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El cerebro frente al músculo

Antonio Martin
Antonio Martín
viernes, 9 de marzo de 2007, 14:31 h (CET)
Seis meses después del éxito del baloncesto español en el Mundial de Japón, uno no puede evitar preguntarse cuál hubiera sido el resultado de una hipotética final entre España y EEUU, una selección en la que estaban Dwayne Wade, Carmelo Anthony y Lebron James entre otros, y que cayó ante Grecia en semifinales por 101-95.

Viendo ayer el encuentro entre los Suns y los Lakers, me sobrevino la duda a la cabeza al ver el duelo que mantuvieron, de forma indirecta, el canadiense Steve Nash, y el reciente MVP del All Star de 2007, Kobe Bryant. La magia, la calidad y precisión en el bote, la visión de juego y la inteligencia del base del base de Phoenix, obtuvieron respuesta en las canastas imposibles, la capacidad atlética y el liderazgo del escolta de Los Angeles, lo que me llevó a imaginar cómo hubiera sido el enfrentamiento entre la selección española y la estadounidense en el encuentro final del Mundial de Japón, ya que ambos jugadores personifican los valores de ambos.

Es un hecho que el baloncesto europeo le viene recortando la distancia al estadounidense desde hace años, y lo viene logrando con las armas que han sido sus señas de identidad durante décadas: una mayor implicación en defensa, un mayor gusto por la técnica y, sobre todo, por el juego en equipo. Nash es el motor de los Suns; promedia 12 asistencias por partido, algo asombroso para el universo NBA, donde los partidos, cada vez más, son decididos por las acciones individuales de las grandes estrellas, como Bryant. Pero el problema no es ése, sino que los ataques, más veces de lo debido, se basan en darle el balón a la estrella de turno para que haga como Juan Palomo en cada una de las jugadas.

A un solo partido, puede que EEUU se hubiese impuesto a España. Pero no llegaron a la final, porque en la semifinal se encontraron a otro EQUIPO, dirigido a las mil maravillas por ese jugador que es oro puro, Theodoros Papaloukas, y cuyos compañeros (Kakiouzis, Diamantidis, Spanoulis...) obraron el milagro. España, además de ser un EQUIPO, era un grupo con química, unido por la amistad. En EEUU, no es fácil adivinar que los egos de algunos de sus jugadores eran demasiado grandes para condensarlos todos en el mismo vestuario. Y es que parece que aún no han comprendido, que en la hermosa ecuación del baloncesto, el egoísmo es un factor que siempre acaba alterando el producto.

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