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Etiquetas:   Crítica y entrevista   -   Sección:   Entrevistas

‘Los libros arden mal’, última novela de Manuel Rivas

Herme Cerezo
Herme Cerezo
sábado, 13 de octubre de 2007, 12:08 h (CET)
‘Los libros arden mal’, último título publicado por Manuel Rivas, no es otro libro más en su carrera literaria. Pensar eso sería ningunear al autor y a su obra. No. ‘Los libros arden mal’ es el estallido de algo que ya se venía anunciando en ‘¿Qué me quieres, amor?’, ‘La mano del emigrante’ o ‘El lápiz del carpintero’. Es como si Rivas (A Coruña, 1957) se hubiese subido a la Torre de Hércules y, con la mano puesta en la frente, a modo de visera, hubiese mirado atrás, observando la senda recorrida, el tiempo transcurrido que ya es mucho, porque el escritor gallego, en esto de juntar palabras anda metido desde los 15 años, cuando comenzó a trabajar como "meritorio", bonito término para su "Gabinete de Curiosidades", en el diario ‘El Ideal Gallego".




Manuel Rivas.


‘Los libros arden mal’ es el libro del 2007, aunque se publicase a final de 2006. Es una suma de relatos, de cuentos, que se entretejen, que se mezclan, que huyen de la habitual estructura capitular. Los personajes entran y salen, luchan, sufren, se alegran, se frustran, envejecen y mueren a lo largo de este extenso periodo que arranca en el año 1881 y llega hasta nuestros días, con especial incidencia en el periodo de la Guerra Civil o mejor dicho, luego veremos el porqué, en la Posguerra gallega. Galicia, siempre presente en los textos de Rivas: la Galicia de los emigrantes, de los maestros, de los campesinos, de los boxeadores, de los jueces, de los muchachos, de los marineros...

‘Los libros arden mal’ es un libro que requiere dosificación. Sus seiscientas diez páginas reclaman un modo especial de lectura. No se puede beber de golpe, aunque la historia, las historias que contiene y sus personajes (Polca, Curtis, Ó, Gabriel, Leica, Dez, Samos, el abuelo Mayarí, Pinche, Chelo Vidal, Luis Terranova, Arturo da Silva ...) nos reclaman continuamente, ¡ven, ven, léeme, escúchame, mira lo que ocurre!, sino de modo pausado. Porque si de algo están repletas estas páginas es de matices, de sabores, de juegos de palabras, de semántica, de etimologías. Es un texto que se revuelve sobre sí mismo, que te obliga a bucear en su interior y, lo que también es importante, te incita a buscar otras fuentes documentales, a rascar en la memoria colectiva de los últimos setenta años de este país, llamado España. Para no olvidar, para aprender ... para no meter la pata de nuevo.

‘Los libros arden mal’ es un libro de tesis doctoral, que merece la disección paciente de un forense de las letras, un texto que marcará una época para una generación de lectores. Como dijo hace unas semanas Alfons Cervera, en su sección ‘Fahrenheit 451’ de la Cartelera Turia de Valencia, "seiscientas diez páginas irrenunciables, esponjosas" que hay que leer sin saltarse ni una sola.

‘Los libros arden mal’ habla de libros quemados durante la Guerra Civil. Al comienzo, hay una foto ilustrativa, un auténtico disparador literario para el cerebro privilegiado de alguien como Manuel Rivas, en la que se observa a un grupo de fascistas, con el uniforme fascista, con el saludo fascista, con el rito fascista, en el puerto de A Coruña, agosto de 1936, procediendo a una quema de libros. Incinerar libros no es un tema nuevo en literatura, ni en la vida. ‘Fahrenheit’ 451, ‘El nombre de la rosa’ o el mismo ‘Quijote’ ya nos hablaron de esto. Pero sin duda, esta quema cala más hondo, porque nos pilla mucho más cerca: es nuestra. Y nos duele que se quemen libros, porque quemar un libro es eliminar un trozo de nosotros mismos, de nuestra historia, reciente y pasada, es arrojar al autor en la hoguera del desprecio, del odio, del olvido.

‘Los libros arden mal’ merecía una reseña especial, extensa, donde se conjugaran las palabras de quien escribe esta reseña, las mías, con las del propio autor del libro. Y la tiene, porque el pasado 21 de febrero, miércoles de ceniza ― todo un simbolismo, toda una premonición, ¿toda una coincidencia? ― tuve la oportunidad, gozosa, de poder charlar con Manuel Rivas sobre su obra. Y éstas fueron mis preguntas. Y sus respuestas.


ENTREVISTA

Manuel Rivas, escultor de palabras

En ‘Los libros arden mal’, ¿qué te interesaba más: la quema de los libros o recuperar la memoria de la Guerra Civil?

Son dos cosas conectadas. Existe desde luego un impulso de recuperar la memoria porque la literatura debe acudir a zonas de penumbra, de vacío, a rescatar ese cráter que se formó en España durante gran parte del siglo XX. Pero el impulso decisivo es un desasosiego que va más allá del episodio histórico, un desasosiego que había ido germinando en obras anteriores y que yo afronto directamente aquí.

¿Era muy conocida esta quema de libros en Galicia?

Yo diría que en mi tierra, el noventa y nueve por ciento de la gente la desconocía. Fue una auténtica sorpresa cuando apareció el libro, porque A Coruña es una ciudad muy culta e ilustrada y fue como si no se lo creyeran. Sabían que durante la Guerra Civil y la Posguerra se habían vivido situaciones duras, difíciles, pero ignoraban que en sus plazas se hubiesen quemado libros. Se generó un sentimiento de vergüenza.

Y ¿por qué ese afán por quemar libros?

