicó en 1792 en el “Diario de Valencia” en la que se hablaba de pequeños monumentos satíricos con “ninots” que aluden a asuntos que merecen la censura pública. También el francés Laborde en su visita a España en 1806 habla de aquellas primeras fallas pero es en 1839 cuando José de Vicente y Carabantes atribuye al gremio de carpinteros el protagonismo de la fiesta fallera. A lo largo de los años una fiesta que duraba menos de dos días y que nació en el ámbito de la barriada ha ido ampliando miras y festejos hasta llegar a los colosales monumentos que ahora llenan las calles de la ciudad. Entre fallas grandes e infantiles este año se plantaran cerca de 800 fallas que arderán la noche del 19 de Marzo para, cual nueva Ave Fénix, renacer de sus cenizas para las fiestas del próximo año.

Las fiestas nacidas en el seno de los barrios con su crecimiento han ido sufriendo una oficialización y una fuerte supeditación a los poderes públicos. Después de tres años sin fallas, los que duró la guerra incivil, la fiesta se retoma bajo la férula de una Junta Central Fallera que desde entonces dirige con mano de hierro y desde el poder municipal los festejos. Una de las primeras Falleras Mayores de la ciudad nombrada tras la victoria franquista fue la propia hija del Dictador, también su nieta, esa que ahora va de plató en plató haciendo caja, ocuparía el mismo sillón que su madre años más tarde, y hasta la transición fueron nombradas a dedo las hijas de la burguesía valenciana o de los Capitanes Generales ocupantes de la plaza. Con la llegada de los Ayuntamientos democráticos la elección de la joven que en los panegíricos indican como representante de la mujer valenciana se hace mediante votación democrática.

Pero la fiesta sigue estando politizada. Los políticos de turno, de uno u otro signo, aprovechan la ocasión para vender su producto y llevar el agua a su molino. Censuras sugeridas como el año pasado en que a uno de los muñecos que era una monja sosteniendo un consolador le cambiaron el artilugio por un cirio, con lo cual los valencianos, que de todo hacemos burla, encontramos más sugerente a la religiosa blandiendo el cirio pascual. Los premios también son una forma de discriminar a las fallas díscolas o amantes, en exceso para las autoridades, de la cultura valenciana y así alguna falla que realiza actos culturales como la lectura pública del Tirant lo Blanc es, sospechosamente, apartada de los primeros puestos del ranking de premios. Al escritor Joan Fuster le quemaron en efigie en la falla municipal a principios de los años sesenta. Y el “hit parade” de la fiesta es la canción que como posesos entonan falleros y falleras a su regreso de la Ofrenda y que como única letra tiene la frase “maricón el que no bote”, un poco de chabacanería tampoco le va mal a esta fiesta del exceso en todos los sentidos.

Pero este año la utilización de la fiesta está llegando a límites insospechados. Rita Barberá, la alcaldesa, utiliza el balcón del ayuntamiento para cada mediodía darse un baño de popularismo, e incluso un locutor de Canal 9, la televisión del PP que pagamos todos los valencianos, aparece en una retransmisión en directo con un pañuelo al cuello con el lema “Rita Alcaldesa”. Mientras, bajo, en la plaza, un muñeco gigante de cinco metros de altura y vestido por el modisto Francis Montesino, simboliza a Carmen Alborch aspirante al sillón de la alcaldía y a ocupar el sitio de Rita en el balcón y en la presidencia de los plenos. Eso si, aunque la muñeca es de enorme tamaño no esperen verla durante la retransmisión en las pantallas de Canal 9. Alguien debe haber dado la orden de que los cámaras hagan filigranas para no sacar la figura de la oponente.

La madrugada del 19 todo serán cenizas. Es difícil de entender para los foráneos que los valencianos quememos tal cantidad de millones de euros, pero gracias a ese fuego vivificador centaners de familias viven cada año del trabajo que es necesario para levantar los monumentos.

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