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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Puestos en libertad

Francisco Arias Solís
Redacción
sábado, 3 de marzo de 2007, 21:15 h (CET)
“¡Violadores del Tiempo, la patria no está hecha!
¿Quién traicionará el sino de engendrar del presente
un futuro más bello?
¡Ardiente, clara España!
Tu ancha vida en tus hombres. Tu libertad por siempre.”


Eugenio de Nora

Los españoles hemos pasado cuarenta años oprimidos y protegidos a la vez por el Poder público. La opresión me repugna, y nunca la he aceptado, y la protección no me parece deseable. No obstante, la sociedad española se ha acostumbrado a una situación de dependencia, tutela y seguridad (aunque pueda ser seguridad de lo peor). Ha habido unos años, los últimos de la década de los setenta, y que me han parecido en lo sustancial admirables. Sin dejar de ver sus errores y sus riesgos, me han maravillado su increíble acierto global, que me han hecho vivir en estado de esperanza española.

Se trata simplemente, de que los españoles habíamos sido puestos en libertad, y durante unos años hemos vivido sin la menor opresión, con una libertad ofrecida y creciente, que podíamos usar sin temor alguno. El decisivo acierto de haber llevado a cabo la liberalización de nuestro país antes de proceder a su democratización hizo que la naciente democracia española estuviera inicialmente vivificada por un espíritu liberal, condición de que la democracia sea fecunda y deseable.

Esta situación, que a mí me parecía llena de promesas, tropezó desde el principio con no poca hostilidad, porque la libertad, si es efectiva, deja al hombre enfrentado con los problemas, y, sobre todo, con sus responsabilidades. Obliga a vivir a la intemperie. Los españoles no estaban acostumbrados, y a muchos se les ha hecho cuesta arriba. No hay más que ver cómo unos y otros -demasiados- han empezado a sentirse fatigados de libertad y se han apresurado a atenuarla de una u otra manera, en una u otra dirección, a dimitir de su independencia, a buscar alguna tutela, de suerte que alguien piense y decida por ellos.

El periodo de verdadero entrenamiento en la libertad ha sido demasiado breve para asegurar las defensas de una sociedad entumecida durante cuatro decenios, que siguieron a una de las más atroces situaciones de violencia de la historia de cualquier país. No se entiende la realidad española si no se tiene en cuenta el largo tiempo de cicatrización que siguió a la guerra civil, con uso abusivo de anestésicos. Nuestra sociedad, desde 1976, ha hecho tímidos ensayos de vivir a la intemperie, pero no lo suficiente para haber tomado plenamente posesión de sí misma y resistir a todo intento de disminuir su libertad.

Pero ese tiempo, naturalmente, no se ha acabado. Lo que no ha tenido tiempo de hacer hasta ahora, la sociedad española puede hacerlo desde ahora. Basta con que esté alerta, se entere de lo que pasa, lo apruebe, fomente y apoye cuando le parezca bien, se resista cuando vaya contra sus deseos y su voluntad, lo rechace cuando ponga en peligro lo que fundamentalmente quiere, lo que le parecería inaceptable perder. La sociedad no es de cada hombre aislado. La intervención de los individuos, me parece esencial, lo más importante de todo.

¿Qué quiere decir esto? La inveterada politización inducida por decenios sin vida política hace que muchos, cuando se trasciende lo meramente individual, piensen en el Estado, el gobierno, los partidos, las instituciones oficiales. Como si no hubiera nada entre una cosa y otra. Hay, nada menos, la sociedad -en la que tan pocos creen, especialmente los que abusan de su nombre-, y me refiero, no ya al conjunto de ese “gran cuerpo” que es la nación española, sino a todos los grupos sociales de todo orden, a las articulaciones que hacen de la sociedad, no una masa amorfa, pasiva e inerte, sino una compleja forma de convivencia llena de energía y de posibilidades, capaz de realizar lo que los individuos han inventado y propuesto, de oponerse a lo que va contra sus aspiraciones profundas; y, naturalmente, de tomar las riendas del Poder público para que esté a su servicio y cumpla los grandes proyectos. nacionales.

Lo único que me preocupa de verdad es la inercia de gran parte de la sociedad española, su tentación de ceder y abandonarse, su resistencia a vivir desde sí misma, lo cual quiere decir, claro, a la intemperie. El español se juega la vida fácilmente, pero rara vez se juega algo menos que la vida. Y la vida es demasiado importante para jugársela frívolamente, pero hay que jugarse algo todos los días, si se quiere vivir con decencia y, sobre todo, en libertad, Hay que arriesgar un puesto, ciertas facilidades económicas, la crítica, la aprobación de los demás, tantas cosas, si se quiere uno mirar al espejo sin enrojecer. Y, claro está, hay que jugarse todo eso cotidianamente para no perderlo todo junto sin arriesgarlo, sin pena ni gloria. Y es que, como dijo el poeta : “Lo que tú sabes de sobra / es que la libertad que se pierde / ya nunca más se recobra.”

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