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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Jesús, el hombre coherente

Miguel Rivilla (Madrid)
Redacción
jueves, 8 de marzo de 2007, 21:22 h (CET)
La figura de Jesús de Nazaret sigue subyugando hoy al hombre moderno tanto o más que en tiempos pretéritos. Su mensaje perdura a lo largo de los siglos y es tan fresco y actual como cuando se proclamó por vez primera. ¿Qué explicación lógica y convincente hay para entender esta insólita actitud?

Muchas son las facetas a destacar de la rica y polifacética personalidad de Jesús. Una, entre todas, quisiera resaltar principalmente. A saber: La magnífica y profunda coherencia entre sus palabras y sus obras, entre su enseñanza y su vida.

Sabido es que las palabras mueven y hasta conmueven, pero sólo los ejemplos arrastran. He aquí el secreto donde radica la fuerza irresistible de la persona de Jesús. Cristo aparece ante la gente- la de su tiempo y la actual- como un líder indiscutible, que invita a sus seguidores a la consecución de metas inalcanzables e ideales utópicos para el ser humano.

Millones de personas de todos los siglos, lugar y condición, han tratado de imitarle en sus radicales actitudes, tan contrarias a la humana condición como el perdón a los enemigos, el devolver bien por mal, el compartir lo propio con los más necesitados, el dar la propia vida por los demás etcétera. Si estos ideales se ven realizados todos ellos, en la persona que los propone, su ejemplo se convierte en algo irresistible.

Jesús es el paradigma de toda persona constituida en mando y autoridad. No se limitó a decir, a enseñar o adoctrinar, sino a vivir hasta las últimas consecuencias lo que predicó:”Vosotros me decís maestro y señor y decís bien porque lo soy. Pues bien, si yo os he lavado los pies, (incumbencia de esclavos), vosotros debéis de hacerlo también unos con otros... Ejemplo os he dado...amaos unos a otros como Yo os he amado”

Hoy en nuestro mundo, hay una inflación publicitaria de eslóganes y una incontinencia de palabras huecas, vacías, que dejan casi insensibles e indiferentes a quienes las oyen o las leen. No abundan, desgraciadamente, en los diversos órdenes de la vida y estamentos de la sociedad, comenzando por la propia familia, ejemplos convincentes de conductas que arrastren a los demás con su vida y con sus hechos.

Hay una ausencia notable de coherencia y una superabundancia de incoherencias de todo tipo tanto en la vida pública como en la privada. En una palabra, faltan personas de una sola pieza, a ejemplo de Jesús de Nazaret, que convenzan tanto con sus palabras como con su vida.

Los santos son las personas que más se han tomado en serio imitar a Jesús coherente y por eso siguen siendo modelos válidos para millares de personas en todo el mundo.

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