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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El horizonte de la política

Francisco Arias Solís
Redacción
domingo, 25 de febrero de 2007, 11:31 h (CET)
“Sus cantares por el aire
hasta el cielo van a dar;
la muerte se va viniendo
según la vida se va.”


Miguel de Unamuno

Hay una gran preocupación por el estado de la política en España. Salvo sus más directos beneficiarios, poco dudan de que sus derroteros son inquietantes. Pero mi preocupación -que es grande- va más allá, o más abajo. La política es sumamente importante, sobre todo negativamente, porque puede perturbar casi todas las dimensiones de la vida, y si llega a su extremo puede conseguir que se parezca demasiado al infierno. Casi dos tercios del mundo , y temo quedarme corto, lo prueban. La influencia positiva de la política es mucho más limitada: consiste principalmente en dejarnos vivir, en permitirnos buscar la parcela de felicidad que en cada caso sea posible.

El deterioro de la vida española que me preocupa no es, pues, solo político, sino que afecta a la sociedad misma, a un estrato mucho más profundo que aquel en que la política opera. Más aún: la posibilidad que la política tiene de causar grandes perturbaciones depende del estado de la sociedad, de su concordia, elasticidad, solidez de creencias, claridad de ideas. Una sociedad plenamente en forma se defiende de los asaltos de la política, obliga a esta a mantenerse en su lugar, le impide extravasarse, reconoce el poder y lo sostiene, pero rechaza toda prepotencia.

Se está intensificando hechos que parecen de escasa importancia, que a pocos inquietan, pero que me parecen síntomas de un deterioro de una sociedad que por lo demás sigue siendo sana y vivaz. Afectan sobre todo a aquella zonas de la vida nacional lindantes con la política, es decir, que por su carácter institucional pertenecen a la esfera de la vida pública.

Los procedimientos de selección de jurados y de obras para la concesión de premios son sumamente cuestionables, lo cual tiene la consecuencia de que los premios pierden su prestigio; el malestar que existe en torno a nombramientos o elecciones o instituciones culturales revela, no solo la propensión a dejarse manipular, sino algo mucho más grave: la ausencia de criterios claros respecto al valor real de personas y obras, la falta de vigencia de un sistema estimativo responsable y que se imponga a los caprichos, los intereses particulares o los que antes se llamaban “respetos humanos”.

En definitiva, la verdadera y sincera estimación queda suplantada por otras consideraciones, y ello introduce un elemento de inautenticidad que me parece peligroso. Cada vez hay más personas que actúan, no de acuerdo con sus íntimas preferencias, con sus valoraciones, sino a pesar de ellas, con arreglo a una escala que les fijan desde fuera, casi siempre con habilidad y destreza, con un complejo sistema de elogios, irrisiones, silencios, con la táctica de “dar por supuesto” que algo es así, aunque un examen real de cinco minutos muestre que en modo alguno es así.

¿Cuáles son las consecuencias de este deterioro que insidiosamente está minando la vitalidad y la salud de la sociedad española? Empieza a provocar una retracción, un repliegue hacia la vida estrictamente privada de los más sinceros y responsables; lo cual significa que el escenario público de la vida nacional queda despejado, y va siendo ocupado progresivamente por los demás. Adviértase que un país hay de todo -”de todo en todo”-, y acaso en proporciones no muy variables; lo decisivo es dónde están unos y otros; si están donde es debido, la sociedad marcha bien; si se alteran o se invierten las estructuras adecuadas, el daño es inmenso, y puede ser irreparable.

La impunidad social es lo más desmoralizador. Si se llega a la convicción de que se puede hacer o decir cualquier cosa, y que no tendrá sanción, se puede temer lo peor. Una sociedad con resortes ejerce una corrección automática sobre cualquier desmán, del tipo que sea, a veces mediante algo tan sencillo como la administración del saludo o de las expresiones de estimación personal: los efectos son fantásticos.

Y ese deterioro es progresivo: ese es su mayor riesgo. Quiero decir que cuando se alcanza un nivel, se prepara el descenso a otro aún más bajo -y todo saben que subir es más difícil y penoso que bajar-. Eso que se llama “la España oficial” -y que no se reduce en modo alguno al gobierno y sus instituciones-, tanto tiempo distante de la España real -cuando no vuelta de espaldas a ella-, se había ido aproximando con maravillosa celeridad a esta última, y esto me llenaba de esperanza. Pero se ha iniciado un despegue -teñido de despego- que es mucho más grave que las vicisitudes de la política en sentido estricto, porque afecta a sus supuestos, a su sustrato social, a las fuentes mismas de la vitalidad nacional.

Y a última hora esto revierte sobre la política. Me asombran las especulaciones que se leen y se oyen sobre el futuro inmediato de España. Pero sería un error intentar buscar un remedio político a todo ello: hay que buscar en los estratos donde se origina, y desde allí remontarse a las superficie. Si los españoles empiezan a no pasar por movimiento mal hecho, si dan su estimación a quien realmente opinen que la merece, si no aceptan pasivamente todo lo que se le imponga con gesto de autoridad, este país volverá muy pronto a ser dueño de sí mismo, a interrumpir su incipiente enajenación; y de paso despejará el horizonte de su política. Y como dijo el poeta: “Mientras dura este vivir, / ¿por qué tener más deseos / que los que se han de cumplir?”

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