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Soy un mal español

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
viernes, 9 de marzo de 2007, 11:46 h (CET)
Desde hace algún tiempo vengo sospechando que soy un mal español. Qué le vamos a hacer. No se me eriza el vello cuando escucho el himno ni me pongo firme al paso de cualquier trozo de tela disfrazado de bandera y para mayor escarnio cuando me tocó hacer el servicio militar, obligatorio en mis tiempos, el glorioso ejercito español no me quiso admitir en sus filas y me dio un papel de inútil total por no dar la medida suficiente en mi perímetro torácico. Al fin y al cabo por no dar la suficiente medida de pecho me libré de hacer oposiciones a policía, guardia civil o verdugo que eran tres buenos destinos en aquellos días. He circulado por la vida durante veinte años con el mismo Documento Nacional de Identidad por tener la “manía” de que me lo extendieran en la lengua de mi pueblo. O sea que tengo todos los números de la rifa nacionalista española para ser un mal español.

Pero ha sido estos días escuchando las soflamas casi cuarteleras del jefe de la oposición cuando me he convencido de que yo no soy un buen español, o cuanto menos un español de bien. Mariano Rajoy ha lanzado las campanas al toque de somatén pidiendo que todos los españoles de bien acudan el próximo sábado a la magna manifestación que su partido convoca en Madrid para protestar contra el otorgamiento de la prisión atenuada al terrorista De Juana. Me he mirado la Constitución española, ese texto contra el que escribió varias diatribas Aznar López, y no he visto en ninguno de sus artículos esa distinción entre españoles de bien y los que no lo son. Pero como el sábado no estaré, ni tan siquiera en espíritu, en las calles de Madrid acompañando a las banderas rojigualdas con “gallina” incluida, ni a las camisas azules de Falange, ni, tan siquiera, a las boinas rojas del requeté, debo ser un mal español, o, como mínimo, un español no de bien.

La verdad es que soy español porque así lo dice mi documentación, ahora ya en vigor, y porque nací en un rincón del País Valenciano, que también es España, pero no me considero aquello que podríamos llamar un nacionalista español, porque seamos sinceros, el nacionalismo español también existe y es cada día más ostensible tanto en algunos medios periodísticos como en las proclamas de algunos partidos políticos. Sé que lo que escribo no es “políticamente correcto” pero la verdad tan sólo tiene un camino y no estoy dispuesto a comulgar con las ruedas de molino que desde la derecha, cada día más extrema, nos quieren hacer tragar a la fuerza y falseando las verdades.

Me parece muy bien que la derecha junto con sus amigos de la extrema derecha haya descubierto la calle para manifestarse. Estuvieron callados y en sus cuarteles de invierno durante cuarenta años ya que no les hacía ninguna falta protestar contra el poder que detentaban sus padres y abuelos y ahora han descubierto que eso de ser “pancarteros”, como nos llamaron no hace mucho tiempo, y de andar rumiando la rabia por las esquinas como dijo en cierta ocasión Aznar López tampoco está tan mal. Salgan a la calle, llénenla con esas gentes que por un bocadillo y viaje gratis a la capital del imperio dejan tierras y hacienda y protesten contra este gobierno de rojos y masones que les quitó sus poltronas monclovitas. Pero sean consecuentes, yo creo que debían acabar la manifestación en la vieja Plaza de Oriente madrileña, tal vez allí el fantasma del viejo dictador, al que muchos tanto añoran, se les apareciera hecho ectoplasma y les diera algún que otro consejo.

A mí me gustaría ser un buen español y una persona de bien pero, la verdad, es que viendo los compañeros de viaje que acompañan a las huestes de la gaviota prefiero quedarme en casa, releyendo las aventuras del coronel Aureliano Buendía como un homenaje a ese gran escritor que es “Gabo” y que estos días celebra su ochenta aniversario. Cuando Rajoy, Acebes y Zaplana cumplan ochenta años sus nombres aparecerán en las enciclopedias como los gobernantes que un día concedieron medidas de gracia a más de sesenta etarras y nunca quisieron reconocerlo.

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