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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Aumento de la violencia

Octavi Pereña
Octavi Pereña
jueves, 8 de marzo de 2007, 11:42 h (CET)
Se ha puesto de moda que niños filmen con sus móviles palizas infligidas a sus maestros por sus compañeros. El problema no radica en el diminuto artilugio electrónico, sino en quienes lo utilizan. Es del dominio público que la violencia se manifiesta en todas las clases sociales y que no respeta la edad de quienes la ejecutan.

Un comentario periodístico se refería a la preocupación que los jamaicanos sienten porque el incremento de los asesinatos llega a cotas jamás alcanzadas. El comentario menciona dos cartas al directos que ilustran dos maneras de enfocar el problema.

Una decía: “Si no es que los intelectuales, legisladores, representantes busquen seriamente respuestas, el futuro de nuestro país es muy oscuro”. Esta manera de enfocar el problema ve como única salida el endurecimiento de las leyes y de las condenas que de ellas se derivan.

Indudablemente las penas deben ser proporcionales a los delitos ya que el infractor es responsable de sus hechos. Esta responsabilidad no se puede eludir a la hora de erradicar la violencia que tantos estragos causa en nuestra sociedad.

Damaris Torrado en su escrito “Educar a los padres” (LA MAÑANA, 9-11-06), pone el dedo en la llaga cuando haciendo una mirada retrospectiva dice: “Las pocas veces que llegué a casa de pequeña diciendo que en el colegio me habían castigado, mi padre hizo lo propio y en vez de un castigo tuve dos. Y es que en mis tiempos…estaba mal visto que el profesor te regañara y en mi casa mucho más, ya que si me habían castigado era porque, evidentemente, yo me había portado mal antes”. La autora de este comentario dice que los padres no tienen tiempo para dedicarlo a los hijos, pero el principal ejemplo que siguen los niños continua siendo el que ven en su casa. Por eso, los padres, deberían retomar la buena costumbre de educar a sus hijos y no dejarlo todo en manos de la escuela. Aunque intuyo que, por desgracia, el problema es que algunos padres aún están por educar”.

Las buenas intenciones no sirven para frenar el incivismo social que como cascada de fuegos artificiales se desparrama por nuestro entorno. Afecta no solamente a las clases desfavorecidas, también a la jet-set. Los escándalos inmobiliarios de Marsella y de otros municipios evidencian que no se puede circunscribir a un solo sector de la sociedad su origen.

La otra carta publicada en el periódico jamaicano decía: “Es hora de que vayamos al corazón del problema, que el pueblo de Jamaica deje de acudir al ministro de Interior , sino que vaya al mismo Dios”.

Las soluciones que normalmente buscamos consisten en hacer o dejar de hacer algo. En endurecer las leyes que permitan combatir mejor la violencia individual y el crimen organizado. Se destituye al director de un organismo por incompetente y se les sustituye por otro que es tanto o más incompetente. El mal persiste con el agravante que la bola cada día se hace mayor.

La solución que plantea la segunda carta es la que propone Dios: Volveos a mí. El Señor no nos dice que nos convirtamos a una religión. No. Porque convertirse a una religión representa seguir siendo el mismo perro con un collar distinto. Nos pide que nos volvamos a Él. Que nos convirtamos a Él. Que creamos en su Hijo Jesucristo. Haciéndolo así, quien se vuelve a Dios deja de ser problema para transformarse en solución.

No nos llamemos a engaño. No va a hacerse la vuelta masiva de los hombres a Dios. Ello se debe a un motivo muy concreto. Volverse a Dios significa dejar que examine nuestros corazones para poner al descubierto la maldad que se esconde en ellos. Jesús, en el Evangelio de Juan nos dice estas palabras reveladoras de la condición humana:”(Cristo), la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas” (Juan,3:19,20). Dada la tozudez humana nos tendremos que ir acostumbrando a vivir en un clima de violencia cada día más cruel y violento.

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