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Etiquetas:   El crisol   -   Sección:   Opinión

Muy gracioso

Pascual Mogica
Pascual Mogica
sábado, 24 de febrero de 2007, 10:41 h (CET)
Se han olvidado de todo, por lo visto son conscientes de que lo hicieron muy mal en los ocho años que estuvieron gobernando y no quieren recordar nada. Ahora Rajoy no recuerda que fue el Gobierno de Aznar el que envió a los soldados españoles a Afganistán bajo bandera de la OTAN.

Rajoy, el alumno aventajado de Zaplana, ya le gana a mentiroso, ha aprovechado, como no lo iba a hacer, la muerte de la soldado española para echar las culpas al Gobierno de Zapatero y recuerda que él ya le pidió al presidente del Ejecutivo que le dijera si los soldados estaban en Afganistán “para ayudar a las viejecitas a cruzar la calle”. Gracioso el muchacho que no se había enterado, formando como formaba parte del Gobierno de Aznar, a que iban los soldados allí. Nuestros soldados, a los que Rajoy ha faltado al respeto, no van a un país donde la situación es conflictiva para “ayudar a las viejecitas a cruzar la calle” nuestros soldados están formados, preparados y capacitados para llevar a cabo cualquier tipo de misión que se les encomiende.

Afganistán es una zona de alto riesgo y nuestros soldados lo asumen porque eso entra dentro de su profesión, la militar. Evidentemente lo de las “viejecitas” no pasa de ser una lamentable salida de tono de un individuo que ha perdido los papeles y que se permite hacerse el gracioso cuando todos los españoles estamos de luto porque una de nuestras hijas ha perdido la vida de forma tan trágica. Lo lamentable también, es que Rajoy no recuerde a aquellos 42 soldados fallecidos en el accidente del Yak-42 que no habían ido a Afganistán a “ayudar a las viejecitas a cruzar la calle” sino a empresas mucho más humanitarias y que los montaron en aviones no aptos para el vuelo para que el ministerio de Defensa que dirigía Federico Trillo, se ahorrara unas miserables pesetas alquilando estos ataúdes volantes.

Menos gracietas y más vergüenza y dignidad y sobre todo respeto, respeto a esos soldados españoles que están en Afganistán y en otros países ayudando a conseguir un mundo mejor para todos.

Hay quien cree que es un gracioso, cuando en realidad no pasa de ser un mal payaso.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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