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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Opinión pública

Francisco Arias Solís
Redacción
lunes, 12 de marzo de 2007, 12:21 h (CET)
“Aprende a diferenciar
las cosas que son mentira
de las que no son verdad.”


José Bergamín

La opinión es uno de los grandes reguladores de la vida colectiva. La vida intelectual y artística, la convivencia social, la economía, la política, sobre todo, se fundan en la dinámica de las opiniones. Pero es necesario introducir una distinción, sin la cual se expone uno a graves confusiones y, por tanto, a no entender bien cómo funciona la opinión en cuanto ingrediente de una estructura social. Me refiero a la contraposición entre opinión privada y lo que se llama “opinión pública”.

La opinión consiste en que yo opino; es, pues, un acto individual que el individuo ejecuta como tal individuo. Una misma opinión puede ser compartida por otros varios, tal vez por muchos; en el límite por todos los miembros de una unidad social; en este caso diremos que se trata de la opinión general o común; por supuesto no hace falta que sea la opinión de todos, basta con que sea de la mayoría. Pero hay que evitar un error que nos acecha: considerar equivalente la opinión particular y la privada, la general y la opinión pública. Baste considerar que cuando hay opinión pública hay varias opiniones, todas igualmente públicas; es decir, las opiniones minoritarias y hasta singulares pueden ser perfectamente públicas. No es, pues, un carácter cuantitativo la condición que se trata de precisar.

Ni siquiera basta con el carácter social o colectivo. Es decir, no es suficiente que la opinión sea lo que “se” opina, a diferencia de lo que opina cada individuo como tal. Ni aun es suficiente que a este carácter se agregue el de consabido, o sea que cada uno sepa que lo saben los demás, que cada individuo sepa que la opinión de cada uno de los demás es igual que la suya. Hace falta una condición sutil, pero de extremada importancia: que eso conste. Cuando en una asamblea alguien pide que algo “conste en acta” ¿qué es lo que se pide? ¿Qué se enteren los demás? No, porque lo acaban de oír. ¿Que lo suscriban o lo apoyen? En modo alguno. Simplemente, que tenga existencia pública, que no pertenezca al mundo privado de las vivencias de cada uno, sino que ingrese en el mundo de todos, que “este ahí”, en el ámbito común, que quede en disponibilidad, que sea, en suma, una instancia a la cual se pueda recurrir. Todos saben que han pasado o pasan muchas cosas, perfectamente conocidas, y, sin embargo, no constan, no se cuenta con ellas para establecer una acción social de ningún tipo, no tienen existencia en una zona de la realidad que es justamente la vida pública.

Cómo puede constar algo es otra cuestión. Los modos de publicidad o de la publicación son muchos y cambiantes. En ciertas formas de sociedad, basta con que algo sea dicho en público -naturalmente, esta expresión no quiere decir siempre lo mismo; a veces lo que se dice en un cafetería tiene esa condición; otras, carece de ella lo que se dice en un Parlamento o Cortes-; en ocasiones el pregonero es el órgano de la publicidad; en otras un pasquín, tal vez un bando municipal o las 95 tesis de Lutero en la puerta de la catedral; en otros tiempos, hace falta la intervención de la prensa y la radio, todavía más la primera: hasta que algo no está impreso parece que no consta de verdad.

En muchas ocasiones no existe opinión pública, lo cual constituye una de las más graves anormalidades que pueden sobrevenir a una sociedad. Tal vez hay en ella un repertorio de opiniones dominantes, acaso con abrumadora mayoría, podría haber una opinión prácticamente unánime, que con todo ello no sería sino privada. Y adviértase que cuando en un cuerpo social no hay publicidad, no la hay en absoluto; quiero decir que no la tienen tampoco las opiniones que son materialmente “publicadas”, porque entonces esa publicidad se convierte en mera “notificación”; dicho con otras palabras, cuando las opiniones no pueden constar, las que excepcionalmente constan dejan de funcionar como opiniones. Y es que, como dijo el poeta: “A mí me está pareciendo / que tú no quieres decirme / eso que me estás diciendo”.

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