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Etiquetas:   Las plumas y los tinteros   -   Sección:   Opinión

Deriva ideológica

Daniel Tercero
Daniel Tercero
viernes, 2 de marzo de 2007, 11:28 h (CET)
La izquierda política europea está descolocada desde la caída del muro de Berlín y, sobre todo, la disolución de la URSS. En apenas dos años -de 1989 a 1991- el referente de una parte de los partidos políticos desapareció del mapa. El color rojo que presentaba la URSS en los mapas políticos se descompuso en un sinfín de tonalidades (hasta quince), algunas incluso llegando al azul, y no pocos países del desastroso Pacto de Varsovia vieron aliviado su derecho de política independiente lejos del gigante soviético.

Desde 1991, y como consecuencia, casi con toda seguridad, de un mundo muy polarizado, la izquierda política ha tenido -todavía está en ello- que ir reestructurando su ideología y práctica diaria. No me refiero a los populismos sudamericanos que sufren los bolivianos o venezolanos, alejadísimos de la izquierda brasileña o chilena. Aquellos -los populismos- son la consecuencia de la mezcla de pobreza, analfabetismo generalizado y pésima gestión de los supuestos políticos no populistas. Estos -en Brasil y Chile-, sin embargo, son la respuesta de una situación, siempre a mejorar, pero a medio camino entre occidente y el desarrollo. No son estas izquierdas, precisamente, las que andan a la deriva ideológica desde 1991.

Está ya generalizada la idea en España de que los partidos supuestamente, o autocalificados, de izquierdas se avienen mejor con los partidos nacionalistas o separatistas. Algo que por otro lado es una perversión del lenguaje puesto que “ser de izquierdas” define ideológicamente, pero “ser nacionalista”, hoy día, no define nada, no es una posición ideológica clara y determinante. Y este es el gran error de la izquierda. Desde 1991 busca su nuevo sitio y, espero que sea algo temporal, se está agarrando a lo único que puede: el nacionalismo.

Por definición nacionalismo y comunismo son antagónicos. No entra en el diccionario de los primeros la palabra común, básica en la definición de los segundos. Pero esto es solo la teoría. En la práctica, como dice el dicho, se han juntado el hambre con las ganas de comer. Una izquierda, única opción real de gobernar frente a la derecha, y un nacionalismo, con ganas de morder y que sabe que los primeros se agarrarán a lo que puedan con tal de que la derecha no gobierne. Esto, en España, es evidente; no hace falta que ponga siglas.

No ocurre lo mismo, sin embargo, en otros países que nos rodean. La lógica política impera con naturalidad en Italia, por ejemplo, donde la derecha y el nacionalismo -del norte; ¿por qué el nacionalismo siempre suele afectar más a las personas del norte geográfico?- han convivido en el Gobierno de Berlusconi hasta la llegada de “El profesor” Prodi. En Alemania -dejando a un lado el nacionalsocialismo trasnochado y obtuso- el partido conservador, CDU, está coaligado a la CSU de Baviera. El nacionalismo (en mayor o menor grado) comparte la idea de la diferencia entre iguales por diversos motivos, desde los más radicales que se vivieron en Europa durante la década de los años 30 del siglo XX, hasta los más tibios basados en una descentralización administrativa del Estado, como se avecina en Francia. Pero siempre la defensa de la diferencia entre personas. ¿Hay algo más lejos del pensamiento teórico de la izquierda? Y no me vengan con las izquierdas de Bobbio, porque eso es esconder las vergüenzas bajo la alfombra.

Es preocupante, viendo el panorama europeo, que España sea la cabeza de lanza en esta deriva ideológica de la izquierda y no se vea el final de un túnel en el que se entró hace ya más de quince años. Es sorprendente que políticos militantes de partidos autocalificados de izquierdas no sepan, no quieran o no puedan marcar una línea diferenciadora entre sus iniciativas y las marcadas por personajes como Josep Lluís Carod-Rovira o Anxo Quintana, que pretenden privilegios entre iguales por motivos de nacimiento, por ejemplo y entre otros muchos. ¿Es esta la izquierda en España?

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