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Etiquetas:   Crítica de cine  

'Juegos secretos': Vivisección de la clase media

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
miércoles, 11 de julio de 2007, 23:19 h (CET)
Aunque la academia norteamericana haya decidido premiar a Martin Scorsese y a su película Infiltrados con los dos premios más importantes de la noche de los Oscars, mejor director (en realidad, una estatuilla honorífica) y mejor película, en un agravio comparativo con el pobre Peter O´Toole que clama al cielo (él si merecía su premio pero se lo negaron para galardonar otro de esos deslumbrantes trabajos de mímesis intepretativa: el de Forest Whitaker en El Último Rey de Escocia), Juegos Secretos, de Todd Field, era, junto a El Laberinto del Fauno de Guillermo del Toro y United 93 de Paul Greengrass, una de las películas más interesantes de la ceremonia.

En aparencia, el film del director de En La Habitación no cuenta nada nuevo. Es tan sólo el enésimo retrato cargado de cinismo que nos brinda el cine norteamericano de las familias blancas de clase media y sus disfunciones. Como cada vez está más difícil hablar de otras etnias, cultos, o colectivos (y no sólo en Estados Unidos), los guionistas optan por lo políticamente correcto para evitar que les pase como a Mel Gibson con Apocalypto. Es decir, que en lugar de tocar temas espinosos susceptibles de herir otras sensibilidades, vuelven la mirada hacia el hombre blanco suburbano y sus miserias, sabedores de que nadie se llevará las manos a la cabeza, digan lo que digan, porque es uno de los pocos sectores sociales sobre los que todavía se tolera la autocrítica.

Y pese a este punto de partida tan poco original e incluso cobarde, Juegos Secretos consigue superar sus limitaciones para sorprender al espectador con un recital de virtudes pocas veces vistas en este tipo de cine, desde el trabajo de guión, digno de elogio por la inteligencia con la que presenta entornos, situaciones y personajes, dotándolos a un tiempo de credibilidad y volumen narrativo, hasta la precisa pero sofisticada elegancia de la puesta en escena, con una fotografía portentosa y unos movimientos de cámara tan contenidos como eficaces. Todo ello rematado por la fabulosa, inconmensurable, labor de un plantel de actores en un estado muy próximo a la genialidad: Kate Winslet como esa moderna Madame Bovary atenazada por el desencanto, James Earle Hayley, antigua estrella infantil, como un pederasta con un insospechado lado humano, Phyllis Somerville, como su comprensiva y paciente madre, Noah Emmerich, en la piel de un ex policía frustrado que encuentra en el odio la única válvula de escape para su maltrecha autoestima, Jennifer Connelly, como una mujer cornuda que no termina de creerse que su pusilánime marido, Patrick Wilson, se la haya jugado, y así hasta completar hasta el último crédito de casting.

Todo en Juegos Secretos rebosa oficio, excelencia y saber hacer. Incluso el desenlace de la trama, abrupto y hasta cierto punto decepcionante como clímax, le sienta bien al conjunto en tanto que colofón, en absoluto convencional, de una historia surgida de las entrañas mismas del tópico que, en un virtuoso ejercicio de malabarismo cinematográfico, consigue ir más allá de los lugares comunes instaurados por American Beauty y sus derivados y encontrar su propio espacio, su propia voz. Una pena que su fracaso en los Oscars la prive de una mayor difusión.

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