En todas las quemas de libros, los protagonistas no son gente inculta o descontrolada, no. Son gente que sabe lo que hace. Por ejemplo, la quema de libros producida en Berlín en 1933 fue algo totalmente intencionado, donde estuvieron presentes los catedráticos de universidad que no se habían exiliado. Ellos mismos participaron arrojando cada uno un libro a la hoguera. En los regímenes totalitarios, la razón para quemar libros estriba en que encarnan a la humanidad librepensadora. Y aquí se produce un fenómeno curioso, porque es la propia gente apasionada por los libros, la que desea poseerlos, quien en un momento determinado, en lugar de defender el Humanismo encabeza la barbarie. Es un poco lo que ocurre hoy, cuando se confunde la máscara de la cultura con la cultura de verdad.

En tu libro, llama poderosamente la atención la saña con la que se persiguió a Santiago Casares Quiroga y su biblioteca. ¿Cómo puede el ser humano albergar tanto odio hacia una persona?

Yo creo que por eso escribes estos libros. Son odios inexplicables, que sobrepasan el límite de lo humano. No se conformaron con eliminar físicamente a la persona sino que, además, deseaban borrarla del registro civil, arrancando la página donde constaba la fecha de su nacimiento. Mientras lo escribía, me hice esa misma pregunta y el propio Casares Quiroga también se la hizo. Creo que es una psicopatía, pero lo más duro es que situaciones como ésa formaron parte de la "normalidad" de entonces. Ese tipo de disparates u otros, como encerrar libros en un calabozo, cerrar la puerta y guardar la llave, entonces ocurrían. Había alguien que daba la orden, otro alguien que la cumplía y un tercero que custodiaba la llave. Por desgracia, además, no son periodos excepcionales en nuestra historia, sino bastante frecuentes.

En todas tus obras otorgas una gran importancia a las palabras.

Totalmente. Si me apuras mucho a elegir entre el qué y el cómo, te digo que me quedo con el cómo, porque para mí la escritura es un ejercicio de expresión estética, un compromiso con el trabajo artístico a través de las palabras. Y eso conlleva una ética, porque donde había vacío, nace algo nuevo.

Tu forma de escritura recuerda a los escultores.

Me apasiona la idea de Roland Barthes de que llega un momento en el que el lenguaje forma parte de ti mismo, de tu propio cuerpo. En lo que estoy trabajando ahora, trato de llevar eso al límite, porque el lenguaje forma parte de nuestra personalidad, no es algo neutro. Tenemos que sacar las palabras que llevamos dentro.

¿Cómo fue el proceso creativo de ‘Los libros arden mal’?

Primero yo tuve el libro dentro y después él me tuvo a mí. Empecé con mucho ímpetu, pero luego, digamos que fue el mismo libro quien me empujó. En la actividad de escribir, que no es una actividad racional, aunque tampoco irracional, actúan al mismo tiempo el sentir y el pensar. En ese sentido, escribir sería un proceso sentipensante, como diría Couto. En la novela hay dos hemisferios: uno, el dramático, del que formarían parte el repartidor de Biblias (qué curioso que en un país católico como España, el difusor de la Biblia sea un protestante), los maquis y los campos de concentración; el otro hemisferio sería el del deseo, el deseo de los personajes por sobrevivir, su capacidad para crear espacios de felicidad clandestina, sus conversaciones, ver las cosas. El libro creo que tiene una simetría entre la pulsión de la muerte y la del deseo.

Observo que, aunque sois de generaciones distintas, hay una similitud estética entre escritores como Saramago, Lobo Antunes y tú mismo. ¿Podríamos hablar de una escuela literaria galaico-portuguesa?

Ahora que lo apuntas, puede ser que esto tenga su origen en la tradición oral. Cuando yo busco los orígenes de mi escritura, mis fuentes, me sitúo mucho en la memoria oral. Cuando me preguntan por libros que me han influido, les digo que pienso más en historias escritas en el aire que no en títulos concretos, aunque, claro, también me atrae la literatura escrita: Miguel Torga, Juan Rulfo, Valle-Inclán ... Pero que quede claro que al citar a estos autores, ellos no tienen la culpa de lo que escribo yo (risas, ojos francos, mirada abierta).

¿Qué necesita una novela para tirar del lector?

Lo que da fuerza a una historia, a una novela, son los personajes. Puede ser muy dramático el periodo que eliges, como es el caso de la Guerra Civil, pero si los personajes no transmiten esa verosimilitud y carecen de personalidad propia, la cosa no funciona. La novela empieza a existir cuando ves hablar a los personajes, cuando escuchas lo que dicen, cuando te sorprendes por lo que están diciendo. A veces te disgustas por lo que oyes, pero tienes que dejarlos, seguirlos. Hay que estar en vigilia, alerta a lo que sucede, a lo que hablan. A partir de ahí el texto sigue por sí mismo y tú no debes forzar nada, sólo ver qué ocurre.

Para finalizar, ¿en Galicia hubo Guerra Civil o "Posguerra Civil"?

En Galicia lo que hubo fue una carnicería, una guerra sin trincheras. Había ganado las elecciones el Frente Popular, existían sindicatos fuertes con una gran tradición; las cigarreras de Coruña fueron las primeras en organizar una huelga, como lo cuenta la Pardo Bazán en ‘La Tribuna’; la República había puesto en marcha un mundo alternativo de bibliotecas y centros culturales, cuando sobrevino el golpe. La gente salió a la calle, una auténtica marea humana, a pedir armas. Pero los gobernadores consideraron que no era necesario, que tenían garantías suficientes de que no habría guerra. Y luego vino una cacería humana.

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‘Los libros arden mal’, de Manuel Rivas. Ed. Alfaguara. Octubre, 2006. Precio: 22.00 euros.

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