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Etiquetas:   Con permiso  

Prohibir los móviles en las aulas, penosa obligación

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
sábado, 24 de febrero de 2007, 10:41 h (CET)
Prohibir los teléfonos en los centros educativos es tan penoso como significativo e inevitable. Se prohíbe cuando todas las demás medidas se han demostrado inservibles. Uno, que lleva ya demasiados años dedicado a la educación, ha visto la evolución de la sociedad pasando por las aulas. De las aulas, o sea.

Que la sociedad está medio derrotada por sí misma es una evidencia cuando se contempla cómo mientras ha subido la preparación técnica y cultural de los profesores su calidad humana, llamémosla también “social”, no ha seguido la misma senda, se ha dejado alcanzar por una sociedad que ha confundido democracia y tolerancia con el “todo vale” y el “nunca pasa nada”. Del “todos tenemos los mismos derechos” hemos pasado vertiginosamente, pero no sé cómo ni cuándo, al “todos somos iguales”. De la franquista sociedad estricta y autoritaria hemos pasado a un mundo en el que con frecuencia se carece de grandes valores o ideales, sustituidos por la rapidez e inmediatez en alcanzar determinados fines, a veces poco éticos o sociales. Los profesores, como colectivo, hemos dejado de ser una referencia para las familias, ese faro social (que ilumina y dirige) que deberíamos estar obligados a ser.

La pérdida del valor elevado que tiene toda autoridad es algo que nunca lamentaremos bastante. Hemos sido tan poco hábiles intelectual y socialmente que hemos confundido autoritarismo con autoridad, respeto con subordinación y libertad con ciertas dosis de libertinaje. ¿Quién y con qué derecho me va a impedir a mí, ¡A MÍ!, hacer lo que me apetece en cada momento? Cualquier valor espurio, si es personalmente satisfactorio y gratificante, parece preferible al esfuerzo, al sacrifico y a la entrega a los demás.

En ese contexto entra tener que prohibir los teléfonos móviles en las escuelas e institutos de Enseñanza (Soy de esos antiguos personajes que creen que Enseñanza se debe escribir todavía con mayúscula; ya de paso aprovecho para decir que Enseñanza nunca podrá sustituir a Educación, concepto más amplio, valioso y elevado. Educar no es sólo “instruir”). Cuando el sentido común de los padres, no ya de los jóvenes, no les permite darse cuenta de que esos teléfonos son elementos superfluos y molestos en un aula es cuando desde quien tiene autoridad (la palabra maldita) para ello debe imponer su criterio.

Pero, ya digo: “¿Quién y con qué derecho me va a impedir a mí, ¡A MÍ!, hacer lo que me apetece en cada momento?”

Delenda est autoritas!

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