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Etiquetas:   Presos de la libertad   -   Sección:   Opinión

Custodia compartida

Eduardo Cassano
Eduardo Cassano
@EduardoCassano
miércoles, 28 de febrero de 2007, 11:11 h (CET)
Parece que la ley está cambiando en lo referente a las desavenencias conyugales. La Audiencia Provincial de Barcelona ha dictado la primera sentencia de custodia compartida, tras la modificación del nuevo Código Civil, a unos padres que no se ponían de acuerdo en el bienestar de sus hijos.

Con el nuevo papel de la mujer en nuestra sociedad, que trabaja dentro y fuera de casa, el hombre –que sigue ayudando poco en las tareas domésticas- se ha implicado más en la educación de sus hijos. Es por ello que esta primera sentencia, que no será la última, es todo un avance en la igualdad entre hombres y mujeres, que hasta ahora en casi todas las separaciones los hijos se quedaban con la madre. Eso, justicia y egoísmos al margen, es casi siempre lo peor para unos niños que no tienen la culpa de nada.

Habrá quien opine que esta medida es incómoda o poco práctica. En este caso concreto, el padre y la madre viven en diferentes poblaciones y los hijos tendrán que vivir en dos casas diferentes, repartiéndose los días de la semana con ambos. ¿Afectará a la educación de los niños tantas dificultades? Probablemente el proceso de adaptación será complicado, pero una cosa está clara: mejor separados que mal avenidos. No hay mejor educación que ser consecuente con uno mismo, y con los demás. Seguro que cuando crezcan, sus hijos lo agradecerán.

Por otra parte esta noticia sonroja, una vez más, a todas aquellas personas que salieron a la calle a protestar contra los derechos otorgados a las parejas homosexuales. Se vuelve demostrar con esta inédita sentencia -y tras las recientes víctimas de la violencia machista en los últimos días- que el mal ejemplo y la preocupante educación de los niños no está condicionado por la opción sexual de sus padres, sino por su comportamiento fuera de la cama.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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