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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

¿Por qué no habrá una reedición de la guerra fría?

Dmitri Shusharin
Redacción
domingo, 11 de marzo de 2007, 15:52 h (CET)
Las publicaciones de autores que mantienen una actitud crítica hacia el actual régimen político de Rusia abundan en afirmaciones de que la política exterior se ve prácticamente suplantada por algunos actos de espectacularismo y sensacionalismo, de su carácter indeterminado, anónimo, centralización insuficiente y hasta la falta de ésta.

En ello coinciden gentes de credos más distintos que mantienen posturas políticas más diversas. Quiero decir al respeto que en Rusia se ha formado un sistema tribal de administración estatal. Muy pronto está a crearse un centro de poder informal que se basa en nepotismo corporativo, lugareñismo o solidaridad familiar. Quienes están formando este centro necesitan, para lograr objetivos personales y corporativos, un determinado juego a presidente fuerte. Mas, en realidad, este tipo de sistema de administración, a medida que vaya formándose, hace depender cada vez más al primer mandatario respecto a sus allegados: todos juntos y cada uno por separado, y conduce hacia una descentralización encubierta (que a la larga se hace obvia), y por lo tanto, bien podría esperarse que surjan diferencia también sobre cuestiones de política exterior. Es muy probable, porque diversos actores del proceso de administración del Estado tienen intereses corporativos y personales distintos en el mundo exterior, intereses económicos, por supuesto.

Después del discurso muniqués de Vladimir Putin e intervenciones de algunos otros políticos rusos parecieron surgir discrepancias. La rueda de prensa celebrada por el primer vicepresidente del Gobierno (entonces aún ministro de Defensa) Sergei Ivanov dedicada al foro de Munich difería en contenido y tonalidad del discurso de Vladimir Putin. Pero las subsiguientes intervenciones públicas del ministro de Asuntos Exteriores, Sergei Lavrov, crearon la impresión de que se abandona la obvia línea tendente a una segunda edición de la guerra fría.

Ni que decir tiene que el sistema clánico de administración por su naturaleza en modo alguno puede ser estable. Mas, a mi modo de ver, de momento no se le ven contradicciones internas en materia de política exterior. Cierta suavización de enunciados se debe a razones muy simples. En Munich se pronunció cierto discurso de carácter estratégico que en igual medida se refiere a la política exterior e interna. Los discursos del ministro de Defensa y de Asuntos Exteriores denotan ya una determinada concreción de planes relativos meramente a la política exterior de Rusia, observándose, no obstante, cierta unidad de principios básicos de la política exterior de la nación.

Es más, los discursos de Sergei Lavrov apuntan a la unidad de principios de la política exterior e interna. Los analistas señalaron que su tesis principal radica en llamar a los políticos de Occidente a desentenderse de la opinión pública y actitudes mediáticas con respecto a Rusia. Las autoridades públicas actuales de Rusia carecen de conceptos como "opinión pública", y la sociedad misma tampoco se percibe como sujeto todo lo cual se refleja en la formalización jurídica de los procedimientos de votación (derogación de la casilla de voto contra todos en las papeletas de votación, etc.). A Occidente se le ofrecen de hecho las reglas del actual Estado clánico en Rusia. Es la élite política la que tiene que ponerse de acuerdo sobre cuestiones concretas.

Ya esta sola circunstancia explica cómo surgió la tesis de que Rusia carece de política exterior. Afirmaciones de esta clase aparecen, por regla general, en las publicaciones de personas nostálgicas del "gran estilo" soviético que dominaba la política exterior. Especialmente de la época de Stalin. Pero ese estilo suponía una labor activa con la "opinión pública" occidental. Es de constatar, además, que se trata de un invento de la época de Stalin.

La decisión más fuerte que Stalin tomó en política exterior era, a mi parecer, la de renunciar al enfrentamiento militar abierto con Occidente, enfrentamiento para el que la Unión Soviética de la posguerra no estaba preparada. De haber ocurrido la revolución cubana una década antes no hubiera habido qué emplazar en la Isla de la Libertad. La respuesta de Stalin al "telón de acero" era verdaderamente asimétrica, a saber: fundó el movimiento por la paz, aprovechando su autoridad y prestigio personales. Kruschov era mucho más imperialista, porque tenía ya otro potencial bélico, pero su imperialismo era bastante diversificado. Bajo Brézhnev la política exterior empezó a interpretarse como confabulación de élites, y el trabajo con la opinión pública occidental se hacía cada vez más formal. Y sólo Gorbachov con su "mentalidad nueva" pudo cambiar la situación.

En nuestros días las proporciones son distintas. En los últimos años, Rusia no ha promovido una sola iniciativa en política exterior. Su proceder en la palestra internacional obedece a situaciones imprevistas y tiene un carácter espontáneo. Este tipo de comportamiento no necesita ideología ni esfuerzo alguno por ganarse las simpatías de la opinión pública. En vísperas de su visita a la India, el presidente ruso Vladimir Putin dijo en entrevista a periodistas indios que Rusia no desea recuperar la condición de superpotencia. Y es pura verdad.

Lo que no es verdad es otra cosa. Por ejemplo, acusaciones de política agresiva en el espacio postsoviético. Estas acusaciones parten de los servicios de inteligencia norteamericanos. Los comentaristas rusos interpretan estas declaraciones como reacción al hecho de que "Rusia se recupera de la miseria". Me parece que ello se debe de puro cabildeo para obtener nuevas asignaciones para las necesidades de estos organismos. Cierta confrontación dentro de la CEI y con algunos países ex satélites sí existe. Pero en todo caso, sirve para negar que Rusia haya renunciado a sus intentos de influir sobre el desarrollo político de las repúblicas de la antigua URSS. Se ha notado que en ningún país de la CEI ha intentado Rusia crear eficaces grupos políticos prorrusos (en Ucrania el Partido de las Regiones presidido por Víctor Yanukovich es realmente eficaz, pero su orientación prorrusa ha sido exagerada).

Ahora la actividad se desarrolla en otras direcciones. En las relaciones con Irán que tiene programa nuclear propio, con Venezuela que compra armas de fabricación rusa y ahora en Oriente Próximo. Ello se debe, en mi opinión, a las nociones que la élite política de Rusia tiene de la organización del mundo. Allí donde, en su opinión, se intensifica la influencia de Occidente, ante todo de EE.UU., Rusia retrocede, procurando aprovechar al máximo el debilitamiento de las posiciones norteamericanas o la actitud hostil hacia EE.UU. para intensificar sus esfuerzos: tanto en el plano positivo como negativo como en el caso de Bielorrusia. Mas, a diferencia de la época soviética, no se posiciona como país anti EE.UU. sino como competidor igual. Se trata de pura competición.

El premio que se disputa en esta competición es la legitimación del actual régimen político de Rusia a escala mundial. Y cuando esta legitimación garantiza para la clase gobernante. Por eso no habrá otra edición de "guerra fría" ni lucha por ganar la condición de superpotencia. Las consecuencias de la política norteamericana en Afganistán y Irak, la dependencia energética de Europa, los precios del petróleo y del gas hacen innecesaria esta condición y una nueva guerra fría, absurda por definición.

Son en principio métodos bastante racionales de practicar la política exterior, forma lógica y razonable de lograr nueva condición e identidad para Rusia. Pero estos métodos entran en fuerte contradicción con el objetivo básico porque, a medida que disminuya la legitimidad interna (especialmente después de aprobadas las enmiendas a la ley de las elecciones que minimizan la participación de la ciudadanía en la política pública) la dependencia de las autoridades públicas de Rusia respecto a la legitimación exterior irá aumentando.

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