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El peor tratado es mejor que el mejor misil

Andrei Kisliakov
Redacción
viernes, 2 de marzo de 2007, 11:42 h (CET)
El Tratado de Eliminación de Misiles Nucleares de Mediano y Corto Alcance (Tratado INF) puede cumplir veinte años en diciembre próximo.

Pero puede no llegar a cumplir lo que es bien probable. Teniendo en cuenta la actitud de Polonia y la República Checa que están a punto de dejarles a los norteamericanos emplazar en sus territorios elementos de defensa antimisiles, las autoridades de Rusia bien pueden poner en ejecución su reciente amenaza de abandonar este Tratado. Las consecuencias de este acto seguramente tendrán muchos aspectos.

A mediados de este mes de febrero, Yuri Baluevski, Jefe del Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas de Rusia, manifestó que Rusia puede abandonar en forma unilateral el Tratado de 1987. La probabilidad de esta acción se vincula directamente con los planes y la materialización del programa norteamericano de DAM en los países de Europa.

Desde hace ya varios años los dirigentes militares y políticos de Rusia vienen declarando que los planes que Washington alberga con relación a la defensa antimisiles provocarán una respuesta asimétrica, menos costosa pero bastante eficaz. No es un secreto que se trata de futuros sistemas capaces de forzar la defensa antimisiles por misiles balísticos intercontinentales de Rusia. Eso en principio no tiene nada de excepcional pese a que a los armamentos meramente defensivos se les oponen medios ofensivos estratégicos. La modernización del existente parque de misiles nucleares en condiciones en que surgen sistemas antimisiles globales constituye en realidad una respuesta asimétrica bien lógica. Pero, añadir a esta respuesta misiles de mediano alcance – tanto balísticos como de crucero – es una variante que dista de ser certera.

Hacia mediados de la década del 80, los esfuerzos de la URSS y Estados Unidos en despliegue de misiles de mediano y corto alcance alcanzaron su auge, amenazando de hecho a la seguridad mundial. A mediados de diciembre de 1985 los norteamericanos concluyeron en el territorio de Alemania Occidental el despliegue de 108 misiles balísticos “Pershing-2” cuyo alcance era de 1800 km. Dada la impresionante desviación circular probable de 20-40 metros, este misil podía estar dotado de ojiva nuclear con un equivalente en 50-100 kilotones de trinitrotolueno. El tiempo de aproximación al blanco era aproximadamente de 14 minutos.

Además, en dos bases instaladas en Gran Bretaña, así como en Italia, Holanda, Bélgica y la RFA, estaban instalados en total cerca de 500 misiles GLCM-109G (lanzados desde tierra) con ojivas nucleares. El alcance de estos misiles era de 2500 km.

La URSS podía oponer a este adversario probable varias zonas de posiciones en su territorio, destinadas a emplazar su famoso complejo misilístico móvil “Pionero” dotado de misil balístico SS-20, cuyo alcance era de aproximadamente 5200 km, es decir, toda Europa estaba en el punto de mira de los misiles soviéticos. Se tenía pensado también emplazar estos misiles en una zona subpolar de Extremo Oriente. En tal caso se hacía vulnerable la mayor parte de la costa occidental de EE.UU. Pero la cosa no acababa aquí. En noviembre de 1983 se decidió crear un nuevo complejo misilístico móvil “Velocidad” que se pensaba emplazar en Checoslovaquia y Alemania del Este.

Pero incluso en estas condiciones el dogal misilístico norteamericano obligaba a los dirigentes de la URSS a sostener negociaciones sobre la limitación de misiles de mediano alcance.

En este caso es difícil dejar de hacer esta pregunta: ¿por qué la época actual es “mejor” que la de antaño? A decir verdad, no es nada mejor. De querer los norteamericanos abandonar la retórica acerca de la suerte del Tratado y pasar a pura práctica, tienen a su disposición toda Europa Occidental. Si nos referimos al aspecto técnico de la cuestión, en vez de misiles GLCM al principio se podría utilizar “Tomahawks” SLCM BGM-109ª lanzados desde el mar y dotados de ojivas nucleares, que no estaban prohibidos sino que fueron solamente retirados del servicio para conservación en 1991.

La segunda etapa de despliegue de misiles de mediano alcance representa un serio problema. ¿Qué fábrica está en condiciones de poner en marcha la producción de misiles en cantidades necesarias? La empresa que hay en al zona de los Urales ni siquiera puede fabricar misiles balísticos intercontinentales en las debidas cantidades. ¿Cuáles serán los procedimientos de enajenación de tierras en las zonas de emplazamiento y dónde puede haber estas tierras? ¿Cómo se podrá facilitar la infraestructura necesaria, incluida la dotación de personal? ¿Cómo lograr el control operacional, incluida la puesta en órbita de nuevos satélites de comunicaciones y reconocimiento?

Y una última cuestión: ¿dónde está el bolsillo del que se pueda sacar dinero para gastarlo en todo lo arriba mencionado? De admitir que la varilla mágica aún no se ha encontrado, se tendrá que recortar los proyectos nacionales ahora existentes entre los que no hay ninguno que sobre.

Quizás tenga razón Sergei Ivanov, que hace poco era ministro de Defensa, quien calificó de relicto el Tratado. Pero lo viejo no siempre es lo malo.

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