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Etiquetas:   TEATRO CRÍTICA   -   Sección:  

Un claroscuro de sentimientos salpicados de ironía y dramatismo

Filomena Marturano
Redacción
domingo, 25 de febrero de 2007, 20:11 h (CET)
Con un inicio sorpresivo. Así comienza “Filomena Marturano”, una adaptación teatral de Eduardo de Filippo, bajo la batuta de Ángel Fernández Montesinos, que dirige, por segunda vez, con maestría a un fabuloso elenco de actores presidido por la infatigable Concha Velasco y el veterano Héctor Colomé.

Èlia Armero
Nápoles, años ‘40. Filomena (Concha Velasco), en camisón, y Doménico (Héctor Colomé), furioso, ocupan el centro del salón, y del escenario, de una típica casa italiana de clase alta. Los protagonistas, en medio de una fuerte discusión, ponen al público en antecedentes: Filomena, que en su juventud fue una vulgar prostituta, lleva veinticinco años viviendo por y para Doménico, un señor adinerado que se ha cansado de ella y pretende dejarla por una jovencita de veinte años. Ante esta situación, Filomena, humillada, se hace la moribunda con la intención de que el párroco les case, puesto que ésta sería su última voluntad. En este contexto, cuando ya Doménico ha descubierto el engaño, Filomena le revela la existencia de tres hijos, por los que ha luchado durante toda su vida.

“Filomena Marturano” nos acerca al balcón por el que asomarnos a la historia de una valiente mujer cuya vida ha girado alrededor de un empeño constante: sacar adelante a sus hijos, aun a costa de engañar y de robar a su pareja. Aunque la acción se centra en tiempos lejanos, en un pasado ya concluido, esta divertida e interesante reflexión sobre el matrimonio y la maternidad es una trama cercana, en la que la identificación de los tipos humanos se hace palpable en el transcurso de la acción.

Con esta interpretación, Concha Velasco “ensimismada” en su papel, como diría su gran amigo Antonio Gala, logra hipnotizar a los espectadores, les hace partícipes de cuanto acontece sobre las tablas y la clave de ello radica en la tensión dramática de la obra, muy álgida en muchos momentos. Filomena es inteligente, pero vulgar; fuerte, pero sencilla; irónica, pero responsable y, sobre todo, madre. Se trata de una mujer que no sabe llorar, sino soportar los duros golpes que siempre le ha dado la vida.

Y es que no podía esperarse menos de la prolífica, entusiasta y vocacional actriz que es la Velasco, que 27 años después, ha logrado volver a encarnar con éxito este papel que hoy siente más suyo que nunca, con el que está a gusto y feliz, condiciones que transmite como nadie sobre el escenario durante más de dos horas que dura la función.

A su lado, un compañero de excepción: Héctor Colomé que interpreta a un hombre rico, pero descuidado, despistado y caprichoso que, a pesar de su engolada voz autoritaria y su gallardía, demuestra, una vez más, que el hombre enamorado, al final, está a merced de la mujer, a la que todo se lo consiente.

Pero no sería lícito olvidar el exquisito trabajo del resto de actores, todos ellos detenidamente tipificados. Así, hay que subrayar la picardía de Rosalía (Selica Torcal), la sirvienta y compañera infatigable de Filomena. Destacada es también la resignación del mayordomo, Alfredo (Lucio Romero), fiel a su señor y que aporta siempre una chispa de gracia e inocencia al asunto. Y la inmejorable aportación de cordialidad, afecto, ironía y amor de los jóvenes actores que encarnan a los tres hijos de la protagonista.

Estas características hacen de “Filomena Marturano” un caleidoscopio por el que circulan los más variados sentimientos como la duda, la valentía, la incertidumbre, el sarcasmo, el amor, el poder, la desesperación, el deseo, la felicidad, la amargura, la resignación, la valentía y el coraje. La pieza nos muestra el drama de forma muy amable y ante este cúmulo de emociones los espectadores se estremecen y permanecen cautivos de la tensión dramática, rota por momentos que rozan el sarcasmo, cómicos en definitiva, características de todo melodrama.

El escenario se tiñe de dramatismo cuando Filomena reúne a sus hijos y les revela que ella es su madre. Esos momentos contradictorios están llenos de desconcierto y de ilusión, aunque provoca el rechazo de uno de ellos. Pero posiblemente, la situación más dramática, en la que el público se estremece y puede escucharse el silencio en el patio de butacas, es cuando Filomena y Doménico discuten intensamente y ella decide irse de casa, abandonarle, ya no le importa su apellido ni su dinero. Pero antes, él la coge por el brazo fuertemente y los dos, arrodillados en el suelo, casi en una situación violenta y llorando, se dan un largo, amargo y emotivo beso.

Pero los ambientes dramáticos contrastan con la comicidad de algunas escenas. Un ejemplo de ello sería el momento en el que los hijos de Filomena, obligados por Doménico en su afán de descubrir si alguno de ellos es hijo biológico suyo, cantan enérgicamente sin ningún afinamiento musical. Asimismo, el papel del abogado aporta un color cómico, inestable, inseguro y ridículo a la escena en la que aparece, provocando la carcajada del público.

¿Y qué sería una obra de teatro sin una adecuada ambientación? En muchas ocasiones, el contexto lo es todo. No es el caso, aunque la tenue luz de algunos instantes, acompañada de una música al más puro estilo napolitano, repercuten en la centralización de la historia, en la inclusión de sensaciones que hacen rica la naturaleza lírica de la representación, la localizan. Todo ello, junto a una escenografía detallista que transmite una madurez creativa sublime.

En definitiva, “Filomena Marturano” narra la biografía de una mujer mundana a la que la vida no ha tratado bien y que no conoce la felicidad hasta llegada la madurez, cuando, por fin, aprende a llorar “y es tan bonito llorar”…

AUTOR: Eduardo de Filippo
VERSIÓN de Juan José Arreche.
INTERPRETES: Concha Velasco, Hector Colomé, Selica Torcal, Lucio Romero, Isidro Cárceles, Olivia Martín, María Felices, Raúl Sanz, Vicente Camacho, Alejandro Navamuel y Daniel Huarte.
DIRECTOR: Ángel F. Montesinos.
PRODUCTOR: Juanjo Seoane.
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