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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

La cultura de la silicona

Octavi Pereña
Octavi Pereña
jueves, 1 de marzo de 2007, 11:24 h (CET)
“En todas las culturas, en especial durante los períodos de dicha, cuando se tienen aseguradas las algarrobas, la belleza ha sido un valor en alza. Desde las definiciones metafísicas de los sabios griegos, hasta los anoréxicos cánones de las modelos actuales, el concepto de belleza, pero, ha ido cambiando a lo largo del tiempo”, ha dicho Jordi Casabona, médico epidemiólogo.

Conseguir una apariencia que se ajuste a los cánones de la belleza que imponen los estilistas de prestigio es un signo de poder económico y de distanciamiento de la plebe uniforme. Por ello, los triunfadores quieren distanciarse de las multitudes perdedoras y distinguirse por su belleza singular. Parece ser que Brasil se ha convertido en el Lourdes que hace el milagro de transformar los cuerpos “desagradables”de los peregrinos que visitan los santuarios dedicados a la diosa Belleza. Ahora es posible llegar al país carioca con un cuerpo que desagrada a uno y regresar habiéndose regalado uno que motiva admiración.

El alud de peregrinos que viajan a Brasil para transformar sus cuerpos, se dice fueron 50.000 en el año 2005, ha hecho que la Sociedad Británica de Cirugía Plástica, por boca de su presidente, Osvaldo Saldanha, diese la voz de alarma al advertir que la cirugía “no puede ser un producto de consumo”.
El crecimiento espectacular de la cirugía plástica se debe, en parte, a la publicidad que hacen las clínicas que se dedican a este tipo de intervenciones que hace que los receptores se sientan mal con el cuerpo que tienen y los mueve a desear otro con el que se encuentren a gusto.

La cirugía plástica, aparentemente conserva la lozanía de quienes se someten a la acción del bisturí rejuvenecedor del cuerpo que envejece. Una ilusión que se desvanece como el rocío matinal. El reloj no se para y las fiestas de Año Nuevo se van sumando. Las enfermedades más o menos graves se presentan. Los achaques propios del envejecimiento se multiplican con el paso de los años. La decrepitud es una realidad que no se puede esconder por más que se pretenda hacerlo. La juventud que se dice otorga la cirugía plástica, es un engaño. Es otra versión del timo de la estampita o del décimo premiado.

Técnicas como la risoterapia pretenden parar el proceso de envejecimiento al decir que cuando se ríe se hace una gimnasia facial que retarda la aparición de las temibles arrugas. La pregunta que me hago es: ¿Qué ocurre cuando finalizada la sesión y se da paso de la ilusión a la realidad? Las tensiones emocionales surgen con nuevo ímpetu y los rostros sombríos substituyen las caras artificialmente sonrientes.

El refrán popular dice que el rostro es el espejo del alma. El dicho es cierto. Los surcos que aparecen en el rostro de una persona que vive en paz y tranquilidad, los embellece el sosiego del alma. Les proporciona una luminosidad que no pueden dar los tratamientos artificiales. Quien disfruta de tal belleza no la quiere sustituir a ningún precio por la artificial, porque es incomparable e infinitamente de mejor calidad.

El envejecimiento, con sus señales inequívocas, nos recuerda que se acerca el fin de nuestro pasear por el planeta azul. Es el intermitente rojo que nos avisa que se nos acaba el deambular por los senderos de este mundo. “Está establecido que los hombres mueran una sola vez”.

Dios, que ha dotado al ser humano con un instinto de eternidad hace que quiera sobrevivir al tiempo. La lucha, a veces desesperada y exagerada para vencer a la muerte, es un ejemplo. Otro, lo es querer bebe del agua que mana de la fuente de la juventud eterna que ofrece la cirugía plástica. En ambos casos es una lucha abocada al fracaso: “La paga del pecado es la muerte” y, como todos hemos pecado, la muerte es el final inevitable. Como el envejecimiento es el anuncio de la muerte que se avecina, es obligatorio la aparición de las indeseadas arrugas faciales.

Tal como hemos dicho previamente, Dios ha dotado al ser humano con el instinto de la eternidad y, sí sus intentos de sobrevivir están condenados al fracaso, ¿significa que Dios es un malvado que se burla de nosotros al darnos un instinto que sólo sirve para atormentarnos? Nada de esto. El fracaso no está en Dios, sino en nosotros que queremos alcanzarla a nuestro modo, prescindiendo de las instrucciones divinas dadas para que podamos alcanzarla.

Refiriéndose al cuerpo tal como lo tenemos hoy, el apóstol Pablo nos dice: “Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna en los cielos. Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial…” (2 Corintios,5:1-6). El apóstol Pablo nos viene a decir que es de necios preocuparse desmedidamente por el cuerpo mortal que disponemos hoy y que hemos de desear “la casa no hecha de manos, eterna en los cielos”. Sí ha puesto este deseo vehemente en nosotros, ¿no nos dará también las instrucciones pertinentes para que este deseo se haga realidad?

Cuando el apóstol Pablo se dirigió a los atenienses que les gustaba oír nuevas filosofías y que se habían reunido en el Areópago, les habló de la resurrección de los muertos. Se rieron de él al oír esta doctrina que era nueva para ellos. La rechazaron porque iba en contra de sus esquemas mentales. Lo mismo ocurre hoy cuando la gente oye decir “que es necesario que esto corruptible, en referencia al cuerpo mortal que hoy disponemos, se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad” (I Corintios, 15:53). Prefieren ir al Ivo Pitanguy de turno que limpia los bolsillos, antes que a Dios que en Jesucristo proporciona el remedio eficaz al pecado que causa el envejecimiento y de sus efectos faciales que tanto preocupan a las mujeres y ahora también a los hombres.

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